La Línea Del Horizonte (II): La Rebelión De Asgorth
¡Buenas a todos! ¿Cómo andan? Les cuento que me ha encantado escribir este capítulo, y me gusta volver a un thriller... hacía mucho que no escribía uno. Les comento que puse una votación, espero que me dejen su opinión, y si quieren un comentario. ¿Ustedes como andan? ¿Todo bien? En fin, les agradezco muchísimo la paciencia para leerme, y ahora sí, los dejo con la historia.
"Es de importancia para quien desee alcanzar una certeza en su investigación, el saber dudar a tiempo".
Aristóteles.
Sus dedos repicaban constantemente en la mesa, mientras que su zurda estaba acodada en la misma tabla, sosteniendo su mentón, para que sus ojos observaran con fijeza a la mujerzuela frente él. Vestida con botas altas hasta el muslo, un pantalón corto con la bragueta abierta que mostraba unos mínimos interiores, una pequeña blusa atada bajo el busto, y un sostén negro que apretaba su busto, intentando que los hombres bajaran su mirada.
Pero eso no funcionaba con Marcos.
La mujer frente a él continuaba mascando un chicle con desdén, hasta que finalmente hizo un globo frente a su boca, que terminó explotando cuando Marcos golpeó la mesa con su puño.
- No vas a irte hasta que no me digas la verdad -le anunció el detective-. Lo sabes.
- Pues págame por todo el tiempo que me has tenido aquí .respondió ella, armado otro globo y generando en Marcos un incomparable deseo de abofetearla.
- No te voy a pagar por una obligación para con tu país -respondió Marcos, volviéndose a sentar-. Ahora dime si viste a alguien.
- Antes de escuchar los tiros, vi a un joven con uniforme escolar y me pareció raro ¿viste? -Marcos le hizo una seña para que continuara, y ella revoleó los ojos, para después seguir-. Era alto y flaco, porque pensé que era un ricachón buscando diversión, pero cuando crucé la mirada con él, se asustó.
- ¿Se asustó? -inquirió el detective.
- Ajá -ella armó otro globo y lo explotó directamente frente a Marcos, quien no pestañeó-. Me había parecido asustado, como… perdido -completó la mujerzuela-. Y después de eso llegaron los disparos, y la policía… y tú que me sacaste de mi trabajo.
Marcos ya no escuchó las últimas palabras, puesto que se había quedado pendiente de la última frase. El había visto a un chico de uniforme, que fue el que se golpeó contra la puerta del coche, y que él dejó ir. El uniforme en cuestión tenía un saco sastre gris, pero no lo reconocía.
- Dijiste el que joven tenía un uniforme escolar -comenzó Herrman, para después continuar-. Decime cómo era. ¿Lo reconociste?
Ella miró el reloj y alzando la diestra le hizo señas de que debía pagarle, pero Marcos la ignoró. Dándose por vencida, la mujer suspiró, y continuó con las respuestas.
- Tenía un escudo dividido en cuatro, con dos alas blancas envolviéndolo, y una corona que…
Antes de que ella pudiera terminar de hablar, Marcos le tendió un papel y una lapicera, haciéndole señas de que lo dibujara. De mal humor, la mujer hizo otro globo de goma de mascar, para después arrebatarle la lapicera, y garabatear en la hoja hasta que el dibujo estuvo completo. Marcos lo miró, y agradeciéndole, se fue de la habitación, dejando que ella le reclamara el dinero.
Les dijo a los guardias que tenían que hacerle firmar la estadía en la estación, y que la escoltaran de vuelta, y sin más se encaminó hacia su oficina, llevando el papel enrollado en la mano, para que no se viera el contenido del mismo. Al llegar, abrió rápidamente un buscador y listando todos los institutos de la ciudad, comenzó a buscar uno por uno, hasta que finalmente lo encontró: un escudo dividió en cuatro partes, envuelto con dos alas blancas, y con una corona arriba: el Instituto Manfrey-Shepard.
Se echó hacia atrás en su silla, pero tras pensar un poco, dobló el papel en cuatro, apagó la computadora, y saliendo de la estación, se subió en su coche. El camino era largo, lo sabía. Ese Instituto era para familias de dinero con unas cuotas mensuales privativas, por lo que se encontraba alejado de la ciudad, en un gran campus rodeado de parques. Al cabo de media hora llegó finalmente a una reja, donde había dos guardias de seguridad privada; bajando la ventanilla mostró su identificación policial, y luego de eso, pudo entrar.
El tamaño del parque frontal le pareció inaudito para una escuela. Era sumamente amplio, con árboles, plazoletas y un camino perfectamente marcado para los autos que ingresaban y salían del Instituto. Al cabo de unos minutos llegó a la puerta central, donde dejó el auto sin descaro. Al bajarse, vio que una mujer de traje se acercaba hacia él, para después tenderle la mano y saludarlo.
- Se me informó que usted vino a la institución, y decidí esperarlo -comentó ella-, soy la Licenciada D’angelo, secretaria del director.
- Detective Marcos Herrman -respondió él, para después comenzar a seguirla.
Una vez dentro de la institución, siguió a la secretaria hasta llegar a una gran oficina, donde un hombre mayor lo esperaba. El hombre se puso de pie al verlo, indicándole un asiento, para después volver a sentarse, indicándole al detective que comenzara a hablar.
- Necesito buscar sus archivos en busca de un alumno, del cual tengo una breve descripción, porque es probable que sea testigo de un asesinato -dijo Marcos, de una forma que alarmó al director.
El hombre, sin dudar ni un segundo, llamó a su secretaria mediante el intercomunicador, para luego pedirle que llevara al detective hasta el archivo. La mujer volvió a indicarle un camino una vez más, y cuando finalmente llegó, se encontró ante cientos de estanterías, de las cuales no sabía cómo empezar a buscar.
- ¿Tiene alguna pista de a quién busca? -preguntó ella, encendiendo todas las luces de la interminable habitación.
- Es varón, cursa actualmente en esta institución, y debe ser de los dos últimos años.
La mujer asintió.
- Eso acorta bastante la búsqueda… -dijo ella, señalando dos cajones de un armario-. Estos son los estudiantes varones de los últimos dos años, que están cursando actualmente. Cuando lo encuentre, aquí tiene una fotocopiadora -completó, señalando el aparato-, y le voy a pedir que por favor nos indique el nombre del alumno, si lo encuentra.
- De acuerdo, muchas gracias.
Marcos suspiró, y abriendo el cajón, comenzó a mirar archivo tras archivo. Por las descripciones de peso y altura, fue deduciendo cuáles podían ser flacos, y recordando que tenía cabello medianamente claro, buscó más fotos de chicos castaños y rubios, que morochos. Había pasado una hora que había estado hurgando en los archivos, cuando la secretaria fue a verlo, preguntándole si había encontrado algo. Marcos sólo se limitó a pedirle copias de los archivos de los diez jóvenes que seleccionó.
En el camino de vuelta, Marcos no paraba de pensar en cómo iría a encontrar de nuevo a la mujerzuela que había tenido de testigo. Si ella podía identificar al joven, seguramente lograrían tener una buena descripción del asesino, para poder así encontrarlo y arrestarlo.
Estacionó el auto, y ni bien se bajó, escuchó los gritos de una mujer, cuya voz le parecía familiar. Al entrar nuevamente a la estación, vio a la prostituta aún retenida, mientras ella insultaba diciendo que tendrían que pagarle todas esas horas. Al verla, ella comenzó a gritarle, pero sin decir nada, la tomó por el brazo, y la llevó por la fuerza a la sala de interrogación. Sentándola en la silla, le mostró todas las fotos la mujer, quien las miró con sorpresa.
- Dime si alguno de ellos es el joven que viste hoy -ordenó Herrman.
- La mujer miro cada una de las fotos, y luego con desdén agarró una y se la tendió al policía. Marcos la miró. Era la foto de Alan Bennington, un joven de último año. Agradeciéndole a la mujer, salió de la sala de interrogaciones, directo para buscar los archivos que había fotocopiado. En efecto, se trataba del joven que él había pensado.
Contento por el descubrimiento, se abalanzó a la oficina del jefe, moviendo el archivo en sus manos, y con una sonrisa en el rostro.
- ¡Jefe! La prostituta dijo que vio a un joven escolar, y me dibujó el escudo del uniforme escolar -dijo, mostrándole el boceto-. Fui al instituto, busqué en los archivos, y traje algunas fotos. Ella lo reconoció dijo que es Alan Bennington.
Y respondiendo a su jefe, le dio el archivo en la mano cuando el hombre se lo pidió. Albert Wagner era jefe de la comisaría desde hacía años, y sabía muy bien que este caso de asesinato sería complicado. Analizando el archivo con toda su paciencia, lo cerró, y lo echó sobre la mesa.
- Ese chico es intocable -respondió, cansino.
Bueno, esto es todo por hoy. ¿Les va gustando? A mi me encanta pero bueno, quisiera saber sus opiniones. Ahora sí, sin más, nos despedimos. Hasta el próximo artículo, y nos estaremos leyendo. ¡Se cuidan!