La Línea Del Horizonte (II): La Rebelión De Asgorth
¡Buenas chicos! ¿Cómo andan? Les cuento que estuve rindiendo en la facultad y con algunos exámenes, lo que me ha llevado bastante tiempo. Gracias a todos por la paciencia. Les cuento que me divertí muchísimo escribiendo esta historia, el capítulo de hoy me despertó una emoción que no sentí desde que escribía algo malévolo. Gracias a todos por leerme, y espero poder empezar a publicar los viernes de noche, nuevamente.
"Se dice que existen tres clases de testigos: Los que han visto bien, pero dudan de lo que han visto. Los que han visto mal, pero creen haber visto bien. Y los que no han visto nada y aseguran haber visto todo".
Blanco Aurelio Almazán
En ese momento, su cuerpo se congeló. No tenía sangre, no podía pensar, no existía… se sentía como un pequeño gusano sumergido en un mundo que desconocía. Quería cerrar los ojos, y no podía. Quería dejar de respirar, pero una innata necesidad lo empujaba a hacerlo de una forma cada vez más notoria. Quería correr, pero sus piernas estaban inmovilizadas. En el callejón, un hombre de vientre prominente, cabello canoso y despeinado, rostro asustado, y vestido de traje, gesticulaba asustado mientras caminaba hacia atrás, hasta chocarse contra la pared.
Frente a él, había un joven de cabellos negros y largos, perfectamente cepillados, había un joven de no más de treinta años, que lo miraba intensamente. En su mano derecha, tenía una pistola, la cual apuntaba sin descaro hacia el hombre mayor, mientras sonreía con desdén. Sus ojos verdes resaltaban en la oscuridad, casi burlonamente, ante el hombre que temblaba. Iba vestido de negro, con una camisa con el cuello desprendido, que dejaba ver un collar de oro que relucía en la oscuridad.
El hombre de negro bajó la pistola, acercándose unos pasos, para luego alzarla sobre la cabeza del viejo, y tomándolo con la zurda por el hombro, comenzó a pegarle con el mango del arma en el cuello y en la espalda, mientras lo obligaba a irse agachando cada vez más, hasta quedar de rodillas en el suelo.
- ¡Lo voy a pagar! -gimió el viejo, mientras tosía sangre-. ¡Necesito más tiempo!
El morocho pateó al hombre en su estómago, para después tomarlo del cuello y levantarlo hasta que quedó a su altura. Esbozó una sonrisa irónica, se relamió, y luego alzando la pistola se la metió en la boca al hombre, el cual temblaba y sangraba.
- Lo siento, pero el tiempo ya se te acabó.
Tras decir eso, apretó el gatillo de la pistola, disparando una bala que se incrustó en la pared atrás del hombre, destrozando su cráneo y marcando una silueta de sangre en los ladrillos amohosados que fueron testigos de su muerte.
El morocho soltó el cuerpo, observando la cabeza destrozada y la mandíbula abierta y desencajada, para luego echar la cabeza hacia atrás, moviendo el cabello para relajarse. Abrió su saco para guardar la pistola e irse del lugar, pero al girar la vista hacia la calle, se percató de una presencia indeseable que había sido testigo de todo cuanto había acontecido: Alan.
Todo el cuerpo de Alan tembló horriblemente al sentir esa mirada esmeralda sobre él, y su mente comenzó a torturarlo, pidiéndole a gritos que se fuera de ahí inmediatamente. El morocho comenzó a sacar la pistola nuevamente, esta vez con el rostro enjuto y mostrando un gesto de desagrado, mientras la sangre del muerto se iba expandiendo a sus espaldas, dándole un aura tenebrosa que Alan no pudo soportar.
Abrió su boca asustado, intentando gritar, pero ningún sonido salió de su boca. Sus manos sudorosas se resbalaron sobre el metal del auto en el que estaba apoyado, obligándolo a moverse. Giró su torso hacia la calle, para después patinar con sus pies sobre el asfalto, hasta que finalmente tuvo el impulso suficiente como para salir corriendo, rodeando el coche.
El morocho vio que su presa se iba a escapar, y lanzándose a la carrera hacia sus espaldas, casi logró alcanzarlo cuando Alan tropezó con sus propias piernas, cayéndose al suelo. La desesperación de ese momento, fue terrible. ¿Sería el realmente una presa? ¿Ese iba a ser el fin de su vida?
Unas sirenas comenzaron a sonar a lo lejos en el horizonte, y el morocho volteó para ver de dónde venían. Aprovechando esa distracción, Alan comenzó a arrastrarse por el suelo, sintiendo su mejilla ardida por el golpe contra el asfalto, hasta que pudo ponerse de pie, para comenzar a correr todo lo que podía. Su bolso se sacudía azotándose contra su espalda, haciendo su paso más errático aún.
El asesino a sus espaldas vio que el joven se estaba escapando, pero escuchando que la policía estaba cada vez más cerca de él, volvió corriendo decididamente sobre sus pasos, hasta llegar a una escalera de servicio, echa de metal ya herrumbrado y en mal estado, la cual comenzó a subir sin dudar, esperando escaparse.
Por su lado, Alan continuaba su desesperada carrera, en una callejuela que parecía alargarse cada vez que el daba un paso, hasta que unos coches cerraron su camino. Las luces tintineantes que brillaban azules y rojas lo cegaron, y no se dio cuenta de los policías que abrían las puertas para bajarse apurados. Chocó contra una de las puertas, lastimándose el pecho, para después empujarla sin percatarse de que un policía estaba atrás. Desoyendo los gritos, continuó corriendo aún a sabiendas de que nuevamente lo perseguían.
- ¡No lo sigan! -gritó un hombre, que acababa de bajarse del último coche.
- ¡Pero Detective! -se quejó un hombre mayor-. ¡Debe ser un testigo!
El detective negó con los ojos, y comenzó a caminar hacia el callejón donde estaba el cadáver. Al llegar, traspasó la marca que habían marcado con las cintas amarillas, pero igualmente sintió la asquerosa necesidad de cubrirse la boca al ver el cadáver.
El cuerpo yacía tirado casi sentado contra la pared, con el cráneo completamente destruido, y la mandíbula desencajada de forma que parecía reírse macabramente de su propia muerte. El detective caminó alrededor de la escena, percatándose de la bala incrustada en la pared, y de la cercanía con la que parecía haber sido asesinado.
- Le deben haber metido la pistola en la boca… -murmuró, para después ordenar-. Llamen a un equipo forense, y preparen un técnico de balística.
Sin más, comenzó a caminar de nuevo hacia atrás, mientras intentaba abrir su saco para buscar un cigarrillo. De pronto, un ruido metálico resonó en el lugar, y el detective alzó los ojos. Un hombre vestido de negro, de cabellos largos y ojos verdes estaba parado en la escalera de servicios de un edificio, con el rostro asustado por la escena llena de policías.
Rápidamente, el morocho volteó hacia las escaleras, para volver a subirlas con más velocidad que antes, mientras el detective se lanzaba a la carrera. Logró trepar el primer escalón con suma agilidad, pero a pesar de que subía de a dos los siguientes, la escalera se bamboleaba tanto que disminuía la velocidad por el miedo innato a caerse sobre los desperdicios. Un paso doble, luego un saltó, se apretó contra la pared, y terminó llegando a la azotea justo cuando la escalera parecía desatornillarse del muro.
Sacó su pistola tomándola con ambas manos, estirando los brazos hacia abajo y agudizando los sentidos. La azotea parecía resquebrajada por el intenso sol, pero tan vacía como un desierto. Llegó hasta una puerta que llevaba al interior, pero parecía sellada. Caminando atento y cercano a las paredes, revisó todo el lugar, hasta que se percató de que había perdido al sospechoso.
Volviendo hacia la escalera de servicio, guardó el arma mientras se preguntaba cómo lograría bajar. Además, iba a tener que encontrar al chico que vio correr, pero nadie lograría tener una buena descripción de él.
Suspiró. Ese sería un caso difícil.
La puerta de la casa de Alan se abrió con un azote, y éste la cruzó corriendo sin preocuparse por cerrarla. Cruzó el hall de entrada corriendo, volviéndose a patinar justo en la base de la escalera, partiéndose el labio inferior. Sin preocuparse, se puso de pie y comenzó a subir corriendo, empujando al chofer que iba bajando las escaleras.
Llegó a su pieza, azotando nuevamente la puerta, para luego cerrarla con llave y evitar que la mucama que había intentado seguirlo, pudiera entrar. Empujó la silla de la computadora, y mientras la prendía, unas palabras circulaban su mente: él lo conocía, lo había visto.
Abrió la página de la Interpol en internet, y buscando la lista de los mafiosos más buscados del mundo, ahí lo vio: los mismos ojos verdes y el cabello renegrido. Su nombre era el antagónico perfecto para los más de cien crímenes que había cometido, y los asesinatos que había causado.
- Me va a matar -susurró.
Bueno, esto ha sido todo por hoy. ¿Qué les ha parecido? Muchísimas gracias por pasarse, y me va a encantar poder leer un comentario de ustedes. Gracias, y nos estaremos leyendo en el próximo artículo. ¡Éxitos!