La Línea Del Horizonte (II): La Rebelión De Asgorth
¡Buenas! Esta historia sigue la tónica que inicié con "La Línea Del Horizonte" a mediados del año pasado. Esta vez, es una historia similar, pero no idéntica. Hay un juego de por medio, una investigación y un protagonista, pero esta vez quería reflejar la corrupción, la ansiedad y los traumas de un protagonista agorafóbico. No se qué tanto vaya a lograrlo, pero le agradezco a Principe_Leo el ayudarme a armar la trama. Ahora sí, con la lectura:
"Todos vivimos bajo el mismo cielo, pero ninguno tiene el mismo horizonte".
Konrad Adenauer
Le gustaba. Aunque su cuerpo era el de un demonio, lo amaba. Su cuerpo era tosco y grande, y su altura predominaba sobre todos… excepto sobre uno. Sus brazos eran fuertes, su pecho musculado, sus piernas como dos columnas, y su aullido como el de un león.
Sí, ese era él: León.
En ese mundo, él era el líder. En ese mundo, era alguien fuerte, confiable, seguro e imponente. En ese mundo, era respetado.
Su diestra fue rápida como la zarpa de un felino, atrapando por el cuello a su enemigo, para después alzarlo por encima de su propia cabeza. El extraño ser se retorcía golpeándole los brazos, pero León resistía, hasta que sin darse cuenta, una daga lo había atravesado. El odio recorrió su cuerpo malherido, obligándolo a arrojar a su víctima al suelo, para luego pisarle el cuello con un pie, para después patearlo hasta que su cuerpo se convirtió en nada más que un cadáver.
Intentó ponerse de pie, pero la sangre fluía a borbotones de su cuerpo, y ya casi no resistía. Cayó de rodillas en el suelo, sosteniéndose el cuerpo con la diestra, y apoyado con la zurda en el piso.
- ¡Marcia! ¡Marcia! -gritaba desesperado.
El sonido de unas pisadas se hacía más fuerte a cada momento, aumentando con el desorbitado pulsar de su corazón. Un grito de guerra resonó en la ciudad en llamas a su espalda, y el cabalgar de un caballo cada vez sonaba más atronador. León alzó los ojos y vio su ciudad, Ameria, en llamas; ese día les estaba costando defenderla y sabía que si sus amigos no se apuraban, la perderían. El amaba esas casas medievales, los muros de ladrillos y maderas, la nieve sobre los tejados, las flores sobre los tejados, el río rodeando las murallas, el castillo fortificado… y todo lo que representaba Ameria como sus propios logros. Desde que había llegado a Asgorth, esa ciudad había sido suya.
No iba a perderla ahora.
La silueta de un caballo se avistó entre el humo y las llamas, seguida de una lanza que cortó esa vil cortina, dejándole paso al ejército que él estaba esperando. El centauro estaba ahí, habían llegado. Ese joven de ahí, era el único más alto que él, y su mano derecha también: la mitológica criatura de cuerpo de hombre y piernas de caballo, investido con su armadura, lanza en mano, y llevando a una delicada mujer que cabalgara en sus espaldas.
- ¡Marcia! -gritó León.
La elfa saltó de su lugar, para arrodillarse rápidamente al lado de León. Su piel era blanca y pálida como la nieve que él tanto amaba, y sus cabellos rubios brillaban como el mismo sol; Marcia siempre vestía de blanco, y esta vez no era la excepción. La toga era en extremo delicada, de tela pura e incorrupta, y caía con delicadeza sobre su pequeño pero atractivo busto, ajustándose en el torso con varios cintos de trenzas de oro, para luego abrirse en gajos en las piernas, dejándolas a la vista de sus ojos.
- ¡Te dije que no te fueras solo! -se quejó con su voz infantil, mientras ponía sus manos en la herida de León.
Cerró sus ojos levemente mientras el centauro continuaba corriendo alrededor de ellos, y poco a poco León volvió a sentir calma. Se puso de pie, fuerte y poderoso, para luego tenderle la mano y ayudarla a ponerse de pie. Un viento corto pero certero acarició al rostro de León, y cuando éste volteó hacia sus espaldas, otra bestia había caído al ser atrapada por una mortal flecha. León miró devuelta al frente, sólo para ver a un elfo de piel oscura, cabellos renegridos y ojos de plata, que se acercaba con un arco en la mano.
- Hoy estás demasiado distraído -se quejó el recién llegado.
- Ahora ya no importa -comentó León, empujando a Marcia hacia el centro de los tres reunidos, para protegerla-. ¿Y el clan?
- Recorriendo la ciudad con Muerte.
León sonrió. Todo estaba saliendo perfecto.
Un grito resonó en toda Ameria, cortando su pequeña victoria, y un grupo de soldados humanos se acercó hasta rodearlos. León terminó de empujar a Marcia hasta que ella quedó a sus espaldas, y los tres la rodearon. Los humanos frente a ellos estaban dispuestos a atacarlos, pero nadie se iba a rendir. León se agachó y tomó el mazo que había dejado en el piso entre sus manos, dispuesto a atacar. Dijo algo, pero no estuvo seguro de que lo hubieran oído, hasta que vio que los cuatro corrían juntos, directo a ese grupo de soldados.
El lugar se llenó de golpes metálicos, chispas, y el mismo ardor de las llamas que aún continuaban abrazando a Ameria. Aún desde donde estaba, él podía ver cada movimiento, cada reflejo, y cada acierto de sus pensamientos transformados en acción. El rechinar de un cuerno cortó todo sonido de la batalla, pero él sonrió. Alzó la vista y vio a su propio clan corriendo en picada hacia donde estaban ellos, armados y dispuestos, atacando a todo el grupo que los asediaba.
Llamó a Marcia y emprendió una carrera atroz, hasta ver a quien él estaba deseando: Sieghardt, el líder de ese clan de humanos, cabalgaba hacia la retaguardia. León no necesitaba una montura. Llegó hasta el caballo de su enemigo, asestándole un golpe justo en las patas, de forma que Sieghardt cayó al piso. Antes de que éste pudiera pensar, León lo atacó, dejándolo sólo cuando ya no pudo moverse.
Esta vez, los humanos hicieron resonar un grito de batalla, y poco a poco se fueron escapando, dejándolos solos en la gran ciudad.
- ¡Muerte…!
Sus palabras fueron cortadas por ese extraño ruido que siempre odiaba: su celular.
Alan miró el aparato, vibrando al lado del teclado, y alumbrado toda la oscuridad con un tono azul que él tanto detestaba. Toda la ilusión se había desmoronado tan rápido como le resultaba ejecutar el Asgorth y entrar en ese mundo de fantasía. Suspiró, al tiempo que presionaba una tecla del teclado, para abrir el micrófono y poder hablar.
- Tengo que irme -dijo, desanimado-. Muy buen trabajo…
- ¡Ánimos, man! -se escucharon varias voces del otro lado diciendo lo mismo, y él sonrió. Al menos, en ese lugar era apreciado.
Movió el mouse hasta cerrar el juego que lo entretenía, y miró el teléfono que había vuelto a sonar. La sola idea de tener que ir a clases lo espantaba. Odiaba salir de su habitación, y mucho más de la casa. En la escuela no importaba quién era él, sólo bastaba con que sus compañeros se burlaban de su forma de ser, y explotaban burdamente su agorafobia.
Apagó la computadora de mal humor, mientras buscaba su mochila. Se acercó hacia la puerta, pero al salir al pasillo, su escuálida silueta se vio reflejada en el espejo en que su madre lo forzaba a verse. Era flaco, desgarbado, un tanto encorvado y con la piel transparente y pálida de nunca tomar sol; su cabello era corto y rebelde, y la barba incipiente lo hacía aún más delgado. Se odiaba.
De mala gana y arrastrando los pies, cruzó el enorme caserón en que vivía, hasta llegar a la puerta del frente. Una mucama lo esperaba con su campera en las manos, y él a duras penas pudo reunir el coraje suficiente como para agarrarla en las manos. Ella abrió la puerta, y todo empezó.
El sol quemaba su piel, hacía arder sus ojos, y su cuerpo temblaba lentamente. Ella le abrió la puerta trasera de la limusina que lo esperaba, y ni aún oculto bajo esos vidrios polarizados, pudo estar tranquilo. El chofer condujo hacia la salida, y una vez que cruzaron el portón de entrada, el terror aumentó. Había árboles, perros, personas caminando y gente viviendo su vida en ese infeccioso mundo. Bajó su mirada hasta las manos, intentando controlarse, pero supo que estaban próximos a su destino.
La limusina se detuvo en la puerta de entrada del Instituto donde iba, y miró a través de la puerta. El chofer descendió del coche, lo rodeó por completo, y abrió la puerta al lado de Alan. No quería bajarse. Una insistencia del chofer hizo que pusiera los pies en la vereda, para luego bajarse, y agachar el rostro, mientras comenzaba a jugar cada vez más con sus manos.
El golpe de la puerta a sus espaldas, seguido por el auto alejándose, fue el detonante. Se dirigió hacia las escalinatas caminando lo más rápido que podía, pero aún así, los insultos llegaban a sus oídos. “El Pocas Luces”, era el más común de todos. Caminaba cerca de las paredes, evitando a las personas, pero éstos aún así lo empujaban, y parecían hacerlo a propósito.
El trayecto hasta el aula le pareció eterno, pero cuando finalmente llegó, tenía la camisa afuera del pantalón, el saco torcido y la corbata floja. Intentó acomodarse la ropa pero nuevamente comenzaron a insultarlo, y decidió evitarlo. Se sentó en su banco mirando sus manos y meciéndose lentamente, pero aún así el tiempo no pasaba. Una tiza golpeó su cabeza, luego un bollito de papel, luego una goma de borrar, y sacando una hoja, empezó a hacer puntos en el papel hasta que llegó el profesor, para después copiar textualmente cada una de sus palabras, mientras las tizas seguían golpeándolo. Incluso el profesor lo odiaba, y siempre le hacía recitar libros en clases, pensando que de esa forma tan brutal, el “se curaría”.
Sí, para todos, él estaba enfermo.
La deseada campana sonó justo cuando él había contabilizado, y guardando sus pertenencias en su bolso, se puso de pie saliendo de la sala. Sin embargo, al salir, tres estudiantes se abalanzaron sobre él, abrazándolo, despeinándolo y tironeándole de la ropa.
- ¡Oh, pero si se trata de nuestro amigo Alan! -dijo uno.
- Cierto, Alan, tú eres nuestro mejor amigo -comentó el otro, y los tres estallaron en risas.
Alan intentaba zafarse, acomodarse la ropa y cabello, pero le fue imposible. Las tres bestias comenzaron a caminar, arrastrándolo por todo el campus, y alejándolo de la escuela antes de que la limusina negra llegara en su rescate. Sin que él pudiera pensar, lo llevaron a una casa repleta de luces y máquinas que hacían ruido, y lo subieron a una plataforma.
- ¡Baila! -grito uno-. ¡Haz lo que te indica el juego, idiota!
Alan miró sus pies viendo la plataforma dividida en nuevo, con luces que se prendían rítmicamente, según lo indicaba la pantalla frente a él. El joven en la plataforma a su lado bailaba sin problemas, pero él sólo pudo atinar a apretar su bolso más fuertemente contra sí, e intentar bajarse.
Las bestias le golpearon la cabeza mientras volvían a insultarlo, para después llevárselo a rastras del lugar. Una mujer pasó a su lado, y los tres se entretuvieron en observarla y gritarle cosas peores de las que le decían a él. Alan sintió que dejaban de apretarlo y, aprovechando la oportunidad, comenzó a correr. Fue demasiado tarde cuando sus compañeros se dieron cuenta, y él ya estaba a más de una cuadra de distancia.
No supo cuanto corrió, sólo hizo lo que sus piernas decían. Cuando estuvo cansado y abrió los ojos, vio que estaba en una callejuela estrecha, de edificios altos y arruinados, poblado por mujeres de poca ropa, y borrachos tirados entre la basura.
A lo lejos, vio un coche negro y largo, tal cual como su limusina. Pensando que era ésta, corrió desesperadamente hasta donde estaba el auto, pero aminoró la marcha al notar que no era exactamente su coche. Suspiró cansado, arrimándose hasta un lateral, para sentarse sobre la chapa.
Sus pensamientos lo absorbían, no sabía dónde estaba ni como volver. ¿Estarían preocupados por él? Los gritos de un hombre lo sacaron de sí mismo, y volteando hacia sus espaldas, fue testigo de algo que cambiaría completamente el curso de su vida.
Bueno, esto es todo. Si no comprendieron bien, León es el alter de Alan dentro de Asgorth. Espero que les haya gustado, y lo mejor viene muy, muy pronto. Gracias por seguirme, perdón la demora, y nos estaremos leyendo en el próximo artículo.