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viernes, 25 de febrero de 2011

~El Llanto Del Lobo~

¡Buenas! ¿Cómo andan todos? Aquí peleando con un trabajo práctico, estudiando... lo mismo de siempre. En fin, hoy les traigo un nuevo capítulo de "El Llanto Del Lobo", uno que es bastante revelador, y que me ha encantado cómo ha resultado. Espero que les guste mucho, y que me dejen comentarios (los comentarios alimentan el blog, como dice la propaganda). En fin, ahora sí, con la lectura:

 

La habitación de paredes rosadas permanecía iluminada con el sol de la tarde, el cual entraba por las ventanas, y se reflejaba en el colgante que la pequeña Mariana tenía, produciendo marcas de colores que se movían por el suelo, según el viento hacía mover el colgante. Por aquel entonces, una de sus mejores diversiones era perseguir esas marcas, y tratar de agarrar siempre la que su hermana quería buscar.
    La risa de la niña sonaba estruendosamente, puesto que él había alcanzado a arrebatarle un par de manchas, debido a sus piernas escasamente más largas que las de ella. Se cayeron en el suelo, riéndose y sosteniéndose el vientre, mientras aún no paraban de reírse.
    - ¡Hermano eres malo! -dijo Mariana, entre risas.
    - No, tú eres lenta -respondió con una sonrisa malvada, y ella lo miró frunciendo el seño, para luego retornar a las risas.
    Mariana no tenía más de seis años, y él siete, pero aún así eran completamente diferentes, aún para ser hermanos. Ella tenía el cabello rubio brillante y con bucles a los costados de su rostro, las mejillas redondeadas, los labios rosados, y sus ojos parecían dos perlas celestes del color del cielo… o del mar, porque él aún no podía decidirse en cual. Sin embargo, él tenía el cabello negro y lacio, como su padre, y si bien había obtenido los ojos celestes como los de su madre, siempre que se miraba en el espejo pensaba que eran fríos, y sin brillo.
    El niño detuvo sus risas para mirar a su hermana, y antes de que ésta pudiera reaccionar, se abalanzó sobre ella haciéndole cosquillas en las costillas, al tiempo que ella intentaba reaccionar. Cuando se acomodó, alcanzó la venganza iniciando una guerra de cosquillas, que los hizo revolcarse por el suelo, girando uno sobre el otro, mientras soltaban risas y movimientos rápidos, intentando zafarse de esa risueña tortura.
    De pronto, un profundo ruido los asustó, haciéndolos detener el juego. Se quedaron sentados en el piso, observando a través de las ventanas, puesto que hacía meses que estaban construyendo en el terreno de al lado de la casa, y siempre los ruidos de la construcción los despertaban de la siesta, o a la mañana temprano. Pero ese había sido distinto… casi como si su propia casa hubiera temblado.
    Siguieron inmovilizados oyendo ruidos y maquinaria moverse, hasta que de pronto, comenzaron a oír ruidos de piedras que caían rodando, y que se destrozaban al golpear contra el piso, cuando de pronto, los gritos de los hombres comenzaron a hacerse más y más fuerte, mientras hacían sonar una alarma. El niño quiso caminar hacia la ventana, pero Mariana se arrojó en sus brazos, escondiendo la cabeza.
    - ¡Tengo miedo, hermano! -dijo, llorando-. ¿Qué está pasando?
    Él negó con la cabeza.
    - No sé… -respondió, completamente perdido-. Voy a mirar al living, espérame…
    - ¡Pero…!
    - Espérame, no te voy a dejar sola -aseguró, sonriendo-. Espérame.
    Se puso de pie con dificultad, volviéndole a sonreír a su hermana, para después encaminarse hasta la puerta que conectaba directamente con el living. La abrió con suavidad, para después caminar unos metros hacia la sala central de la casa: desde donde estaba, sólo pudo ver una cantidad increíble de polvo que entraba por las ventanas, cuando de pronto, el suelo comenzó a temblar. Esta vez, los ruidos se hicieron cada vez más fuerte, y desde el techo comenzó a lloviznar polvo, como si algo hubiera impactado directamente sobre su propia casa.
    Entre el piso que temblaba, y los gritos que se oían desde afuera, no alcanzaba casi a pensar qué hacer, cuando de pronto escuchó los llantos de su hermana, que lo llamaba a voz en cuello. Volvió a caminar rápidamente hasta la puerta, más cuando la abrió el techo terminó de rajarse, mostrando una amplia grieta.
    - ¡Mariana! -gritó, asustado-. ¡Ven conmigo!
    Ella giró el rostro intentando levantarse, pero la lluvia de polvo la hizo detenerse a toser. Él volvió a llamarla, apurándola, pero el techo terminó de rajarse, y un gran pedazo de cielorraso y escombros cayeron en la habitación. Intentó caminar, pero una voz masculina lo detuvo:
    - ¡Niño! ¡Ven aquí, sal de la casa, rápido! -gritaba.
    Se giró para ver a uno de los obreros de la construcción de al lado, intentando entrar por la ventana, para sacarlo de ahí. Negó con la cabeza e intentó caminar hacia su hermana, pensando que aún oía sus llantos tras todo ese escombro, pero al dar un paso, un bloque del techo se desplomó, golpeándole la cabeza, y haciéndolo caer al suelo.
    En ese momento, su respiración se hizo pesada a causa del polvo, su visión se nubló, y poco a poco fue perdiendo el peso, mientras caía en la inconsciencia.


*

   
    Un coche negro se detuvo sobre una transitada avenida, mientras su conductor observaba con desgano los carteles de promoción de la campaña del senador Arturo Ítalo, los cuales adornaban el frente del local, el cual le servía de oficina. Volteando hacia el asiento del acompañante, Cobra se dio el lujo de observar rápidamente a Pantera.
    Vestida con una falda tubo suficientemente ajustada en su retaguardia, y una camisa ligeramente desprendida en el busto, se había colocado una peluca rubia, la cual llevaba atada en un rodete, pero con algunos bucles cayendo sobre sus hombros, lentes de contacto de color celestes, y un par de gafas de marco gris, que resaltaban su apariencia de secretaria… o de mujerzuela, puesto que Cobra aún no se convencía de cuál de las dos era en ese momento.
    - ¿Todo listo? -preguntó él.
    - Sí… -respondió ella, acomodándose una cartera en el hombro derecho, y unas carpetas en la mano izquierda-. Nos vemos después.
    Sin nada más, se bajó del auto y, cruzando la calle, entró en el local del senador. Tras un mostrador, el hombre que parecía estar encarnado en su puesto, sin nada mejor que hacer que mirar el silenciado partido de fútbol que pasaba la televisión, se volteó a verla, sin poder reprimir una mirada que intentó recorrer cada aspecto del cuerpo de Pantera.
    - ¿Qué se le ofrece, señorita? -preguntó, rápidamente distraído del partido.
    - Mi nombre es Victoria Pearson -dijo, hablando con una voz suavizada-. Había enviado mi currículo para el puesto de secretaria del Senador…
    - ¡Ah! Ya veo… pase por aquí…
    El hombre se puso de pie, para luego indicarle con la mano que pasara por el final del mostrador, y luego comenzó a caminar hacia el fondo, del lugar, donde había un sector del local cerrado con mamparas que tenían cortinas en las pocas ventanas, que seguramente hacía de oficina del senador. El hombre entró primero, y tras unos momentos, salió, dejándole la puerta abierta, y sonriéndole de forma extraña.
    Dentro de la oficina, el senador estaba sentado en su silla tras el escritorio, mientras intentaba mantener su mirada en el monitor de la computadora, y no en las piernas de la despampanante rubia delante de él. De estatura notablemente baja, tenía un vientre prominente que sobresalía y se apretaba contra el escritorio, brazos cortos que apenas alcanzaban el teclado, y ojos pequeños y marrones, que desde la distancia que tenían, parecían dos meros puntos en su rostro engordecido, y con papada. Tenía una brillante pelada que brillaba por la luz de la sala, y apenas unas pocas canas en las banquinas.
    - Siéntese… -ordenó, intentando mantener la voz firme, mientras señalaba la silla que tenía del otro lado del escritorio.
    Ella sonrió levemente, y caminando con su típico andar gatuno, logró sentarse habiendo observado la hambrienta mirada que el viejo le había proporcionado. Para sí, intentó contener las ganas de partirle una buena patada en el rostro, puesto que nada le molestaba más en el mundo, que los viejos ancianos pervertidos en busca de jovencitas.
    - Su currículo, por favor… -volvió a ordenar.
    Pantera abrió una de las carpetas, sacando otra más pequeña, para luego extendérsela al hombre. El currículo, por supuesto, era falso, y había sido elaborado por Cobra y por Zorro, mientras sacaban información de distintas empresas. El hombre intentaba concentrarse en las increíbles referencias, mientras cada tanto alzaba la vista, la centraba en el escote de la fémina, suspiraba, y volvía a la lectura.
    - ¿Estas referencias son comprobables?
    Ella sonrió.
    - Por supuesto, señor… -dijo con voz suave, para luego abrir levemente los labios, y relamerse con la lengua, haciendo que el senador quedara completamente abstraído en ese gesto erótico.
    Antes de que pudiera pensar, el hombre de ojos diminutos se percató de que habían pasado considerables segundos en los que había estado atrapado en esa exótica visión, cuando comprendió que tenía que responder algo, y que definitivamente quería a esa voluptuosa mujer, como su secretaria.
    - ¿Puedes pasar cartas, atender llamados y… -nuevamente, sus ojos se desviaron hacia las manos de la rubia, que ahora jugueteaban con una cadena que colgaba de su cuello, y cuyo dije quedaba oculto entre los apretados senos de la mujer. ¿Qué dije tendría? De un momento a otro, descubrió que tenía una imperante necesidad de descubrirlo.
    - Puedo hacer eso -respondió ella, para luego agregar-… y mucho más, también.
    Una nueva ráfaga de imaginaciones sacudió la mente del político, imaginándose una ajetreada mañana de trabajo con su nueva secretaria, donde se dispondría a investigar no solamente al dije, sino también a la falda, y la marca de la camisa que ella tenía puesta en ese momento.
    - De acuerdo -dijo el hombre, concluyendo la charla-. ¿Quieres comenzar mañana a las ocho?
    - Será un gusto -respondió, sonriendo.
    Al cabo de unos minutos, Pantera salió del local, y comenzó a caminar unas cuadras hacia el sur, en donde se encontró el coche de Cobra y, subiéndose, emprendieron el retorno al galpón donde estaban congregados en ese momento.
   
    Había pasado una semana desde que Pantera simulaba trabajar como la secretaria del senador, cuando una mañana apareció Lince al otro lado de la puerta del local. Iba vestida como colegiala, con una pollera verde con líneas verticales rojas y horizontales amarillas, una camisa blanca con mangas arremangadas al codo, con una corbata floja en el cuello del mismo color que la pollera, medias verdes hasta mitad de pantorrilla, y el típico calzado negro escolar. Estaba con una peluca de color castaño, que tenía uno de los cortes de pelo más comunes entre los adolescentes, y lentes de contacto de color verde, que resaltaban su gesto.
    Aún conociéndola, Pantera se sorprendió de lo joven y aniñada que podía parecer Lince, de quien ninguno de los miembros del grupo, conocía exactamente su edad… además, resultaba imposible determinarla.
    - ¿Qué buscas? -preguntó, como si no la conociera.
    - Eh… -Lince hablaba con voz infantil, casi dudando lo que decía.
    Desde su oficina, el senador se había quedado observando la ajustada pollera que su secretaria usaba, cuando sus ojos se encontraron con una colegiala que estaba parada justo en su local. Sus mejillas sonrosadas atrajeron al hombre, y más aún cuando vio que la rubia se dirigía hacia su oficina, habiendo dejado a la chiquilla esperando. Intentó fingir que estaba leyendo un diario, cuando Pantera entró, para luego poner gesto de ocupado.
    - ¿Qué pasa? -espetó de la forma más dura que pudo.
    - Hay una chica llamada Belén no-se-cuanto, que dice que es de una escuela, y que quiere hacerle una entrevista -hizo una pausa al ver que el senador levantaba la mirada a través del diario, para observar a Lince-. ¿Qué le digo?
    El senador se puso de pie, caminando dentro de la oficina como si nada, mientras miraba a la chica y al reloj que tenía en la muñeca. En ese momento, sólo quería tener cerca a la chica, pero eso no le impidió mirar el pecho de su secretaria.
    - Dile que pase.
    Volvió a su asiento, nervioso, para ver como la rubia se acercaba hasta la colegiala, para luego guiarla hasta la oficina, abriéndole la puerta, y haciéndola pasar.
    - Bue…nas tardes… -saludó, tímidamente.
    El senador creyó estar en un paraíso al ver a tan linda criatura. Saludándola, le indicó uno de los sillones que tenía frente al escritorio, y cuando Lince se sentó, él caminó hasta su lado, sentándose con ella, a una distancia prudencial.
    - ¿Mi secretaria dijo que querías hacerme unas preguntas? -intentó decir, amigablemente.
    - Sí… para la escuela.
    - Bueno, te escucho…
    Lince comenzó a leer las preguntas mientras intentaba escribir rápidamente las respuestas del hombre, equivocándose y agregando errores de ortografía, mientras el senador se iba acercando cada vez más. Ella lo miraba de reojo, y se alejaba unos centímetros, hasta que finalmente quedó acorralada entre el respaldar y el apoyabrazos del sofá.
    El senador se acercó, alargando una de sus manos y tocándole las piernas, pero cuando apenas le rozó la piel, ella apretó los músculos mientras lo miraba con el gesto asustado y los ojos abiertos, para después comenzar a gritar y empujarlo, dejando caer sus cosas. Saliéndose del sillón, juntó rápidamente la carpeta y la lapicera, para después abrir la puerta de la oficina, y salir corriendo hacia la calle, sin siquiera mirar a Pantera.
    Luego de unos segundos, el senador se acercó hasta la puerta, sólo para encontrar que su secretaria lo estaba mirando con gesto de interrogación, fingiendo que no había comprendido el asunto.
    - Contacta a esa niña, a como dé lugar -ordenó-. Que todo quede en silencio.
    - De acuerdo -respondió.
    No pasaron más de treinta minutos, que el hombre salió listo de la oficina, con el maletín en mano, y se fue sin darle más orden que “terminar el turno”. Sonriendo y despidiéndolo adecuadamente, Pantera continuó fingiendo trabajar durante toda la tarda.

     Habían pasado dos días desde ese incidente, cuando concentrado en su lectura de un nuevo diario, Ítalo escucho las voces de dos hombres que parecían estar peleándose con su secretaria, así que se apresuró a salir para encontrarse con su secretaria, rodeada por dos hombres vestidos de traje, con el cabello pulcramente peinado, y un maletín en la mano.
    - ¿Qué pasa aquí? -inquirió, enojado.
    - Estas personas dicen ser abogados… -respondió Pantera, pero fue rápidamente interrumpida.
    - Permítame presentarnos -dijo uno, de cabellos rubios, y ojos marrones-. Mi nombre es Diego Manchester y él -hizo un ademán, señalando a Cobra, que ahora tenía cabellos negros y lentes de contacto marrones-, es mi compañero Juan Carlos Hoffman.
    El senador frunció el seño: odiaba a los abogados.
    - ¿Qué andan buscando por aquí?
    - ¿Podemos hablar?
    Arturo Ítalo asintió, previniendo que no era aconsejable llevar a cabo ninguna charla con un abogado, delante de su secretaria, así que él mismo los escoltó hasta su oficina, para luego dar la vuelta al escritorio, y sentarse en su típico sillón. Una vez que entraron y cerraron la puerta, Cobra se acercó, sacando un papel, y alargándoselo.
    - Venimos a notificarle que vamos a presentar una demanda por acoso sexual a una menor de dieciséis años, llamada Belén Ríos.
    El hombre abrió la boca en sorpresa, fingiendo no saber nada.   
    - ¡Yo no he hecho nada! ¡Te voy a demandar por calumnias y perjuicios!
    - Senador, tenemos pruebas…

 

Bueno, estoy ha sido todo por hoy. Muchísimas gracias por pasarse, espero que les haya gustado. ¿Me dejan comentario? Gracias a todos por leerme, y nos estaremos encontrando en le próximo artículo. ¡Exitos!


<@ArticuloNumComentarios@> Comentarios:

sábado, 26 de febrero de 2011 | 9:32
¡Con razón, Marina!! Ya empiezo a atar cabos. Me encanta el giro que está tomando la historia. Cada vez se pone más interesante. Te felicito y espero ansiosamente el próximo capítulo.
jueves, 10 de marzo de 2011 | 20:25

me encanto como te quedo el capitulo, tus descripciones siempre tan atrapantes, felicitaciones.

viernes, 11 de marzo de 2011 | 10:30
Oh, muchisimas gracias por leerlo!!

 

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