La Línea Del
Horizonte (II): La Rebelión De Asgorth
¡Buenas a todos! Aquí una iguana tomando sol (en serio, hace un calor horrible y tanta humedad, que cuando uno sale a la calle ve espejismo sobre el asfalto a 100 metros de distancia, es terrible). En fin, intentando sobrellevar el calor (no se qué nos espera para enero/febrero), aquí les traigo otro capítulo con el odioso de Mark Clayton (la verdad es que me da muchísima bronca tener que escribir a ese tipo xD). En fin, los dejo con la lectura:
Echado en el sillón frente a la computadora, Marcos miraba la pantalla con gran atención pero con la mente vacía y ajena a los gruñidos que hacía su perro, acostado a sus pies. Hacía veinte minutos que Alan tendría que haberse conectado, pero que aún no llegaba. ¿Le habría pasado algo? De pronto, vio que había demasiados saludos en la ventana del chat de clan, y focalizándose en ella, encontró que estaban saludando a Alan: al fin había llegado, y ya no tendría que correr en círculos con su personaje, para matar el aburrimiento. Después de todo, ese juego no era para él.
Saludando amablemente junto a todos, luego se armó de valor y paciencia, para escribir un mensaje privado y pedirle disculpas por haberlo importunado la última vez que se vieron. Rápidamente llegó una respuesta: “No importa, pero no insistas en encontrarnos”; al leer esa frase, Marcos sintió deseos de arrojar el monitor por los aires, y pisar a esa figura tan engreída que era Alan en ese mundo virtual. Sin embargo, ese día no se iba a ir sin lograr hablarse, así que decidió intentar ganarse la confianza del testigo, por otros medios.
“¿Tienes tiempo para entrenarme más?” preguntó por otro mensaje privado, y para su sorpresa, muy pronto se encontró en una arena, cercana a un río y rodeada de árboles, donde podría hablar tranquilo con Alan. Hicieron unos duelos y, si bien había perdido algunas horas intentando mejorar con su personaje, Marcos aún no jugaba tan bien como Alan. Se quedó leyendo las explicaciones que León le daba con tranquilidad, cuando finalmente encontró una idea con la que podría hablarle.
“Lo siento por lo del otro día” escribió, y al no tener respuesta, mandó un nuevo mensaje. “Comprendo lo que es no querer salir de tu casa”. Esa frase lo interesó. Inclinándose sobre el escritorio para acercarse sobre el monitor, Alan se quedó leyendo una y otra vez cada palabra, hasta que finalmente se decidió a preguntarle. “¿Por qué?” preguntó, y rápidamente llegó una lista de mensajes, donde Indiana le contaba la historia.
Por lo que leía, un día Indiana había salido con sus amigos a una discoteca a bailar, y al salir, un ladrón se les abalanzó, y alcanzó a agarrarlo de los brazos. Sus amigos salieron corriendo y escaparon, y cuando el hombre lo estaba por apuñalar para que le diera el dinero, unos policías pasaron cerca y arrestaron al ladrón, que además estaba borracho.
Sin darse cuenta, llevó la diestra hacia su boca, pensando en toda la sangre que vio salir del cráneo del hombre asesinado, y un leve temblor recorrió su cuerpo. Abrazándose a sí mismo, comenzó a balancearse lentamente hacia atrás y adelante, intentando calmarse; pero aún así, se las arregló para escribirle un nuevo mensaje a Indiana. “Debió haber sido horrible” escribió, e inmediatamente una pregunta vino a su mente, y no pudo contenerla. “¿Por qué luego de ese evento, juegas un juego tan violento como el Asgorth?”, inquirió.
Para su sorpresa, la respuesta no tardó en llegar. “Es que gracias a la ayuda de los policías y de un psicólogo entrenado, pude superar el shock”. Tras leer eso, Alan se echó hacia atrás en el asiento, recostando su espalda contra la silla, y pensando: a él le había pasado algo muy similar… si bien él no había sido el atacado, había sido un golpe de todas formas, y tenía miedo, muchísimo miedo. Seguramente un psicólogo lo ayudaría. ¿Debería preguntarle a Indiana? Quizás sabiendo más de su experiencia, podría animarse a encontrarse con un policía o un psicólogo, y contarles lo que había visto.
Colocó las manos sobre el teclado, con duda, pensando cómo podría llegar a escribir esa pregunta, cuando de pronto unos suaves golpes resonaron en la puerta, asustándolo. Alan se echó de frente hacia el escritorio, apoyando la frente en la mesa, y cubriéndose su propia cabeza con las manos.
- Señorito Alan, el profesor lo está esperando -dijo la voz de la mucama que siempre iba a interrumpirle.
Enderezándose, se despidió de Indiana, y salió del Asgorth.
Alan apareció en la puerta de la sala donde estaba el profesor, arrinconado contra el marco, y con las manos apretadas en el pecho, sosteniendo los libros. El hombre lo saludó amablemente, pero él se acercó temeroso hasta la mesa, donde dejó el cuaderno para después abrirlo y preparar una lapicera. Larguetti rápidamente comenzó a hablar de historia, describiendo culturas de la antigua Grecia y cómo se habían reflejado en la actualidad… pero Alan no escuchaba. Con la mirada perdida en algún punto fijo de la mesa, el chico permanecía perdido en su propia mente.
Quizás, era un buen momento para hablarle, sacarle información y comunicarle a Ángelo.
- Alan… -dijo, acercándose y sentándose a su lado; su voz mostraba tranquilidad y seguridad-. Puedes hablarme, si quieres. ¿Sabes?
El chico movió el rostro focalizando los ojos perdidos en los de él, para luego pestañear un par de veces, como si hubiera estado atontado. Luego de eso, asintió.
- Estoy bien -fue la corta respuesta.
Sin embargo, por dentro las palabras de Indiana seguían rodeando su cabeza. ¿Haría bien en comentarle a un psicólogo? Él no sabía nada de ellos, sólo les tenía miedo, porque el psicólogo de la escuela muchas veces le había gritado, y una vez hasta lo había golpeado. ¿Y si le preguntaba al profesor? Abrió la boca como queriendo decir algo, pero muy pronto la idea se volvió una locura, y decidió callar, volviendo a su postura de siempre.
Por su parte, el profesor continuó pensando en qué habría intentado decirle Alan.
*
Una vez más, Marcos entró en la sección de Crimen Organizado, encontrándose con Mark echado en su sillón, con los pies en el escritorio y leyendo el diario. Hacía unos días que ya ni siquiera se molestaba en fingir trabajar, cuando el llegaba. Saludó amablemente y se dirigió hacia la oficina trasera, donde estaban los archivos que le habían prometido.
Se quedó de pie frente a la mesa que aún tenía cuatro pilas increíbles de carpetas, y muchos papeles desparramados, además de algunos borradores. ¿Por dónde debía empezar? Estaba tan perdido que le hubiera gustado pedirle ayuda a alguien, pero en esa sección parecían gustar más del ocio que de perseguir al crimen, y por un momento se sintió más solo que el primer hombre del mundo.
Sin saber por dónde comenzar, pensó que quizás podría comenzar por clasificar los papeles sobre el jefe que casi todos habían descripto, y que parecía tener una elevada posición: Ángelo Benonni. Se sentó en la silla, y tomando la primera de las carpetas, decidió ir tomando nota sobre los informes, detallando las carpetas y las fuentes donde lo había encontrado.
Mark bajó el diario para luego inclinarse y observar las espaldas de Marcos trabajando sin cesar, sacando carpetas y leyéndolas con detalle. Era un inútil, molesto e insolente detective con ínfulas de justicia, y jamás podría comprenderlo. Rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar el teléfono que Ángelo le había dado, y apretando un botón, lo llamó.
- ¿Qué pasa? -preguntó la voz del morocho, un tanto molesto.
- Marcos te está investigando -susurró Clayton.
Una pequeña risa resonó del otro lado del teléfono. Ese policía había sido más molesto de lo que pensaba, y si no lo controlaba, seguramente terminaría atrapándolo, en un lugar impredecible. ¿Cómo podría atraparlo él antes? Sus pensamientos se dirigieron hacia Mark, uno de los peones que tenía dentro de la policía, y de pronto, una idea vino a su mente: Clayton tenía un falso policía infiltrado en la mafia, que en realidad trabajaba para Ángelo. Forzando unas órdenes, y algún encuentro, Ángelo podría llegar a tenerlo en sus manos, atrapado, y controlado.
- Pregúntale a Marcos si quiere infiltrarse -ordenó, al fin-. Proponle acercarse como un joven reclutado por ese “policía” que tú tienes. Luego tendrás que asegurarte de tener el permiso del jefe de la estación.
- Haré lo posible -respondió Clayton, para luego cortar la llamada.
Sin dudar más, Mark guardó el teléfono, para después encaminarse hasta la sala donde Marcos estaba leyendo las carpetas, y tomando apuntes. Por un momento, le dieron ganas de golpearlo hasta que muriera, simplemente por entusiasta, pero recordando lo que Ángelo le había dicho, se sentó a su lado ofreciéndole ayuda, y comenzó a buscar un par de carpetas determinadas.
Al cabo de un rato, decidió comentarle el plan.
- ¿Te gustaría infiltrarte en la mafia, y atrapar a Ángelo?
Bueno, esto ha sido todo por hoy. Muchísimas gracias por leerme, y nos estaremos encontrando en el próximo artículo. ¡Se cuidan! ¡Éxitos!