La Línea Del
Horizonte (II): La Rebelión De Asgorth
¡Buenas a todos! Finalmente, les traigo orgullosa el capítulo final de esta historia. Quiero agradecer a todos los que la han leído, a los comentarios que me han dejado, y contarles que la próxima semana comenzará una nueva historia, titulada "El Llanto Del Lobo" la cual espero que les guste mucho. Nuevamente, muchas gracias por todo, y ahora sí, los dejo con el capítulo final.
Su cabeza reposaba contra el respaldo del módico diván, mientras que su brazo derecho se apoyaba directamente sobre sus ojos, previniendo que la luz entrara y lo molestara. Intentaba dormir, pero no podía concentrarse, y eso lo estaba matando. Su brazo izquierdo colgaba por el lateral del diván, y poco a poco se iba acalambrando. Un suspiro salió de su boca, en el instante en que pensó que todo estaba perdido: entre la locura de Alan y la insistencia de Marcos, había sido atrapado en un callejón sin salida, del que aún no sabía si se convertiría en su tumba.
Cansino, largó otro suspiro sin saber qué hacer. ¿Se iba a quedar ahí encerrado? Ahora no sólo lo buscaba la policía, sino que también su propia gente… y seguramente, había perdido sus contactos, al menos aquellos que se hubieran enterado de su situación. Pero, aún así, si lograba matar a Alan, ya no quedarían rastros de lo que había hecho, y seguramente podría pedir ayuda a la mafia para escapar.
Pero la pregunta era otra: ¿dónde podría encontrar a Alan?
Una idea vino rápidamente, aún si era peligrosa: ir al lugar donde había matado al senador, puesto que tenía la impresión de que no sólo vería a Alan ahí, sino que Marcos también estaría.
*
Era ya de mediodía cuando Alan esperaba frente a la puerta de su habitación. Vestía los jeans que siempre se ponía en su casa, zapatillas blancas, una sudadera verde bajo un buzo con capucha color gris, y sobre todo, una campera de jean para que el viento no le pegara demasiado fuerte. Escondidos en uno de sus bolsillos, había un par de lentes oscuros que le habían regalado, y que nunca usó porque odiaba el sol tanto como odiaba salir.
Desconectó el GPS de la computadora, habiendo cargado la ubicación del callejón, para después escabullirse de su cuarto, siguiendo los lugares más tranquilos por donde las mucamas no iban. Alcanzó a salir por la puerta delantera, para después ir corriendo de arbusto en arbusto, mientras lograba salir por el parque de su casa. Saltó la reja por uno de los muros laterales y, ya en la calle, apretó sus puños dentro de los bolsillos para después, siguiendo las indicaciones del GPS, llegar hasta una plaza, la cual estaba frente a la estación de trenes.
El sonido de los frenos y del barullo de la gente erizaba su piel, pero esa vez, su motivación era más grande que cualquier otra cosa. Sus pies lo empujaron hacia la estación, bajando la cabeza y apretando aún más sus manos, sin moverlas al caminar; sus pasos eran cortos y apurados, y cada vez más rápido llegaba hasta la boletería. Compro un pasaje sin mirar a su interlocutor, y luego se dirigió hacia el andén. Antes de que él mismo se diera cuenta, estaba rodeado de una gran masa de personas que esperaban el mismo vagón.
Las voces lo aturdían, y las personas lo empujaban; algunos hablaban por celular, otros charlaban o leían el diario, pero todos se paraban extremadamente cerca. De pronto, un tren comenzó a frenar frente a ellos, y antes de que Alan pudiera reaccionar, las personas que lo rodeaban se precipitaron hacia los diferentes vagones, abordándolos. Rápidamente, se quedó sólo en la pasarela, y caminando muy poco, subió a un vagón donde encontró un asiento, con el suficiente espacio alrededor, como para estar tranquilo.
Sin embargo, muy pronto el lugar comenzó a llenarse, y las personas lo empujaban y apretaban cada vez más. Sus manos se volvieron locas, jugando entre ellas con los dedos, al tiempo que sus ojos observaban cada rincón del lugar, dando vueltas de forma histérica. Su cuerpo comenzó a balancearse de atrás hacia adelante, y terminó enrollando sus manos alrededor de su propia cintura. Su ambiente se acortaba, el aire lo sofocaba, hasta que finalmente escuchó un fuerte y estridente sonido que lo hizo soltar un grito; inmediatamente las personas lo observaron, pero Alan agachó la cabeza. Sacó el GPS de su bolsillo, y comprendió el sonido había sido un aviso.
El tren se detuvo en la estación más próxima, y antes de que la puerta se abriera, él ya estaba adherido a esta, esperando para bajar. Al primer movimiento metió las manos entre las dos hojas de la misma, para luego empujarlas en direcciones opuestas, y abrirlas más rápido, para después bajarse. Una vez en el tranquilo y despejado andén, pudo respirar en paz, y sentir su espacio intacto una vez más.
En ese momento, un grupo de personas se detuvo un poco lejos de donde estaba él, pero aún así alcanzó a percatarse de que todos en ese pequeño tumulto, lo estaban observando. Agachó la cabeza aún más, pensando porqué lo observaba, cuando de pronto vio a alguien que le pareció familiar; adelante en el grupo, había una chica bastante joven, de piel extremadamente blanca y cabellos rubios casi blanquecinos, que lo observaba con insistencia, al igual que el resto del grupo. Pero… ¿era realmente conocida? Por un instante, Alan creyó que estaba observando a Marcia, porque incluso era muy similar a una foto que ella le había mostrado.
Sus pasos lo llevaron hasta enfrentarse a ella, observándola. La rubia esbozó una sonrisa, tomándose las manos en la espalda y agachándose levemente, lo observó poniéndose en puntas de pie, para después armar una increíble sonrisa en su boca, una que Alan no pudo dejar de observar.
- ¿Eres León, verdad? -preguntó, con una voz dulce que le sonó familiar-. ¿Alan?
Él la observó. ¿Sería posible?
- ¿Mar… cia…? -preguntó asustado.
La aludida sonrió nuevamente, y antes de que Alan pudiera evitarlo, ella echó los brazos por su cuello, abrazándolo, para después moverse un poco hacia los lados, diciendo cosas que él no alcanzaba a entender. Quiso zafarse, empujarla, pero la suavidad de su cabello rozando su cuello, la dulzura de su voz, y la ternura con que lo abrazaba, lo calmaron.
- Que bueno es verte, Alan -dijo otro de los presentes, de voz familiar-. Estábamos preocupados por ti.
- ¿Quién eres? -volvió a preguntar Alan-. ¿Quiénes son todos ustedes?
El joven que había hablado, soltó una carcajada.
- ¿No nos reconoces? Yo usaba a Relámpago en el Asgorth… -comentó, para después ir señalando a sus compañeros-. Él usaba a Muerte, y él a Ellyon.
Alan sonrió, alejando a Marcia de su cuello, y haciendo unos pasos hacia atrás.
- Lo siento, pero voy a ir a solucionar el tema del mafioso…
- No irás solo, Alan -habló Marcia, sonriendo y siempre con su voz dulce-. Iremos todos juntos, porque somos amigos y un clan.
*
En su casa, Marcos había estado perdiendo el tiempo sin saber qué hacer, hasta que finalmente había pensado en entrar al Asgorth, para intentar hablar con Alan, aún cuando sabía que no era la hora en la que él solía entrar. Sin embargo, al aparecer, encontró el clan extremadamente vacío, con mucha de las personas habituales, sin estar conectadas. Preocupado, decidió abrir el programa para hablar y, usando un distorsionador de voz, saludó.
- Buenas, Indiana -fue el saludo de una infantil pero autoritaria voz femenina.
- Hola… -respondió Marcos-. ¿Quién está conectado?
- Soy Alaisa… -hizo una pausa, y luego agregó-. Estaba aburriéndome aquí sola.
- ¿Qué pasó con el resto de la gente?
Una pequeña pausa lo irritó, puesto que cada vez sentía una corazonada más y más fuerte: Alan iba a estar en problemas, y complicados.
- Pues… te cuento, pero no digas nada ¿sí?
- Lo prometo -en ese momento, Marcos supo que algo no andaba bien.
- Hace unos días León dijo que vio un asesinato, y todos los chicos se preocuparon, porque lo conocemos desde hace unos años -comenzó la explicación-. Decidieron juntarse hoy a la tarde para ir a ver a Alan, pero mis padres no me dejaron ir… -hizo otra pausa, como si hiciera un gesto de tristeza, y luego siguió-. Dijeron que tengo sólo once años, y que no era bueno encontrarme con gente que sólo conozco en un mundo virtual.
Marcos se quedó en silencio pensando qué podía llegar a hacer, porque ahora no sólo tenía a Ángelo intentando asesinar a Alan, sino también a Alan intentando encontrarlo, y así, iba ser imposible que alguien no saliera herido. Pero… ¿hacia dónde iría Alan? Por alguna extraña casualidad, se le ocurrió que quizás iría al lugar del asesinato, a la misma hora que había ocurrido y eso… iba a ser en media hora exacta.
Sin pensar más, buscó su arma reglamentaria y, colocándosela, tomó las llaves del auto y salió corriendo, pensando en avisar a la estación en el camino.
*
Alan se internó en el barrio de baja categoría donde había ocurrido el asesinato, pero esta vez no iba solo: sus amigos lo acompañaban. Cada paso que daba se sentía como si cargara con el peso del mundo, pero aún así, esta vez no estaba vulnerable, ni solo. Al cabo de unos minutos y, sintiendo las miradas de las mujerzuelas que trabajaban en esas callejuelas, Alan llegó al callejón donde había visto el asesinato. La pared aún se veía sucia, y había más basura tirada en el lugar, pero el sitio seguía siendo el mismo.
Sintió que sus amigos comenzaban a murmurar, pero de pronto, el chirrido de una puerta y una pequeña carcajada a sus espaldas, lo hicieron asustar, volteando rápidamente. Frente a él, Alan vio al mismo treinteañero de antes, de cabello negro y largo, vestido de traje, y con una mirada asesina en sus ojos. Alan dio otro paso hacia atrás, cuando el hombre se adelantó, aún riéndose.
- ¡Sabía que vendrías! -murmuró, antes de soltar otra carcajada.
Alan dio otro paso hacia atrás, pero sintió las manos de Relámpago sobre sus hombros, que lo afirmaron y luego lo empujaron hacia delante.
- Tienes que acabar las cosas, Alan -dijo su amigo-. ¡Tú puedes!
El joven volvió la mirada al frente sólo para encontrarse con que Ángelo había sacado una cuchilla, e intentaba cortarlo con eso. A duras penas Alan podía escapársele, sintiendo el terror golpeando sus piernas, y haciéndolas más débiles de lo que ya eran. ¿Podía sobrevivir a ese momento? Justo cuando Ángelo parecía tener a Alan acorralado contra una esquina, Marcia soltó un grito de miedo desesperado, y Ángelo volteó para verla, pero en ese momento, Alan se escapó unos pasos. El mafioso decidió seguirlo, queriendo matarlo, pero en ese momento, dos de los amigos de Alan se movieron, sosteniéndolo por los hombros.
Ángelo alzó la mirada, sabiendo que sus espaldas daban ahora hacia el callejón, pero sus ojos no pudieron creer lo que veían: Alan estaba de pie frente a él, con una pistola entre las manos, y los brazos estirados apuntándole directamente hacia la frente. Pero… ¿sería capaz de matarlo?
Una sirena de policía los advirtió de los nuevos invitados, y Ángelo vio que llegaba el primero de los coches, y que Marcos se bajaba completamente solo, cubriéndose sólo con la puerta del auto. ¡Esa era su oportunidad! Tenía a los dos cabos delante de él, e iba a tomar medidas. Movió sus hombros rápidamente, y preparándose para hacer una rápida carrera, se abalanzó hacia la dirección de Marcos.
Sin embargo, en ese momento, un sonido de disparo retumbó en el lugar, y el cadáver de Ángelo cayó ya sin vida al suelo, con la frente atravesada por una bala salida de la pistola de Alan. Marcos alzó la mirada a través de la puerta, sólo para ver cómo el joven se acercaba, descargando todas las balas sobre el cuerpo ya sin vida. ¿Cómo había sido que las cosas habían dado ese giro inesperado? Se puso de pie mientras Alan continuaba gatillando la pistola en el vacío.
De pronto, nuevos coches de policía llegaron a la escena, por ambas entradas del callejón, y cuando Wagner apareció en uno de los últimos autos, no comprendió la escena: el mafioso tirado, muerto, y el hijo del político, el idiota autista y agorafóbico, con una pistola en la mano, la cual continuaba gatillando.
- ¿Qué pasó aquí? -fue la pregunta de Wagner hacia Marcos.
- Alan asesinó al mafioso… -respondió-. No fue en defensa propia.
El jefe asintió y, dudando, hizo un gesto. Rápidamente, uno de los oficiales se acercó, golpeándolo en las muñecas, y obligándolo a soltar el arma, para después intentar contraer sus manos hasta poder esposarlo. El joven comenzó a gritar, llamando a Marcia y a todos sus amigos, pero sus gritos se perdieron en el vacío cuando giró, y vio que no había nadie en el callejón. Nadie, excepto él, Ángelo y la policía.
En ese momento, Marcos se acercó hasta Alan, caminando a paso seguro.
- ¿A quién llamas? -le preguntó-. Estas solo…
Los ojos del aludido se llenaron de lágrimas, y poco a poco se fue rindiendo hasta que los oficiales comenzaron a leerle sus derechos, mientras lo llevaban a uno de los autos.
Ya en silencio, aún en el barullo de los forenses que analizaban el cadáver, Marcos miró el cielo del atardecer, y suspiró, agachando la cabeza y volviendo hacia su auto: nunca iba a saber qué es lo que dividía la línea del horizonte.
Bueno! Esto ha sido todo, y creo que no haré de "La Línea Del Horizonte" una trilogía, se quedará así. La próxima historia sí tiene dos partes, y espero que les guste mucho. Gracias a todos por leerme, y nos estaremos encontrando en el próximo artículo ¡Éxitos!
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