~El Llanto Del Lobo~
¡Hola a todos! ¿Cómo andan? Aquí ya empecé la primera semana de cursado, y de las cuatro materias, sólo dos profesores se dignaron a comenzar, y los otros dos ni siquiera anunciaron que no iban a ir, jejeje. Como dice Obelix: están locos los profesores. En fin, hoy les traigo un nuevo capítulo de la historia y espero que les guste mucho. Gracias a todos por leerme, y ahora sí, con la lectura:
Sus pasos se detuvieron frente a las rejas de la entrada: pintadas de negro y con las puntas curvadas, prevenían a todos de lo que se encontraba tras de ellas. El morocho caminó hasta los dos amplios portones de entrada, y se quedó nuevamente observando, puesto que hacía años que no llegaba hasta el cementerio. El gran campo verde se extendía delante de él, marcando un camino recto directo desde la puerta, adornado con piedras y flores en los costados, el cual llevaba hasta la iglesia que estaba en el centro del lugar, y que tenía el depósito y crematorio en la parte trasera.
Una mujer pasó apurada por su izquierda, empujándolo y trayéndolo a la realidad, y él bajó la mirada instantáneamente, mientras apretaba la diestra en el tallo del ramo de iris blanco que había comprado para Mariana. Volvió a alzar su mirada para encontrarse con las lápidas de blanco mármol, esparcidas cuidadosamente y a distancias iguales por todo el campo, hasta finalmente una parte trasera, donde comenzaba el edificio principal.
Reuniendo fuerzas, comenzó a caminar.
No supo cuanto tiempo pasó, pero en ese momento sólo sabía que estaba frente a su tumba. “Mariana Ashcrow. Querida hija y hermana.” Rezaba la lápida, que tenía tallada un pequeño angelito tocando una trompeta en ella. Y él, simplemente podía mirarla, sin animarse a darle las flores, y perdido en el risueño gesto que tenía Mariana, en la foto que habían colocado en la lápida.
Era tanto el miedo, la impotencia y el odio que tenía, puesto que sabía que si esa noche él la hubiera dejado acompañarlo, ella nunca habría sido aplastada por el derrumbe.
- Perdón… -murmuró-, y por no haberte visitado en tantos años.
Apretó los ojos mientras se dejaba llevar por el recuerdo, hasta que finalmente su voz comenzó a hacerse presente en la memoria. Tan risueña, tan tranquila y… meneó la cabeza, descontento, pensando que tanto recordar le habría hecho mal, cuando de pronto, un ladrido atrajo su mente a la realidad: él había escuchado ese ladrido antes. Y seguido a eso, la voz femenina intentando calmarlo. ¿Sería ella? Volteó varias veces, pero el silencio se hizo presente, y por unos momentos, no oyó ni el ruido de las ruedas de los autos sobre el asfalto.
Negó con la cabeza, intentando espantar esos sonidos de su mente, y se puso de frente a la tumba una vez más, intentando terminar de decirle a ese vacío, todo lo que había querido decirle por más de veinticinco años. De pronto, un nuevo ladrido sonó a sus espaldas, rompiendo su concentración, y haciéndolo voltear enojado hacia atrás, con intenciones de retar al can y a su dueño.
Sin embargo, y sin poder creerlo, ahí estaba Marina, arrodillada e intentando callar a su siberiano Lobo, el cual parecía empeñando en ladrarle al morocho, que ahora lo miraba extrañado.
- ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó él-. ¿Me seguiste?
Con curiosidad, se sorprendió al ver que la rubia se había sonrojado, así que la observó ponerse de pie, siempre manteniendo el rostro inclinado, hasta que pudo ver sus mejillas completamente enrojecidas, y los labios apretados.
- Lo siento mucho… -se disculpó, caminando unos pasos hacia él-. No tenía intenciones de seguirte, pero te sentí muy triste y… perdido…
Sus ojos celestes se detuvieron en cada detalle del rostro de Marina. La nariz perfecta y suave, los párpados cerrados, las largas pestañas negras levemente maquilladas, las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos y carnosos, y el largo y delicado cuello. Era hermosa, una delicada princesa que él quería proteger.
- Lo siento, no debí… -volvió a decir ella, despertándolo de su sueño-. Nos vemos…
- ¡Espera! -y en ese momento, se sorprendió a sí mismo por la necesidad de su llamado. Ella volteó nuevamente, acomodándose hasta quedar de frente a él-. Quédate, por favor…
Ella sonrió levemente, alzando la diestra para acomodarse un rebelde mechón de cabello tras la oreja, cuando de pronto sintió un ruido muy particular: plástico, pero también el movimiento de flores. ¿Sería qué…?
- ¿Aún tienes el ramo…?
Su voz suave y dulce distrajo la atención del morocho, y Marina se acercó lentamente unos pasos, para luego mover con delicadeza sus manos, hasta finalmente encontrar la diestra del morocho, y atraparla entre las suyas. Sonrió una vez más al sentirlo temblar, quizás por su repentino movimiento o quizás porque no se animaba a entregar las flores. El morocho movió levemente la mano para intentar zafarse del agarre, pero ella apretó un poco más, y alzó el rostro como si fuera a verlo a los ojos.
- Seguramente, esa persona no esté enojada porque haya pasado tanto tiempo sin que vengas… -dijo, en voz suave y tierna.
¿Cómo podría ser que ella lo supiera? Negó con la cabeza, dando un paso hacia atrás y quitando su mano de las de ella.
- ¿Por qué dices eso? -inquirió, un poco molesto-. ¿Por qué?
- Escuché algo de lo que dijiste… -confesó, volviéndose a sonrojar-. Y estoy segura que has tenido tus motivos para no venir, y que además, nunca te olvidaste de esta persona.
Sin saber qué decir, el morocho volteó, enfocando sus ojos nuevamente en la foto de su fallecida hermana. Alzó el ramo, sin saber qué hacer, hasta que finalmente soltó un suspiro y se agachó hasta quedar en cuclillas, depositando las flores con cuidado al pie de la lápida. En ese momento, releyendo mil veces el nombre de Mariana, se prometió que volvería a visitarla.
- ¿Quién es… ella…? -la voz de Marina lo trajo de nuevo a la realidad.
Poniéndose de pie, se pasó la zurda por el cabello para acomodárselo, mientras continuaba viendo la tumba.
- Era mi hermana menor… -murmuró.
Nuevamente el silencio se apoderó de ellos, y se quedaron en la misma posición de antes: él mirando la tumba, y ella sin saber qué decir. Aún sentía el calor en sus mejillas, y la conciencia la torturaba preguntándole cómo había sido capaz de seguir a un hombre del cual ni siquiera conocía su nombre, y menos aún, decirle las cosas que había dicho.
De pronto, el morocho quiso intentar alejarse del lugar, pero otra pregunta lo detuvo.
- No te vayas… -susurró tiernamente.
- ¿Por qué? -su voz sonaba dura.
- Aún no se tu nombre…
Y nuevamente sus ojos se posaron en la princesa que tenía delante. Los labios entreabiertos y sin decidirse a preguntar algo más o no, los ojos levemente apretados y con miedo, la zurda en el pecho y la diestra sosteniendo la correa de su siberiano. Vestida con una pollera de verano hasta media pantorrilla en tonos rosados, sandalias blancas y una blusa blanca de encaje, ella siempre parecía la flor más delicada del mundo… y era eso mismo lo que le tentaba a decirle su nombre, pero… ¿era conveniente?
De pronto, el teléfono del morocho comenzó a sonar, sacudiendo el bolsillo con la vibración. El estridente sonido alteró al can que había permanecido mirando fijo al tantas veces fingido abogado, que comenzó a ladrar impaciente, obligando a Marina a agacharse para calmarlo.
De mala gana, se alejó unos pasos y atendió la llamada.
- ¿Dónde demonios estás? -fue el duro saludo de Pantera-. ¡Habías quedado en venir al lugar! ¡Te estamos esperando!
En ese momento, el recuerdo de la operación que estaban haciendo cayó a su mente: había dejado todo por seguirla a la rubia, y luego había vagado hasta el cementerio, sin importarle nada.
- Ya voy.
Sus palabras secas acabaron la comunicación, y cortó la llamada mientras aún se escuchaba la voz de Pantera del otro lado de la línea.
- Lo siento, debo irme -le dijo a Marina, volteando para verla mientras ella se ponía de pie.
- ¿Volveremos a vernos?
- No se…
Sin decir más nada, él comenzó a caminar hacia la salida, desapareciendo a lo lejos. Marina volvió a agacharse, y acariciando a su siberiano, le dio un beso en la frente, mientras el perro soltaba unos quejidos.
- Esa del teléfono debe haber sido su novia, ¿verdad? -le preguntó a Lobo con desilusión, y éste soltó un corto llanto-. Ya, volvamos a casa.
*
Tras abrir la puerta del galpón del puerto, el morocho se encontró con exactamente lo que había esperado: tres miradas molestas y una absorta. Cerró la puerta mientras se adelantaba con calma, viendo que Zorro volvía a su tarea en las computadoras, y Lince volvía a echarse en el sillón. Sin embargo, Cobra golpeó su diestra contra la mesa más cercana que tenía, llamándole la atención.
- Si no puedes cumplir tus partes de los tratos, mejor deberías abrirte -espetó de mala gana.
- Fue esta vez, no volverá a pasar.
Cobra intentó replicar, pero Lince se levantó rápidamente del sofá, para luego ir hacia donde estaba el morocho, colgarse de su brazo, y llevar a los dos hombres hacia la pantalla principal.
- Hay una llamada de Draco -anunció.
Y sin decir más nada, colocó la llamada. Rápidamente, apareció unas figuras aleatorias, mientras la voz distorsionada del jefe del grupo los saludaba.
- Miren esto…
Sin más, la pantalla se dividió en cuatro, mostrando las imágenes de los noticieros donde había salido el incidente en el Banco Imperial, en cadena nacional.
- Felicitaciones -anunció, con tono conforme-. En dos semanas los volveré a contactar, a las doce del mediodía.
¡Chan chan! Bien, esto ha sido todo por hoy, muchas gracias por leerme. ¿Me dejan un comentario? Gracias, y nos estaremos encontrando en el próximo artículo. ¡Éxitos!
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