~El Llanto Del Lobo~
¡Buenas! Hoy finalmente puedo traer el capítulo a tiempo, y se que hay muchas cosas por comentar, pero estos son los capítulos introductorios. Gracias a todas las visitas que se pasan, a los que dejan comentarios y a los que no. ¿Me dejarían un comentario para saber sus opiniones? En fin, no los molesto más, y ahora sí, los dejo con la lectura del primer capítulo de esta nueva historia:
Había hecho un par de cuadras alejándose de la florería, cuando se detuvo a medio camino, evitando la multitud, y sosteniendo el ramo en una mano, y el maletín en la otra. En la vereda de enfrente había un bar de estilo inglés, construido sobre una casa antigua y, apoyado en el pequeño balcón de una de las ventanas, había un joven que parecía perdido. El morocho soltó un suspiro al juzgar su rostro como el de un tonto, y sin preocuparse por los autos, atravesó la calle directamente por la mitad, hasta quedar cerca del chico.
- ¿Federico Pinto? -saludó.
Cuando el joven de cabellos castaños y ojos claros alzó la mirada, él soltó el ramo de rosas sobre sus piernas, haciendo que el menor lo mirara con sorpresa.
- ¿Para qué es esto, Ricardo? -preguntó, levantando el ramo y mirándolo.
- A las damas se las conquista con flores, señor Pinto -fue la sutil respuesta del ahora abogado Ricardo Estrada-. Entrégaselo a la mujer en cuanto al saludemos.
Federico abrió la boca levemente, haciendo un movimiento con su cabeza, volviendo notorio el hecho de que había comprendido que el ramo era para Margarita, la señora a la que le iba a comprar su primera casa propia. Pensando que era un buen gesto, puesto que se trataba de una mujer mayor, se levantó de su asiento orgulloso, moviendo el ramo y arreglándose el trajo.
Sin decir nada, comenzaron a caminar lado a lado, durante unas cinco cuadras más. Finalmente, se detuvieron en una esquina, observando a la cuadra de enfrente. De fachada imponente y estilo colonial, la casa se alzaba con altura de dos pisos, pintada de color beige claro, con las típicas molduras resaltadas en tonos blancos, y una gran puerta doble de madera oscura, con picaporte de bronce que había sobrevivido a varios intentos de robo. El pequeño jardín que tenía delante indicaba que se trataba de un gran terreno, aún cuando había sido reacondicionada para tener un garaje.
Contento, Federico fue el primero en dar un paso, y dirigirse a la casa. Se detuvieron frente a la reja del jardincito, tocando el timbre, hasta que finalmente la puerta se abrió. Por dentro apareció Margarita, una mujer de más de cincuenta años, espaldas casi encorvadas y cabello corto y enrulado, perfectamente teñido de rubio y acomodado; su apariencia denotaba su buena familia, lo que se aseguraba con los movimientos delicados pero no fingidos que tenía. Cuando llegó, Federico la saludó para luego darle el ramo de rosas, y verla sonreír de manera complacida.
- Son muy amables -agradeció, mientras terminaba de cerrar la reja-. Pasen, por favor.
El interior de la casa era tan amplio como la fachada hacía pensar, decorada en estilo colonial pero de una manera muy sutil, que hacía sentir una extrema calidez y comodidad. El morocho detuvo la mirada sobre un imponente mueble de madera, cargado de copas de cristal y diversos jarrones, que parecían ser de herencia familiar.
Llegaron hasta el living donde la gestora estaba esperando sentada en uno de los sofás, y tras presentarse, tomaron asiento en los lugares disponibles. Margarita desapareció tras la puerta de la cocina, para luego regresar con una pequeña bandeja de plata, donde traía tazas de café y una pequeña media-tarde, para ofrecerles a sus invitados. Sirvió a todos en un incómodo silencio, hasta que finalmente fue la gestora -una mujer de corta edad, extremadamente delgada y bronceada, de carácter ácido y secante- quien emitió las primeras palabras.
- Supongo que sigue interesado en la transacción, Señor Pinto -apuntó con una voz que el ahora abogado Ricardo Estrada, pensó que era propia de una lechuza.
- En efecto… señorita -dudó el aludido, sin saber cómo llamar a esa aparición.
La mujer asintió, alzando la diestra y acomodándose con el índice los lentes sobre el puente de la filosa nariz, malamente cubierta de sombra y maquillaje.
- En ese caso, tenemos los papeles casi listos -comentó, intercambiando una sutil mirada con Margarita, quien seguía saboreando su té-. En cuando realicemos la transacción, firmaremos los papeles del cambio de titularidad.
En ese momento, el abogado carraspeó un poco, llamando la atención para sí mismo. Para después colocar el maletín que había llevado, sobre la pequeña mesa ratona que había en el centro de los sofás. Luego, poniendo la mano abierta sobre el maletín, le habló directamente a la dueña de la casa.
- Federico tiene serias intenciones de comprar su casa, Señora Suán -habló, hizo una pausa, y siguió-. Tengo mi computadora portátil aquí, así que desea, podemos hacer la transferencia bancaria inmediatamente, y completar la venta.
La gestora volvió a intercambiar una mirada con Margarita, pero ésta se apresuró.
- Sería un gusto.
Sin decir más nada, el morocho abrió el maletín con calma, colocando una computadora portátil de tapas grises y negras sobre la mesa, al tiempo que Margarita había ido a llevar el juego de té a la cocina, liberando el espacio.
Al volver, se sentó en su lugar nuevamente, mientras el abogado ingresaba a la página web del donde su cliente tenía su cuenta bancaria. Tras haber ingresado preparado todo, le pasó la computadora a Federico.
- Señor Pinto, por favor ingrese sus datos de la transacción -ordenó.
El joven se inclinó sobre la máquina, observando la pantalla y tecleando con notoria dificultad y nerviosismo, una transacción de doscientos mil dólares. Al cabo de unos minutos de espera en un nuevo pero incómodo silencio, se enderezó, alejándose del aparato.
- Falta el número de cuenta de la señora Suán -comentó.
El morocho asintió y, moviendo la computadora hasta la dueña de la casa, le sonrió amablemente. Ella le devolvió el gesto, para luego colocarse un par de lentes de finos marcos, y acercarse con delicadeza hasta ver el lugar donde debería insertar sus datos. Con marcada torpeza ingresó su número de cuenta, para luego sonreír y devolverle la computadora al abogado, quien la pasó a Federico para que confirmara la transacción con su firma digital.
Completando la transacción, Ricardo reinició el navegador para volver a colocar la página, y le ofreció la computadora a la mujer.
- Por favor, revise su cuenta si lo desea -ofreció.
Ella tomó nuevamente su posición frente a la máquina, y tras unos minutos de observaciones tensas por parte de la gestora, ambas sonrieron.
- Ya figura la transferencia, muchas gracias.
La más joven abrió su maletín, estirando los papeles que tenía preparados, y comenzando a marcar cruces en cada uno de los sectores donde Federico debía firmar. Se tomó el tiempo que necesitaba para explicarle las cosas que iba a firmar, y luego el menor los releyó con cuidado, asintiendo con la cabeza mientras el abogado apagaba la computadora. Cuando terminó, intentó devolverle los papeles a la gestora, pero estos separó algunos en una carpeta, y se los devolvió.
- Estos debe guardarlos usted, señor Pinto -confirmó con gesto de disgusto.
El aludido tomó la carpeta fuertemente entre sus manos, acercándosela.
- Federico -llamó la ahora anterior dueña de la casa, con una leve sonrisa en la boca-. Me preguntaba cuánto tiempo para mudarme podemos establecer.
El castaño sonrió, negando amablemente con la cabeza.
- ¿Un mes? ¿Una semana? -preguntó.
- Con una semana es suficiente -confirmó.
*
Era temprano en la mañana cuando Margarita Suán salió de su casa camino al Banco Imperial sabiendo que, como iba a retirar un gran monto de dinero, tendría que hacerlo por caja y además declarar de dónde provenía el dinero recién transferido. Saludó a la mujer en la mesa de atención, y luego se encaminó hacia el pequeño camino de serpiente que estaba marcado con cintas frente a las cajas, y agradeció estar tercera, y no más atrás.
El tiempo de espera fue corto pero nervioso, puesto que la fina mujer odiaba los interrogatorios que hacían en los bancos, y más cuando las sumas eran en monedas extranjeras y con una elevada cantidad de ceros del lado derecho. Alzó la vista justo cuando una cajera de cabello largo y lacio, con un pañuelo color azul al cuello, le hacía gesto para que se acercara. Ella caminó lentamente, y una vez cerca, colocó su pequeña cartera sobre el mostrador, para luego inclinarse a hablarle.
- ¿En qué puedo ayudarla, señora? -preguntó la cajera, rutinariamente.
- Quisiera hacer una extracción de dinero -fue la respuesta, mientras le pasaba un pequeño papel donde tenía anotado el número de cuenta.
La cajera tomó el papel, y sonrió, mientras comenzaba a teclear.
- ¿Qué monto?
- Cien mil dólares -respondió nuevamente, casi susurrando.
La bancaria se quedó en silencio, observándola por unos segundos, hasta que finalmente volvió a centrarse en su computadora. Pasaron un par de minutos eternos para ambas, donde Margarita la vio fruncir el seño, tomar el mouse, y teclear repetidamente.
Al cabo de un rato, la morocha volvió a hablar.
- Lo siento, señora -anunció-: según lo que leo, hay un nuevo procedimiento para extracciones tan grandes, así que debo pedirle que espere en uno de los asientos, a que sea llamada.
Sin decir nada más, le devolvió el papel y le señaló un sillón de gamuza, de un horrible color verde oscuro, sobre el que la mujer dudó sentarse. Había pasado una hora ya, cuando un hombre de increíble apariencia, seguramente en sus cincuentas, apareció vestido con traje delante de ella, disculpándose por la demora que la había hecho pasar. Con pocas palabras se encaminaron hacia la oficina del gerente, donde Margarita se sentó incómodamente en un nuevo sillón, frente al escritorio del hombre.
- ¿Un café? -preguntó él.
- No, gracias -fue la seca respuesta-. ¿Qué pasó? ¿Quién es usted?
El hombre se retorció en su asiento.
- Mi nombre es Jorge Rosas, gerente de esta sucursal.
- ¿Qué es lo que está pasando? -insistió ella.
- Señora Suán, su dinero ha sido acreditado mediante el servicio de transacciones virtuales de nuestro banco, por lo que el dinero no está físicamente aquí… aún -hizo una pausa incómoda, pero luego siguió, ignorando la mirada de ella-. Le voy a pedir que espere una semana para realizar la extracción, hasta que llegue el dinero físico desde el banco donde se hizo la transacción.
- ¿Y luego?
- Podrá retirar previa declaración del origen del dinero.
*
Una ardua y nerviosa semana transcurrió para Margarita Suán, hasta que el jueves decidió ir al banco. Tomó sus documentos y los papeles de la venta de la casa, para luego salir y tomarse un taxi nuevamente hacia el Banco Imperial. Ya en la puerta, se sorprendió por la cantidad que guardias que había en el local, los mismos que la detuvieron en la puerta.
- ¿Qué pasa? -preguntó molesta-. ¿No me van a dejar entrar?
- Lo siento, señora -anunció uno de los guardias-. Debido a unas amenazas de seguridad, estamos solicitando un documento de identidad, para identificar a las personas que permanezcan en el local.
- ¡Pero soy cliente del banco desde hace cinco años!
- Órdenes son órdenes.
A regañadientes, la mujer abrió su cartera y les tendió el documento al mismo que había hablado con ella. Con cuidado, el hombre lo abrió, y tras leerlo lo cerró y se lo devolvió a la mujer, haciéndole un discreto seño a su compañero. Ella intentó entrar, pero ambos guardias se cerraron, impidiéndole el paso.
- Lo siento, señora Suán -comentó uno-. Necesitamos comprobar sus datos, así que no podemos permitirle el paso.
Ella intentó forzar la entrada, pero lo único que logró fue que la tomaran por los brazos, alejándola de la entrada.
Bien, esto ha sido todo por hoy. Muchísimas gracias por parsarse, y nos estaremos encontrando en el próximo capítulo. ¡Dejar comentarios alimenta el blog! ¡Éxitos!
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