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sábado, 05 de febrero de 2011

~El Llanto Del Lobo~


¡¡Buenas!! Hoy estoy super contenta, y aprovecho para pedirles disculpas por no escribir ayer: las consultas en la facultad me abstrayeron todo el día, y realmente se me hizo imposible ponerme a escribir. En fin, hoy les traigo un capítulo bastante revelador, el cual espero que les guste y que me dejen comentario. En fin, gracias a todos por pasarse (visiten mi otro blog: SoliderDreams), y ahora sí, los dejo con la lectura:

 

Estaba recostado en el sofá del módico departamento, con los pies colocados sobre uno de los apoyabrazos, y los tobillos cruzados, y la nuca apoyada en el apoyabrazos opuesto. Su cabello negreo y lacio se mecía constantemente con el viento proveniente del ventilador, el cual había direccionado directamente hacia su rostro. Tenía los brazos alzados sobre su pecho, y sostenía un libro, intentado leer para olvidar el hastío.
    Sintió unas voces en la cocina y, pensando que probablemente era ella que había encendido el televisor, volvió a su cómoda modorra de la lectura, intentando concentrarse. De pronto, la puerta se abrió con considerable estruendo, y una jovencita hizo su aparición. Su cuerpo pequeño y menudo, de formas escasas y aniñadas, la hacían ver siempre como una niña, aunque él no estaba seguro de la verdadera edad de la mujer; tenía el cabello castaño al hombro, lacio y con flequillo, lo que la hacía más joven aún, y que resaltaba con cuidado los ojos verdes hoja con los cuales siempre lo miraba insistente.
    Se acercó hasta la mitad de la sala, vestida con un calza negro, una ajustada remera de mangas cortas con el dibujo de un conejo en el pecho, y un delantal blanco de cocina; llevaba pantuflas en los pies, y el cabello atado en una cola de caballo, mientras sostenía el control remoto en la diestra, y apuntaba hacia el televisor que estaba en la cocina.
    El morocho la observó, impresionado por la infantil apariencia de su compañera.
    - Vestida así, van a pensar que soy tu padre, Lince -murmuró, pensando que la buena apariencia que creía tener para sus 32 años, se avejentaba al ver a esa niña.
    - ¡Hey! -dijo finalmente, con una voz tranquila pero juvenil-. Nuestros trabajos están en la televisión.
    Impresionado, el morocho se puso de pie rápidamente, olvidándose del libro, y acompañando a la fémina hasta la cocina, se quedó de pie observando el televisor. En pantalla, aparecía Margarita Suán, con un fuerte golpe en la cabeza, rodeada de una nube de reporteros, mientras continuaba repitiendo que el banco la había robado, y que aunque tenía justificación para su dinero, no la dejaban retirarlo.
    - Todo marcha según nuestros planes… -murmuró.


**

    Tras despedirse de Federico Pinto, el supuesto abogado había caminado un par de cuadras solo, cerciorándose de que nadie lo siguiera. Se detuvo en una esquina donde un solitario taxi esperaba que el semáforo volviera a verde, para detenerlo y subirse; se acomodó en el asiento fingiendo aún su papel de hombre de leyes, para luego indicarle la dirección de un bar bastante lejano y apartado.
    El taxista condujo en silencio, sin molestarlo hasta que finalmente llegaron a destino, donde le dijo el monto, el cual el morocho pagó sin rechistar. Se bajó del coche acomodándose el cabello y apretando más fuerte su maletín, entró en el bar.
    El lugar era un sitio decorado en madera, con dos grandes barras y muchas mesas en el centro, pero ese día estaba excesivamente poblado. Los mozos pasaban enloquecidos entre la gente, y los clientes incluso se formaban en rondas manteniéndose de pie, para poder seguir hablando y tomando. Aprovechando el tumulto, se encaminó hacia el baño, pero antes de entrar, dobló a la derecha encarando por un pequeño pasillo, hasta salir del bar. A las afueras, en un callejón oscuro y despoblado, un coche negro lo estaba esperando, y él se subió por la puerta del acompañante.
    - ¿Salió bien?
    El abogado impostor miró hacia el conductor. De curvas pronunciadas y un busto prominente, la fémina se encontraba observándolo mientras mantenía la zurda en el volante y la diestra en la palanca de cambios. Ligeramente bronceada, la morocha de cabellos ondulados y ojos color ámbar, estaba vestida con una sutil blusa blanca de encaje, que dejaba ver parte de su brassier blanco, y una falda tubo negra, corta a medio muslo. Su silueta era impactante, exactamente igual que la de un felino.
    - Por supuesto -anunció él, sonriendo, mientras tocaba el maletín-. Conseguí todo lo que necesitábamos, Pantera.
    Sin decir nada, ella sonrió y volviendo la mirada al frente, comenzó a conducir. Tras casi media hora de viaje, el coche llegó a un apartado motel en las afueras de la ciudad, donde estacionó. Se bajaron tranquilamente y se encaminaron hacia una de las habitaciones, bastante separada del resto; cuando estuvieron en la puerta, la morocha sacó una llave que llevaba escondida en el brassier, para después abrir la puerta ante la mirada atónita de su compañero.
    Al entrar, se encontraron con la habitación en penumbra, sólo iluminada por el brillo de los monitores de dos computadoras portátiles. El susodicho abogado hizo un gesto de molestia mientras encendía la luz principal.
    - ¡Ah, que molestia!
    - No puedes estar a oscuras, Zorro -se quejó la fémina-. Eso es molestia.
    El aludido observó a la despampanante mujer, mientras fruncía el seño y volvía a ponerse frente a las computadoras. Odiaba la actitud que ella tenía, siempre despreciándolo, aunque él mismo sabía que con su metro y medio de altura, pesaba más de cien kilos, y no era para nada atractivo; además, tenía la nariz quebrada desde la infancia, y debido a sus pocas cualidades carismáticas, nunca había sido bueno para nada más que para las computadoras.
    Antes de que pudiera decir algo, el morocho se acercó hasta él, dejándole la computadora que le había prestado. Tras verla, Zorro se abalanzó sobre ella, acariciándola y revisando que todo estuviera en orden.
    - Haz tu magia… -susurró el morocho, sentándose en la cama mientras se desabrochaba el saco.
    Asintiendo, Zorro instaló la computadora, y abriendo unos archivos que tenía guardados, obtuvo el número de la cuenta de Margarita Suán, y comenzó a trabajar con las otras dos. Pasaron unas horas en las cuales estuvo revisando una forma de entrar al banco Imperial, hasta que al final logró entrar a la cuenta de Margarita, y cambiar la cantidad de dinero disponible, dejando la cuenta vacía.
    Terminando ya con las operaciones, volteó la silla y observó a sus dos compañeros, con una sonrisa en la boca.
    - De acuerdo -dijo Pantera-. Ahora nos separamos y esperamos los resultados.


**

    Sus manos se movían con delicadeza sobre las flores que estaba modelando, para armar un hermoso ramo. La cliente frente a ella respiraba molesta, resoplando de vez en cuando, y golpeteando sus dedos contra su cartera de cuero, lo que hizo que Marina dedujera rápidamente su estado anímico: molesta e indignada. Pero… ¿por qué?
    - ¿Le ocurre algo, señora? -preguntó con su dulce voz, mientras comenzaba a cortar la cinta para el moño.
    - Pues estoy indignada -respondió altanera, con una fina voz que hizo que Lobo soltara un quejido-. Parece que el Banco Imperial ha estafado a una mujer y… -la cliente se detuvo al ver el gesto de desconcierto de Marina, que a pesar de su mirada perdida, aún gesticulaba con las cejas-. Enciende el televisor, si no me crees, en el canal local. ¿Cuánto es?
    - Quince pesos, señora.
    Cuando la mujer se fue, Marina comenzó a tantear el mostrador, hasta que finalmente encontró el control remoto. Luego, tocando suavemente las teclas, posicionó los dedos sobre los números correctos, y cambió el canal.
    - “…la noticia de primera mano traída por Ciudad Local. En directo, desde el frente del Banco Imperial, tenemos a nuestro Periodista Martín Cabales. ¿Me escucha?” -la noticia parecía empezada.
    - “Sí, Josefina, aquí estamos en el exterior del banco con Margarita Suán, a quien le han impedido entrar al banco, tras intentar retirar una suma de dinero de su cuenta…”
    Las cortinas que había en la otra puerta se abrieron, y apareció Sonia, la madre de Marina, caminando rápidamente mientras se limpiaba las manos en el delantal que tenía colocado. Se quedó absorta mirando la pantalla, mientras la rubia se agachaba para acariciar a su fiel siberiano, mientras continuaba escuchando la noticia.
    - ¿Ese no es el banco donde depositamos nuestro dinero, mamá? -preguntó.
    - Sí, hija… es ese mismo.

 

Bueno, muchísimas gracias por pasarse, y nos estaremos encontrando en el próximo capítulo. ¡Éxitos! ¡Nos leemos!


Tags: literatura, novela, argentina, drama, estafas, romance

<@ArticuloNumComentarios@> Comentarios:

domingo, 06 de febrero de 2011 | 10:18
¡Excelente capítulo! Que bien organizados están los malosos. Espero que Marina no salga damnificada, sería de lo último que timaran a la cieguita.
Muy buena la historia. Te felicito
miércoles, 09 de febrero de 2011 | 21:30

jejeje, aca empieza lo bueno, hiciste un excelente trabajo para hacer q el cap digierta todo y a la vez nada, te quedo bien atrapante. felicitaciones.

viernes, 18 de febrero de 2011 | 11:29
Wow, me alegro mucho que les haya gustado :D. Esta historia me está entusiasmando mucho, y me gusta escribirla, así que es lindo ver que les agrada :D

 

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