cabecera

twitterfeedfeedburner

youtube fav da

   

viernes, 19 de noviembre de 2010

La Línea Del Horizonte (II): La Rebelión De Asgorth


¡Buenas a todos! El capítulo de hoy se centra en otro personaje: en Ángelo. Seguro que lo odiarán, pero la verdad es que tenía que empezar a moverse, o se iba a convertir en un hongo, jejeje. Espero poder tener el one-shot para el desafío en esta semana, y les agradezco muchísimo todos los comentarios que me dejan. Muchas gracias a todos, y ahora sí, los dejo con la lectura.

 

Esa madrugada se había levantado temprano y rápidamente, se instaló en la computadora. Quería intentar llevar a cabo su plan de contactarse con Alan mediante el Asgorth, o tendría que buscar otros medios para asesinarlo. Sin embargo, sabía que su propia cabeza estaría en problemas si no lograba atar ese cabo que le había quedado.
    Se sentó en su oficina, recargándose sobre el sillón, esperando poder entrar al juego donde se encontraría con el personaje de Alan, el cual se llamaba León. Había pensado en darle a él y a los miembros del clan un correo electrónico falso, y luego comenzar a chatear e intentar convencerlo de encontrarse, donde finalmente lo asesinaría. Sin embargo, grata fue su sorpresa cuando vio que al intentar pasar el correo a los miembros de ese clan, todos se rehusaban cordialmente, sin decirle ninguna palabra. Se acercó a León hablándole en un chat privado, pero sólo logró que lo bloquearan, impidiéndole comunicarse con nadie.
    Ángelo golpeó la mesa fuertemente cuando vio que León había desaparecido, desconectándose sin decirle a nadie. Soltó un par de insultos que se perdieron en el aire, pero luego un mensaje privado dentro del Asgorth le llamó la atención: Marcia le estaba hablando. Recordando que ella era muy cercana a León, pensó que quizás hablarle y caerle en gracia no sería una mala idea.  “Perdónale, es muy buen líder, pero como persona es muy particular”. Decía el mensaje de ella, Ángelo comenzó a escribir, pero un nuevo mensaje de Marcia apareció en su monitor. “Si quieres su confianza, tendrás que ganártela”.
    La ira recorrió su cuerpo, obligándolo a apretar los puños y a morderse la lengua al punto de lastimarse. ¿Es que acaso se trataba de un niño intentando ganarse la confianza de un adulto? El recordaba a un mocoso asustadizo, llorón e indefenso, que hubiera sido incapaz de sostenerse ante su mirada; sin embargo, ahora se sentía como estando delante de Hércules. ¿Qué era esa diferencia? Se maldijo a sí mismo por no poder encontrarse ante alguien con más problemas de los que Alan tenía.
    Apagó bruscamente la computadora, saliéndose del juego, para después ponerse de pie, encaminándose hacia la salida. Alzó la diestra para rebuscar en el bolsillo oculto de su saco, encontrando un atado de cigarros, del cual sacó uno y rápidamente lo encendió. Se lo acercó a la boca y dando una seca, sintió que finalmente podía relajarse. Ahora el problema era simple: ¿qué podía hacer para asesinar a Alan y no dejar testigos?
    Sus pasos lo llevaron al jardín que tenían en la parte trasera del complejo, y divagando por el lugar, se sentó en uno de los bancos, rodeado de flores de colores y una increíble tranquilidad, mientras él se dedicaba a pensar.  Pasaron unos minutos en los que termino su cigarrillo rodeado por el silencio, cuando finalmente un momento volvió a su memoria: hacía unos días atrás, había leído a León comentar que ahora tenía profesores particulares.
    Una increíble idea sería poder encontrar al profesor de Alan, y tenerlo de su lado. Convencerlo era fácil, puesto que siempre cedían de una u otra forma; el problema era encontrarlo. Una sonrisa maquiavélica se marcó en su rostro, cuando apagando el cigarro sobre el banco, y dejando la colilla tirada, se puso de pie encaminándose hacia las dependencias.
    - ¡Hey, tú! -le gritó al primero que vio pasar cerca de él-. Busca a Perno y dile que vaya a mi oficina.
    El hombre asintió temerosamente, y salió corriendo en el sentido desde donde había venido. Al llegar a su oficina, Ángelo sonrió al ver a su subordinado esperándolo en la puerta, con cara de pocos amigos: seguramente, había interrumpido alguna de sus diversiones.
    Entraron a la sala tras una indicación del morocho, y cuando éste se predisponía a buscarse otro cigarrillo, se dio cuenta que el recién llegado estaba impaciente.
    - ¿Qué necesitabas? -comentó con desgano-. Estaba ocupado.
    - Exactamente: estabas -corrigió Ángelo, volteándose a verlo con la peor de sus miradas-. Te doy dos días para que encuentres quién, o quienes, son los profesores particulares de Alan Bennington.
    El rubio hizo una mueca de desgano, saliendo de la habitación. Odiaba los plazos de tiempo que le daba Ángelo.

*
    Era de noche cuando Ángelo se encontraba en una de las discotecas de la mafia, en el sector privado. La habitación era grande pero a su vez protegida, ya que muchos guardias estaban apostados en cada una de las entradas. El piso oscuro resaltaba con la alfombra de piel de oso que había en el centro, sobre la que se encontraba una mesa ratona negra de vidrio, rodeada por dos sillones negros. A sus espaldas había una gran pecera con pirañas de diversos colores, las cuales eran un vicio del jefe. Una ventana amplia permitía ver la parte de las pistas de baile, y tenían grandes cortinales de piel de cebra, dispuestos a cubrirlos.
    El morocho descansaba tirado en uno de los sillones, con dos féminas entre sus brazos. Una era rubia y de cabellos largos, con labios carnosos exagerados por un piercing en forma de argolla, y que apenas iba cubierta con un vestido rojo ajustado, y botas altas. A su diestra, una morena de cabellos cortos y piel trigueña besaba su cuello, mientras se dejaba tocar.
    Estaba contento, no podía negarlo. Acababa de concretar un contrato con el que el Jefe estaría sin lugar a dudas complacido, y ya tenía un nuevo plan para acercarse a Alan y acabar con él. Había marcado ese tiempo para divertirse con las mujeres que tenía a su lado, justo cuando Perno apareció en la puerta de la habitación con una carpeta entre las manos.
    - ¡Oh! -comentó, alegre-. ¿Eso es lo que yo pienso?
    El rubio asintió.
    Ángelo estiró la diestra, y la chica que estaba apoyada en su hombro se estiró hasta agarrar la carpeta de la mano del recién llegado, y darse la Ángelo. El morocho las corrió a ambas y cuando se hubieron ido, abrió la tapa y comenzó a analizar los datos. El profesor se apellidaba Larguetti, y se trataba de un hombre no demasiado joven ni viejo, pero paciente, que tenía una típica y feliz familia de una hija y esposa: perfecto para poder torturarlo y convencerlo.
    Ahora, sólo tenía que pensar en cómo interceptarlo. Leyendo los datos, se percató que el joven profesor no tenía auto; a su vez, recordó que Alan siempre salía del Asgorth cerca de las siete de la mañana, diciendo que tenía clases. Por ende, el maestro tenía que estar tomándose un colectivo entre las seis y las seis cuarenta y cinco, para poder llegar en horario.
    - ¡La computadora! -ordenó.
    La morocha que había estado en sus brazos se acercó con la máquina encendida, y dándosela en la mano, se la ofreció con cuidado, para luego alejarse. Abrió un navegador de Internet, y buscando los colectivos de la ciudad, comenzó a buscar hasta encontrar la línea que unía el trayecto entre la dirección de la casa de Larguetti, con la de Alan.
    - Perfecto -murmuró, dejando la computadora de lado-. Perno, vas a ir a esperar al profesor esta madrugrada, a la parada que te voy a indicar, y tráemelo con el menor ruido posible.

*

    El castaño suspiró cuando tocó el timbre del colectivo, indicándole al chofer que bajaría en la próxima parada. Le gustaba ser docente, era un trabajo noble, pero por sobre todo le gustaba impartir conocimiento. Sin embargo, Alan lograba sacarlo de quicio: no podía conectarse con él, lograr que no fuera más que una hoja que continuamente temblaba.
    El colectivo se detuvo, y bajando con cuidado las escaleras, pisó la vereda justo cuando se acomodaba el saco del traje. Miró hacia atrás, enfocando el edificio que tenía un reloj en la cumbre, y volviéndose hacia el frente, se encaminó a la casa de su alumno. Había hecho media cuadra, cuando dos coches negros aparecieron doblando las esquinas y encerrándolo. La sorpresa inmovilizó su cuerpo sin dejarlo reaccionar, y menos aún cuando colocando una bolsa en su cabeza, le golpearon el estómago, dejándolo inconsciente.
    Se sentía lejano y abstraído, hasta que poco a poco su consciencia comenzó a volver en sí, haciéndolo abrir los ojos. Sin embargo, se encontró a sí mismo sentado, con los tobillos atados a las patas de una silla, y las manos cruzadas en la espalda, también atadas; además, delante de sus ojos había un fuerte reflector, lo que le impedía siquiera intentar abrir los ojos.
    Una puerta emitió un chirrido cuando se abrió, y unos pasos llevaron a un hombre hasta su lado, el cual se mantuvo a distancia.
    - Rodolfo Carlos Larguetti -leyó, con voz monótona-. Nacido en Francia, se mudó a latinoamérica hace tres años para acompañar a su madre. Documento 12.456.951, teléfono 48523169, vive con su esposa Amelia Larguetti, y con su hija de tres años Rosita Larguetti. La escuela de la niña es el “Instituto Materno José de los Andes”, y tiene una profesora rubia de 25 años de edad, y…
    La tensión recorría el cuerpo del captivo, y sintió que iba a explotar cuando vio que comenzaron a soltarle fotos de su familia, de su hija, de su esposa y de sus padre. ¡Incluso su perro había sido fotografiado! ¿Quiénes eran esas personas? Lo único que sabía en ese momento, era que no iba a poder librarse fácilmente de esa situación.
    - ¿Quiénes son ustedes? -preguntó histérico y al borde de los nervios-. ¿Qué quieren de mí?
    - Mejor cállate y escucha al jefe -apuntó una voz a sus espaldas, mientras le presionaba los hombros-. Deja de llorar y escucha, o torturaremos a su familia.
    El hombre intentó calmarse, conteniendo las lágrimas que habían comenzado a correr de sus ojos, sin saber qué poder hacer. Otra persona entró en la habitación, y por lo que alcanzaba a ver con el reflector, se trataba de alguien no demasiado viejo, de cabellos negros y largos.
    - Mi nombre es Ángelo -se presentó-. No debes tener miedo, mientras me seas fiel, estarás seguro y en buenas manos. Pero si me fallas o intentas traicionarme… -hizo una pausa para elevar la tensión, sonriendo macabramente-, toda tu familia sufrirá las consecuencias.
    Larguetti se mordió el labio. No tenía escapatoria.
    - ¿Qué necesitas? -preguntó, con la voz en un murmullo y conteniendo la rabia.
    Ángelo sonrió: había sido más fácil de lo que esperaba.
    - Háblame de Alan Bennington -fue la simple orden.
    El profesor asintió, cerrando los ojos e intentando recordar todo lo que podía sobre su alumno.
    - Tiene un principio de autismo, y algo de agorafobia… al menos eso me indicaron sus tutores cuando me contrataron -su voz temblaba y por momentos hablaba demasiado rápido, y luego pausaba intentando serenarse-. Parece que sufrió un shock emocional en la escuela, así que decidieron darle clases particulares para evitar problemas para el padre, que es político.
    - Continúa…
    - Me contrataron porque parece que su agorafobia se incrementó por la presión de unos compañeros abusivos en la escuela… pero eso es todo lo que sé, de su enfermedad no me han dicho nada más -afirmó, más nervioso que antes-. Sé que es fanático de un juego llamado Asgorth, y que en los últimos días ha estado mirando especiales del Discovery Channel sobre asesinatos y crimen organizado.
    Un silencio absorbió la habitación.
    - ¿Alan sale de la casa alguna vez? -preguntó Ángelo.
    - No, no… Él nunca sale, y apenas se mueve dentro de su propia casa -corroboró, negando con la cabeza-. Una vez quise llevarlo a un museo, pero los padres se negaron y me amenazaron con el despido.
    Ángelo hizo un gesto con la cabeza, ordenando que desataran al profesor, y mientras dos de sus matones se encargaban de eso, él colocó un teléfono sobre la mano de Larguetti, para después hablarle al oído, con una voz perfectamente estudiada para hacerlo rendirse.
    - Si pierdes o apagas este teléfono, estás muerto tú y tu familia -amenazó-. Me reportarás cada acción de Alan, y si éste sale, me informarás inmediatamente. Asegúrate de que nadie te oiga.
    Antes de que Larguetti pudiera hacer o decir algo, volvieron a golpear su estómago, y quedó inconsciente. Se despertó en una plaza, sin saber cuánto tiempo había pasado, pero con el teléfono que Ángelo le había dado, en el bolsillo.

 

En fin, esto es todo por hoy. Muchísimas gracias por leerme. ¿Me dejan comentarios? Nos estaremos encontrando en el próximo artículo. ¡Éxitos!


Tags: literatura, novela, drama, misterio, asesinatos

<@ArticuloNumComentarios@> Comentarios:

Autor: BlueBrain
sábado, 20 de noviembre de 2010 | 4:26
Pobre profesor, está en un aprieto, Ángelo está decidido a acabar con todo, para terminar con Alan. Este capítulo estuvo de 10. Te felicito por lo bien que llevas la trama, que se hace cada vez más atrapante.
sábado, 20 de noviembre de 2010 | 18:11
Que buen capítulo, me imagino que el profesor va a ser la mejor coneión para atrapar a Alan, ya me estoy comiendo las uñas.
viernes, 26 de noviembre de 2010 | 21:50

me gusta mucho como describis a angelo realmente logras q uno llegue a odiarlo, excelente capitulo.

lunes, 29 de noviembre de 2010 | 12:24
Angelo lo odio!!! Creo que por eso me sale tan bien su papel de odioso. Me gusta cuando los personajes cobran vida. ¡Gracias por leerme!

 

HTML permitido: <strong>, <s>, <em>, <u>, <a>, <img>
Nombre:





 

   

 

design & stories copyright by truenoazul_vw
+2011+