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domingo, 01 de mayo de 2011

~El Llanto Del Lobo~

¡Buenas a todos! ¿Cómo andan? Perdón por la demora, pero ando estudiando y se me complicó esta semana. Les agradezco a todos la pacienica, y les comento que luego de este capítulo, faltan dos más y termina la primera parte de esta historia. Muchísimas gracias por leerme, y sin más preludio, los dejo con el capítulo y la lectura.

 

A pesar de que eran casi las cinco de la tarde, el sol aún brillaba como el del mediodía, aumentando el calor y la sed. Tres cajeros del supermercado habían decidido ir a cobrar sus sueldos al terminar su jornada, pero haber decidido jugar una carrera y correr cuesta arriba dos cuadras, les había bajado el ánimo, y caminaban pasándose una botella de agua, y bebiendo de ella como si fuera el único oasis en el desierto. Entre risas y bromas varias, llegaron a uno de los cajeros del Banco Imperial, donde siempre cobraban.
    - Dejémoslo a Martín primero -dijo el más alto, dándole una palmadita en el hombro al aludido-. Así vemos qué tan rápido la novia le extrajo el dinero.
    Una carcajada recorrió a todos los presentes, mientras el seleccionado caminaba hacia el cajero, con la espalda encorvada y apretándose la diestra contra la frente, pensando que su novia acabaría por destruir sus finanzas. Se detuve frente a la máquina, pasando la tarjeta que lo identificaba, y siguiendo paso a paso las instrucciones, sólo para descubrir que no tenía dinero. Reintentó la transacción, pero la espera y la cantidad de veces que se despeinó con la zurda, llamaron la atención de sus amigos.
    - ¿Qué pasa, Martín? ¿Te dejaron seco? -bromeó el mismo de antes, pero el aludido negó con la cabeza.
    - Parece… -murmuró, saliendo del cajero-. Prueba tú, Jorge, hoy no me llevo con las máquinas.
     Despeinándolo, para tranquilizarlo, Jorge se encaminó al cajero. Pasó la tarjeta mientras silvaba, ingresó el código de seguridad, pero al ver que no tenía dinero, sus ojos se abrieron considerablemente.
    - ¡Hey! ¡Esta caja del demonio está rota! -gritó.
    - ¿Qué paso? ¿Una novia te sacó todo a ti también? -preguntó otro.
    - No, tonto -dijo, saliendo preocupado-. Tenía algo más depositado, además del sueldo, pero me dice que está todo en cero.
    - A ver, déjame a mí…
    Sin embargo, cuando los tres encontraron sus cuentas sin fondos, rápidamente decidieron ingresar al banco, a ponerse en la cola de cobro, antes de que el Banco cerrara por ese día. La espera de más de cuarenta minutos sólo logró aumentar los nervios y la incomodidad de los tres trabajadores, que se encontraron con una cajera recién contratada, que masticaba un chicle de una forma poco delicada y que, entre cliente y cliente, sacaba una lima de uñas y se arreglaba las mismas con desgano.
    - ¿Sí? -preguntó la chiquilla, arrastrando la última i, haciendo que Martín quisiera estrangularla.
    - Quería realizar una extracción de mi cuenta -dijo, para luego proceder a darle sus datos.
    Al cabo de unos minutos, la chica abrió los ojos ampliamente, titubeando y moviendo los dedos sobre el teclado sin saber qué escribir, hasta que finalmente le dijo que tenía un problema con la cuenta, puesto que las acreditaciones estaban demoradas. Tras los primeros enojos y una disputa, ella terminó dirigiéndolos hacia la persona que les hubiera acreditado.


    Casi una hora y media desde que estos tres habían salido del supermercado, regresaron al lugar, sólo para ver a los clientes enojados, y a más de la mitad de las cajas cerradas. Aguzando el oído, oyeron una fuerte discusión que provenía desde el pasillo donde estaba la oficina del encargado.
    - ¡Calma, calma! -les dijo el hombre.
    - ¿Cómo quieres que nos calmemos? -preguntó una mujer, que trabajaba como acomodadora de las góndolas del negocio-. ¡Nos estafaron! ¡Queremos nuestro sueldo!
    El encargado llevó el índice y el pulgar hacia su nariz, apretándose entre los ojos.
    - Si se comportan con delicadeza, les muestro el registro de transacciones, así comprueban ustedes mismos que hice la transferencia.
    Con paciencia, uno a uno fueron observando que las transacciones habían sido realizadas, a pesar de los testigos que decían que sus cuentas estaban vacías. Cada vez más preocupado, el viejo encargado comenzó a recordar los últimos problemas con algunas cuentas en el Banco Imperial, y su temor comenzó a incrementarse, al saber que si era lo mismo que hasta ese momento, el dinero iba a estar perdido y una gran tormenta se les aproximaba.
    Calmando a sus empleados, reunió a los jefes de cada sector del supermercado, y subiéndolos a su propio auto, se dirigieron a la central del Banco Imperial. Cerca de media hora después, las cinco personas estaban frente a los dos guardias, a quienes tuvieron que darle una detallada explicación de lo que ocurría. Ya demasiado asustado, el encargado guió a sus empleados hasta la cola, comenzando la cola justo cuando los guardias cerraban definitivamente la puerta de entrada.
    - ¿En qué puedo ayudarlo, señor? -preguntó el cajero, un hombre entrado en años y que parecía cansado de los jubilados.
    - Queríamos revisar las cuentas de estas personas -dijo, señalando a sus empleados-. Acabo de hacer la transferencia de sueldos, pero parece que hay inconvenientes.
    Preocupado, el cajero bajó la diestra disimuladamente, presionando un botón de emergencia, que hizo que un par de guardias se acercaran discretamente, para observar lo que sucedía. Cada uno de los subjefes dio sus datos, sólo para encontrarse con que las transferencias estaban hechas, pero que las cuentas tenían sus montos completamente en cero.
    - ¡Son unos demonios! ¡Nos están robando descaradamente! -gritó el más joven, cansado de la actitud negativa del cajero.
    El encargado intentó calmarlo, para luego voltear hacia el hombre tras el mostrador.
    - Me gustaría hablar con el gerente, si es posible.
    Sin embargo, antes de que pudieran responderle, los seis guardias llegaron, colocándole las manos en los hombros, y arrastrándolos fuera del lugar, mientras sus gritos retumbaban en todo el banco.

    Lince sonreía a cada uno de los clientes que aún quedaban en el supermercado, mientras las peleas de algunos de sus compañeros  comenzaban a llegar a sus oídos. Curiosa, cuando llegó su descanso, se dirigió hacia un grupo de chicas, aprovechándose de sus gestos de inocencia.
    - ¿Qué pasa, chicas? -preguntó, haciéndose la tonta.
    - Pues que mientras nos cubrías, fuimos a cobrar y parece que no están los pagos -dijo una de ellas, bastante molesta, mientras soltaba su cartera contra uno de los mostradores.
    Muy pronto, el grupo comenzó a discutir, enojándose por el robo que el banco estaba haciendo, y pensando en armar algún tipo de protesta.
    - ¿Por qué no llamamos a los reporteros, en la puerta del banco? -sugirió Lince, justo cuando el encargado del banco, llegaba con los jefes de sección.


*


    El tranquilo ambiente de la florería parecía abstraerla cada vez más. Sonia, su madre, permanecía sentada en un sillón de mimbre, con el libro de cuentas en la falda, y el buen Lobo echado a sus pies, mientras veía con alegría cómo su hija se entretenía con un ramo de margaritas, las cuales iba armando con gracia y alegría.
    De pronto, la campanita de la puerta tintineó, y una de las clientas habituales, una mujer mayor de pequeña estura, encorvada, y que siempre pasaba aunque fuera para saludarlas, entró al negocio. Marina la saludó con entusiasmo, llamando la atención de su madre, quien alzó la vista para verla. Sin embargo, grande fue su sorpresa al verla compungida y asustada, con las manos apretando la cartera la cual sostenía a la altura del pecho, y el labio partido, con unas gotitas de sangre ensuciando su mentón.
    - ¡Juana! -llamó Sonia-. ¡Qué le pasó!
    Marina inclinó la cabeza hacia su madre, sin comprender.
    - Marina, hija, acompáñala al sillón -le ordenó a su hija, mientras salía por la puerta interna-: voy a buscar unas gasas.
    Asustada, la rubia tomó a la viejita, y llamando a Lobo, se dirigieron hacia el sillón de mimbre donde había estado Sonia, ayudándola a sentarse.
    - ¿Qué pasó, Juana? -preguntó ahora la joven, apoyándose sobre el mostrador, cuando su madre volvía.
    - Gracias -respondió la anciana, tomando las gasas que le daba Sonia-. Cuando fui al Banco Imperial, había un tumulto de jóvenes… los del supermercado. Parece que… ¡ah! -se quejó cuando apretó demasiado la gasa, para luego proseguir-, parece que les han robado el dinero del sueldo a todos…
    La mujer siguió hablando un rato, hasta tranquilizarse, y luego madre e hija la acompañaron a la puerta, despidiéndola cuando se iba.
    - Ay, nena… -suspiró Sonia, mientras volvía hacia dentro-. Vamos a tener que sacar el dinero de ese banco.

 

Esto ha sido todo por hoy. ¡Gracias por leerme! ¡Nos vemos en el próximo artículo.


Tags: literatura, novela, drama, misterio, romance, estafas

<@ArticuloNumComentarios@> Comentarios:

martes, 10 de mayo de 2011 | 14:07
me encanta, q buen trabajo haces, me divierte mucho leer como armas toda la trama de manera tan atrapante, te fecicito es un gran trabajo este cap.
domingo, 15 de mayo de 2011 | 19:34

¡Me alegro que te guste! ¡Gracias por leerme!

 

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