cabecera

twitterfeedfeedburner

youtube fav da

   

sábado, 22 de enero de 2011

~El Llanto Del Lobo~

¡Buenas! Les pido perdón por la demora, pero ayer me copé programando un trabajo para la facu, y cuando me di cuenta, no había escrito nada. El día de hoy les traigo una nueva historia, titulada "El Llanto Del Lobo" en la cual una vez más, el protagonista masculino se me absorvió toda la trama, jajaja. La escribí con ayuda de Principe_Leo en la trama, y espero que les guste. Como anécdota les cuento que está pensada para dos partes, así que en la segunda se van a explicar varias cosas que ocurren en esta primera parte. En fin, ahora con la lectura:


     Su risa infantil recorrió la habitación cuando la pelota rebotó en el suelo, y el cachorro la golpeó con el hocico, haciéndola impactar directamente en su frente. La niña giró y la atrapó entre sus pequeñas manos, para luego mostrársela a su nuevo amigo: el siberiano que su madre le había regalado una semana atrás, y que ahora la miraba con sus increíbles ojos celestes, los que pedían la pelota a gritos, y los cuales ella veía hermosos, comparados con los suyos marrones. 

    Ella soltó otra risa cuando el cachorro agachó las patas delanteras, moviendo la cola y mostrándola con alegría, en señal de que quería continuar jugando. Escondió la pelota en sus espaldas, pero el animal comenzó a girar a su alrededor, mientras ella movía el juguete lado a lado, hasta que finalmente lo soltó, haciéndolo rebotar un poco en el suelo. El cachorro se tiró sobre la pelota de color rosado, como si se hubiera tratado de la más temible fiera, y poco a poco la fue empujando hasta la niña.
    - ¡Buen perro, Lobo! -lo felicitó, agachándose para acariciarle la cabeza, y el perro lambió su mentón con alegría, haciéndola reírse.
    El animal la empujó hacia el suelo, para comenzar a lamberle el mentón y las manos, y enredarse en su rubio cabello, mientras ella se sacudía de la risa, llamándolo. De pronto, un profundo sonido retumbó en todo el ambiente, y las luces se apagaron, dejándolos sumidos en la más profunda oscuridad de la noche. Lobo se separó de ella, alejándose un poco, y la niña a duras penas se puso de pie, para después comenzar a llamarlo; el animal volvió rápidamente, y lo abrazó, quedándose sentada en el suelo.
    Los cortes de luz siempre la habían asustado pero, si bien ella había pensado que el animal la protegería, ahora veía que Lobo estaba nervioso, temblando y pegándose a ella en busca de refugio. Un suspiro salió de la boca de la rubia, cuando comenzó a sentir calor. ¿Serían los nervios? No, no era el calor del ejercicio, que quemaba por dentro… este quemaba por fuera. El perro se estiró, apuntando el hocico hacia el techo y soltando unos aullidos profundos.
    La niña se puso de pie, pero sin dejar de tocarle la cabeza al perro con la zurda, alzó la diestra hasta el frente y, caminando a ciegas, se dirigió hasta la puerta del dormitorio, el cual llevaba al living de la casa. Puso la mano sobre el picaporte y la retiró rápidamente tras sentir el metal excesivamente caliente. Lobo soltó otro aullido, pero esta vez seguido de llantos y, mordiendo la pollera que ella tenía, comenzó a tironearla para alejarla de ahí. Sin hacerle caso, ella volvió a intentar abrir la puerta, y cuando logró destrabarla, su rostro se iluminó con el fuego que estaba consumiendo el estar de su casa.
    Caminó hacia atrás llevada por su cachorro, hasta que llegó al borde de la cama y se abrazó al animal. El miedo recorrió su cuerpo cuando el perro comenzó a llorar nuevamente, intentando salirse del fuerte abrazo que ella le proporcionaba. ¿Qué podía hacer? Tenía miedo, estaba sola en la casa, y sus padres se habían ido a una fiesta: no tenía forma de avisarles, y tampoco sabía qué podía hacer.
    El perro forcejeó entre sus brazos hasta que finalmente logró zafarse del agarre, y parándose a su lado, estiró el hocico hasta morderle el borde de la manga de su blusa floreada, y comenzar a tirarla hasta la otra puerta, la del dormitorio de sus padres. Sin saber qué hacer se dejó llevar, pero cuando habían dado unos pasos, el suelo comenzó a temblar, y a sacudirlos de su posición.
    Sin ver nada, y sin saber qué hacer, la niña cayó de rodillas en el suelo, justo cuando comenzó a sentir polvo cayendo sobre su ropa, y luego otro sonido estruendoso, pero esta vez muy cerca de ellos. Un fragmento de cielorraso se desprendió, soltando escombros y cayendo directamente donde estaban ellos, golpeándole la cabeza. Desde su visión, el color de la negrura del apagón cambió a uno completamente diferente, y los ladridos de su fiel can se tornaron lejanos y apagados; cayó al suelo de costado, sintiendo su piel entumecida, y sin reaccionar ante los lambidos y aullidos de Lobo.
    Sentía que giraba y que caía, que estaba acostada pero a su vez cayendo. Oyó los aullidos y llantos de Lobo, y a lo lejos, una sirena. Pero ella no sentía nada.

    Un movimiento pareció despertarla, hasta que finalmente se dio cuenta que alguien la estaba cargando en sus brazos. No pensó en ella, en la casa, sino en su fiel mascota que había intentado sacarla de ese lugar.
    - ¡Bájame! -gimió-. ¡Salven a mi perro, salven a Lobo!
    Una mano fuerte y tranquila le acarició el rostro justo cuando un leve viento fresco rozó su piel sucia por el hollín y el escombro, refrescándola.
    - Está bien -dijo calmado, depositándola en una camilla y acomodando sus brazos-. El perro está vivo.
    Ella estiró los brazos intentando agarrar al animal, mientras sollozaba su nombre, y el mismo bombero de antes dejó al animal en la camilla, el cual comenzó a mover la cola y a lamberle la cara y los ojos, mientras soltaba algún que otro llanto. La niña lo acarició, casi sin ánimos de reírse, y sin poder soportar más el dolor, estiró la cabeza hacia atrás, y perdió el conocimiento, cayendo en lo que ella creyó que era un profundo sueño.

    No supo cuanto tiempo pasó, pero cuando despertó, abrió los ojos y siguió rodeada por la oscuridad de aquella noche. Movió las manos hacia los lados, sintiendo que estaba acostada en una camilla, y con suero inyectado en su brazo derecho, cuando de pronto la mano de su madre atrapó la de ella, con fuerza. Se removió en la cama, y luego despegó sus labios, secos, intentando hablar.
    - Ma… má… -dijo-. ¿Por qué están apagadas las luces?
    No obtuvo respuesta. Sólo sintió la frente de su madre apoyarse en su diestra, mientras sus lágrimas mojaban sus manos, y luego los llantos de Lobo, desde algún lugar de la habitación.


*

    Sus pasos largos y masculinos se detuvieron frente a una espejada vidriera, para que pudiera comprobar su imagen. Iba vestido con el típico traje negro de trabajo, camisa blanca y corbata negra, combinado con unos mocasines de cuero impecablemente brillantes. Su cabello negro y lacio caía sobre su rostro, e intentó acomodarlo aún cuando el pequeño viento le jugaba en contra; sus ojos celestes brillaban aún contra ese vidrio, e intentó una de sus mejores y más conquistadoras sonrisas, para luego volver a su estado normal y serio. Alzó ambas manos hasta la corbata, ajustándola y centrándola, para después dar un paso hacia atrás, y retomar su camino.
    Iba a verla en muy poco tiempo, y tenía que comprobar que todo saliera bien pero… quizás le faltaba algo. De pronto, un llamativo cartel pizarra en la vereda, le llamó la atención; el local al que promocionaba tenía el frente pintado de amarillo, y un llamativo toldo con bordes pintado a rayas verticales color blanco y verde, y con un borde redondeado en cada punta. Sonrió al leer las letras que formaban la palabra “Florería” en la vidriera, y los precios de diversos ramos en el cartel pizarra que le había llamado la atención: eso era lo que le faltaba, un ramo de flores para conquistar a cualquier mujer.
    Se detuvo en la puerta observando el ambiente del local. Bastante tranquilo, a lo largo de la pared izquierda de la puerta había un largo mostrador donde preparaban los ramos, con una caja registradora al final, y un televisor engarzado al techo en esa esquina; casi enfrentada a la puerta de entrada, en la pared opuesta había otra puerta, cubierta con una cortina de tiras, que seguro daba paso a la casa de los dueños. Y finalmente, a la derecha de la entrada se encontraban expuestas las diversas flores, todas en ramos y en llamativos cacharros, colocados a diversas alturas y con el ambiente justo.
    Dos jarrones blancos de textura arrugada le llamaron la atención, y entrando sin anunciarse, se encaminó directamente hasta ellos, para después acercar su nariz, e inhalar su suave perfume. De pronto, los ladridos repentinos de un perro lo sobresaltaron, haciéndolo enderezarse como si hubiera robado algo, para después alejarse unos pasos mientras se acomodaba el saco.
    Volvió la mirada hacia el mostrador, sólo para descubrir a un impresionante siberiano de ojos celestes y brillantes como el hielo, que aullaba como si se tratara de un lobo. Sorprendido, se acercó hasta el mostrador, sólo para ver que frente al animal había una mujer que estaba en cuclillas, de no más de veinticinco años -según sus cálculos-, cabellos dorados y recogidos en una trenza que reposaba sobre su hombro derecho cayendo al pecho, que intentaba calmarlo acariciándolo con sus manos delgadas y delicadas, del color de la porcelana. El animal lanzó unos pequeños llantos mientras ella seguía intentando calmarlo.
    En ese instante, los ojos de hielo del perro se fijaron en los celestes del hombre, y el siberiano cambió rápidamente de estado, dejando de aullar para comenzar a gruñir, observándolo directamente. La mujer alzó la diestra hasta apoyarla en el mostrador y, sin soltar la cabeza del perro -al cual continuaba acariciando-, se puso de pie con esfuerzo, para después enfrentarlo.
    Esa mirada, el cabello dorado como el sol, la piel de porcelana, los ojos marrones de formas perfectas, la nariz esculpida como si se tratara de la más perfecta estatua… incluso la edad coincidía. Eran demasiado parecidas.
    - Mariana… -ese nombre se escapó de su boca en un murmullo.
    La rubia frunció el seño, moviendo el rostro hasta casi enfrentarlo, pero dejando la mirada perdida.
    - Creo que se ha confundido, señor -dijo ella, con una voz dulce y femenina-. Mi nombre es Marina.
    Tranquilamente bajó la zurda hasta Lobo, acariciándolo nuevamente, mientras se acomodaba en su postura, manteniéndose tensa: había algo extraño en ese cliente que acababa de llegar, pero no lograba descifrar de qué se trataba.
    - ¿Buscaba algo? -preguntó, al cabo de unos segundos.
    - Un ramo… -titubeó-… de rosas rojas, por favor.
    Ella asintió y, pasando la mano por los bordes del mostrador, se guió a sí misma hasta el final, para después continuar caminando lentamente hacia las flores, con la zurda apenas alzada y los dedos extendidos como si estuviera intentado rastrear algo. Se detuvo lejos de las rosas, para después levantar las manos con cuidado acercándolas hacia los pimpollos, para después ubicar el tallo y agarrarlos precisamente, sin cortarse con ninguna espina.
    El morocho torció la cabeza, observándola: tenía la mirada perdida, caminaba lento, y se basaba en su tacto para moverse y seleccionar las mejores rosas. ¿Era ciega? Lo comprobó cuando la vio volver con la misma destreza pero, para su sorpresa, armó el ramo lenta y precisamente, guiándose puramente en su tacto y en el perfume de las flores. Cuando terminó, alzó el ramo con la zurda y terminó de acomodar el moño, para después oler con tranquilidad, disfrutando del perfume; un segundo después, se lo extendió con cuidado, para que él lo tomara.
    El alzó las manos, titubeando, para después tomar el ramo sin rozarle las manos, pero sin poder quitarle la mirada del rostro, anonadado por el parecido.
    - ¿Le gusta el ramo? -preguntó ella, sintiendo que algo le había pasado al joven.
    Él murmuró una suave afirmación, sintiéndose estúpido por dentro por no saber cómo responderle o tratarla. Pagó el monto que ella le dijo, pero tras despedirse, el animal comenzó a aullar nuevamente, llorando un poco, y obligándola a ella a agacharse nuevamente y mimarlo.
    Salió del local un tanto confundido, sin saber que pensar, pero cuando el fresco aire matutino refrescó su mente, se olvidó de las similitudes de esa florista y, sin dudarlo, se encaminó hacia su destino: tenía a alguien a quien conquistar.

 

En fin, esto ha sido todo por hoy, y espero que les haya gustado mucho la historia. ¿Me dejan comentarios? También hay votaciones nuevas sobre la historia. ¡Gracias por leerme, y si les gusta, den a conocer mis historias!


Tags: novela, drama, romance, estafas, angs

<@ArticuloNumComentarios@> Comentarios:

Autor: anrafera
domingo, 23 de enero de 2011 | 7:35
...tus relatos conquistan¡ Me ha gustado mucho, mis felicitaciones. Saludos y buen Domingo.
Ramón
domingo, 23 de enero de 2011 | 11:30
Que buen comienzo, ya me atrapó la historia. Me gustó mucho como describiste el incendio, tus relatos son muy vívidos. Te sigo leyendo la semana que viene.
viernes, 28 de enero de 2011 | 19:57
¡Gracias por sus comentarios! Me alegro que les guste. Éxitos!!
Autor: Astrid
jueves, 03 de febrero de 2011 | 12:29
Hola Thunder! lamento haber tardado, es que la universidad me consume u.u

¡Pero me ha gustado mucho! una historia que involucre algo hermoso como un lobo lo leere con gusto, y se ha puesto interesante :)

Sólo un cosa que me di cuenta y queria decirte, creo que suena mucho mejor "lamió" a "lambió" no sé si quieras cambiarlo, pero lo note unas 3 veces por allí aunque no sé si así este bien dicho

Bien me voy, besos ^^
sábado, 05 de febrero de 2011 | 20:43

me encanto como relataste y le diste tanta vida a este primer capitulo, has hecho un excelente trabajo. felicitaciones

 

HTML permitido: <strong>, <s>, <em>, <u>, <a>, <img>
Nombre:





 

   

 

design & stories copyright by truenoazul_vw
+2011+