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viernes, 17 de diciembre de 2010

La Línea Del Horizonte (II): La Rebelión De Asgorth

¡Buenas a todos! ¿Cómo andan? Acá en mi ciudad estamos al sol como iguanas, es terrible! En fin, gracias a todos los que se pasan! Hoy no sabía si iba a sobrevivir a la escritura por el calor, pero veo que lo legré. Gracias a todos por la paciencia, y ahora que recuerdo, debo el one~shot del desafío! OMG! Intentaré terminarlo a la brevedad, así todos pueden disfrutarlo. Gracias por pasarse, y los dejo con la lectura.


La mucama estaba de pie frente a la puerta de la habitación de Alan, pero sentía que estaba perdiendo su tiempo. Golpeaba la puerta una y otra vez, llamando al joven, pero este no respondía. Había tomado el trabajo pensando en el sueldo que le darían, pero el trabajo no se justificaba. De pronto, escuchó que el pomo estaba girando, y luego la cerradura se destrabó.
    Alan salió de la habitación traspirado y con el cabello mojado y pegado en el rostro. La jovencita lo vio completamente pálido y con algunas gotas de sudor por su rostro, y con un tanto de temor, rebuscó por su delantal, para ofrecerle un pañuelo. Alan giró la mirada para observarla con un tanto de molestia, y estirando la mano, lo tomó sin siquiera tocarla, para después secarse el rostro.
    Caminó lentamente hasta la sala donde el profesor lo estaba esperando, para abrir la puerta y detenerse al ver una enciclopedia que habían dejado abierta. Se acercó con cuidado, inclinándose lentamente hasta casi con medio. Las páginas eran plastificadas y en el centro de una de ellas, había una fotografía de un busto de un joven. Por el mármol liso y perfecto, no habría tenido más de veinte años cuando fue retratado, y seguramente era de estilo romano, por el peinado; sin embargo, el busto se encontraba partido a la altura del cuello, y cerca del hombro derecho se encontraba rota. Estaba muy bien reparada, pero aún así se notaba que había sido rota.
    Movió la silla con cuidado mientras estaba absorto en su observación, y se sentó lentamente acercándose la enciclopedia para mirarla mejor. Pasó sus dedos por la fotografía, y luego se detuvo en el copete de la misma: “Calígula, emperador Romano” rezaba.
    Alan se sobresaltó al sentir los pasos del profesor Larguetti entrar en la habitación, y empujando un poco la enciclopedia, la alejó de él.
    - Veo que te ha llamado la atención -saludó el mayor.
    El joven sólo asintió con la cabeza, para luego señalar la foto con miedo.
    - ¿Quién… era…? -preguntó.
    Larguetti sonrió, mientras corría una silla y se sentaba en ella, cruzándose las piernas y clavando su mirada penetrante en Alan.
    - Ese, es uno de los peores emperadores romanos de la historia -anunció, para luego continuar- ¿Lo conoces?
    Alan negó con la cabeza, entrelazando los dedos de su mano, y acercándolas hasta su pecho, para luego bajar la cabeza y observa al profesor de reojo. Larguetti suspiró, para después tomar la enciclopedia, y buscando entre sus páginas, encontró otra fotografía de una estatua, la cual se la mostró a Alan.
    - Calígula era hijo de Germánico, un militar romano de alto calibre, honesto y luchador, que lideró a su ejército en contra de muchas guerras contra los Germanos -comenzó a explicar-. En aquel entonces, Calígula era solo un niño, y se había ganado ese nombre por parte de los soldados de su padre. Lo alababan en los campamentos y lo veían entrenar con una espada de juguete. Todo eso, hizo que creyera que era más de lo que en realidad era…
    Alan volvió a alzar la mirada para observar a su profesor. Abrió la boca en vano varias veces, sin producir sonido alguno, hasta que por fin se animó a preguntar.
    - ¿Y qué pasó después?
    El profesor buscó en la enciclopedia otra vez, para luego mostrarle la foto de un cuadro del mesías cristiano, crucificado.
    - Por aquella época se rumoreaba acerca de un mesías, un salvador religioso -dijo señalando el cuadro, para luego continuar-. Poco a poco, Calígula comenzó a pensar que él era ese mesías. Engañó al pueblo y a su tío Tiberio y se mostró como el perfecto hijo de Germánico y como un emperador benévolo, cuando ascendió. Sin embargo, en la soledad del palacio, tuvo amoríos con sus tres hermanas, hasta que un día despertó diciendo que se había convertido en un dios.
    El interés de Alan parecía incrementarse con cada palabra que el profesor decía, hasta que finalmente levantó la vista, y lo escuchó más atento que antes, sin perderse ninguna palabra. Larguetti se puso de pie, y comenzó a gesticular mientras caminaba e iba continuando su relato.
    - Desde ese momento, comenzó a asesinar a todo aquel que estaba en su contra, a aquellos que no le caían en gracia y a las mujeres que lo despreciaban. Desterró a sus hermanas, y usó a su tío Claudio de bufón; se reía del ejército y del senado… -hizo una pausa, y luego agregó-. Hasta que un día, el pueblo se cansó.
    - ¿Qué pasó? -volvió a preguntar Alan.
    - Había un general en sus fuerzas, que había estado en uno de los campamentos de su padre -explicó-. Ese general armó una rebelión, y durante una festividad, lo atravesaron tantas veces con sus espadas, hasta que Calígula murió. Sus crímenes fueron castigados.
    Cuando dijo eso, Larguetti golpeó la enciclopedia nuevamente en la foto del busto de Calígula, para después observar a su alumno. Alan estiró la diestra y rozó levemente el libro, absorto.
    - Asesino… -murmuró, más para sí que para otra persona.
    Larguetti asintió.
    - La pena del asesinato, es la muerte -concluyó-. Y por eso, Calígula tuvo su juicio.
    
*

    En su casa, Marcos continuaba dando vueltas sobre cómo podía llegar a mostrarle la grabación al jefe, puesto que éste mismo le había prohibido que continuara siguiendo a Alan. Por momentos, llegaba a su cabeza la vaga idea de que el jefe estaba metido en algo, pero por otros momentos, creía que eso era imposible. Se echó en la cama, a sabiendas de que tenía una prueba inutilizable, y que tendría que conseguir algo mejor.
    Se puso de pie de un salto, y comenzó a jugar con su perro, peleando con una media, mientras sentía los gruñidos juguetones de este. ¿Qué podría hacer? Quizás ir al banco a buscar más información sobre las cuentas del senador, pero… no, ese movimiento podría advertir a la mafia, quienes inmediatamente eliminarían las pocas pruebas que quedaran, y ya no podría trabajar.
    Con cansancio, giró el rostro hasta observar el calendario pegado en la pared de la habitación: aún faltaban dos días para la reunión de la mafia. Una sonrisa se dibujó en su rostro, mientras soltaba la media para que su perro comenzara a destrozarla: había decidido ir en secreto, con una cámara oculta, e intentar grabar a Ángelo.
    
    Esa misma tarde ya estaba en la oficina de Mark, observando atentamente los datos que le había dado. Había llegado pidiéndole información para rastrear el dinero pero, lo que no sabía, era que Mark había agregado datos que lo llevarían directamente hacia Ángelo. Entre esos archivos, figuraban reuniones anteriores, de las cuales no había demasiados detalles.
    Sin perder tiempo, tomó algunos apuntes, y saliendo hacia su coche, se dirigió hacia la biblioteca de la ciudad. Se detuvo en el estacionamiento privado, y al llegar hasta la recepcionista, le mostró su placa de detective, lo que le garantizó el mejor acceso a los viejos recortes de diario. Con paciencia se sentó en una de las salas de estudio, y comenzó a analizar una a una las noticias. Había historias mezcladas, asesinatos, conjeturas y muchas exageraciones del periodismo local. Sin embargo, uno parecía ser un informe donde habían hecho una redada, y mostraban fotografías del lugar.
    Tomando uno de los papeles que había llevado, bosquejó el lugar y anotó los datos más importantes que creyó que lo ayudarían a localizarlo, y volvió a la oficina, ya a media tarde. Usando su tarjeta de acceso, logró encontrar el satélite de la policía, y con el programa que tenían a su disposición, le tomó toda la tarde ubicar el lugar con precisión y detalle.
    Era de noche ya cuando volvió a su casa, con una idea fija en la mente: armar una cámara para llevar en la infiltración. Rebuscando, logró encontrar una pequeña cámara y la colocó escondida en el cuello de la camisa, además de un módico sistema de grabación para obtener todos los datos.
    Ahora estaba preparado: ese sábado atraparía a Ángelo.

 

Bueno, esto ha sido todo por hoy. Muchas gracias por pasarse, y nos vemos en el próximo artículo!


Tags: novela, literatura, drama, historia, policías

<@ArticuloNumComentarios@> Comentarios:

viernes, 17 de diciembre de 2010 | 20:15
Que astuto el profesor, como fue llevando a Alan hasta la idea del asesinato. Me parece que Marcos está jugando con fuego, no veo la hora de seguir leyendo. este relato es totalmente atrapante.
Autor: BlueBrain
sábado, 18 de diciembre de 2010 | 4:14
Excelente capítulo. El profesor ya logró captar la atención de Alan. ¡Cómo me gustan tus descripciones! Cuando la mucama va en busca del muchacho, hasta me pareció verlo. Te felicito
martes, 21 de diciembre de 2010 | 14:21
Jejejeje, gracias!! Me alegro mucho que les haya gustado la historia!! Gracias por los comentarios, chicos, y gracias por pasarse tambien!
jueves, 10 de febrero de 2011 | 14:17

excelentes descripciones y atrapante capitulo. me gusto mucho felicitaciones haces un espectacular trabajo dandole vida a esos resumenes. :D

 

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