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Viernes, 19 de febrero de 2010

 ~Muerte~

¡Saludos a todos! El día de hoy les traigo el penúltimo capítulo de la historia, que en realidad es el final cronológico. La verdad, para serles sincera, este capítulo me hizo sentir mal mientras lo escribía, por las cosas que suceden. Prepárense para un capítulo cruel, quizás el más cruel que haya escrito hasta ahora. Espero que me perdonen por la negrura de esta historia, y ahora sí, los dejo con la lectura del día de hoy:


“[…] no podía imaginarse la sensación de abandono que él pudo sentir en ese momento […]”

    
    No podía negarlo: se sentía incómodo. Por donde anduviera en la prisión, sabía que no era bienvenido; él no pertenecía ni a los delincuentes ni a los policías. Los primeros lo golpeaban, lo odiaban y le escupían el plato con comida, puesto que él había sido quien los llevó a la prisión, encarcelándolos por sus crímenes; por otro lado, los oficiales lo despreciaban por tratarse de aquel que escaló rápidamente posiciones al ganarse la confianza de todos, para luego tratar con la droga y venderse a sí mismo.
    Aunque Lars bien sabía que él no lo había hecho. Él no era el culpable… tal como Lancer.
    Tomó el plato con su comida, alejándose del mostrador donde servían, mientras tomaba un tenedor para revolver de mala gana las lentejas diarias. Sus pasos eran lentos debido a los grilletes que tenía entre sus tobillos, que le impedían dar pasos lo suficientemente largos como para correr. Vio las mesas y supo que tendría que ir a otro lado a comer, puesto que de lo contrario volverían a escupir su almuerzo, a golpearlo, o arrojarle un guiso en el rostro.
    Caminando hasta el fondo de la gran sala, encontró una mesa vacía, sucia e inclinada, y debió sentarse en esa, dispuesto a comer tranquilo. En cierta forma lamentaba haber perdido sus restaurantes de lujo, su ropa de marca, la mullida cama en su casa, y el cuerpo de su amante; pero aún así, no lamentaba haber perdido a Leda, puesto que era ella quien lo había traicionado. Terminó sus lentejes un tanto disgustado, con la mirada perdida en el ventanal enrejado, para luego volver hacia el mostrador, para devolver su plato vacío.
    Esa tarde les había dando permiso para salir al patio, y aprovechando la oportunidad para respirar algo de aire fresco, decidió acudir también. El lugar era un gran campo amurallado, donde había hombres jugando al básquet y fútbol en varios sectores; también había mesas, sillas, equipo para hacer ejercicios, y guardias patrullando la cárcel con sus rifles cargados, y los bastones en sus cinturas.
    Suspiró una vez más, sin saber qué hacer, para luego alzar la mirada hacia el cielo; sin embargo, sus ojos no esperaban encontrarse con lo que vio en el camino. Ahí estaba, el maldito, sentado tranquilamente en un largo banco, con los codos apoyados en sus rodillas, las manos juntas sosteniendo un libro, los ojos marrones fijos en las letras, y el cabello castaño aún en perfecto estado, volando al viento. Era Lancer, tal cual como él lo había visto por última vez en el juzgado, desesperado cuando era alejado de Leda. ¿Qué diría al verlo ahí? Seguro que se reiría por su deplorable fin. ¿Acaso Lancer habría planeado todo el engaño desde las sombras de la cárcel? No, imposible.
    Inconscientemente Lars dejó que sus pies lo llevaran hasta donde estaba su antiguo amigo de la infancia, parándose delante de él, para observarlo fijamente. Por su parte, Lancer se encontraba abstraído en su lectura, cuando una sombra lo cubrió de lleno; alzando su mirada, Lancer detuvo sus ojos en el joven que tenía delante de sí, sin poder evitar que sus párpados se abrieran en sorpresa, y sus labios se despegaran lentamente, para hacer la pregunta que tanto tiempo había deseado hacerle. Sin embargo, conteniéndose, volvió su gesto a la normalidad, y bajando la mirada, comenzó a leer de nuevo.
    Lars vio con desprecio el gesto de sorpresa y las palabras contenidas en la boca de Lancer, pero al ver que volvía a su inactividad anterior, hizo que sus nervios explotaran. Sin poderse contener, apretó sus puños fuertemente, para después alzarlos lentamente, y descargar un fuerte golpe la mejilla de su antiguo amigo, haciéndolo caer del banco, de espaldas al suelo. El libro voló alejándose de Lancer, mientras el policía se abalanzaba sobre él, tomándolo por el cuello de su ropa con la zurda, para comenzar a golpearlo con la diestra.
    Sin embargo, y para aumentar la molestia de Lars, Lancer permanecía en el suelo, dejándose golpear, y con la sangre saliendo de su boca, sin siquiera molestarse en soltar un gemido de dolor. Y eso, molestaba aún más al policía.
    De pronto, una pesada mano masculina apretó el hombro de Lars, empujándolo hacia atrás mientras lo separaba de Lancer, deteniéndolo luego a unos metros de este. El policía seguía iracundo y enceguecido por la locura, hasta que sus ojos comenzaron a ver el grupo de reclusos que había comenzado a rodearlo: todos y cada uno de ellos habían sido encarcelados por él, y hasta ese momento aguardaron la oportunidad para vengarse de alguna manera. Tragó saliva casi instintivamente, y apretó los puños mientras los veía acercarse cada vez más. Antes de que pudiera reaccionar, alguien lo tiró al suelo de un puñetazo, y seguidamente todos comenzaron a patearlo en su pecho, en las costillas y en las piernas. Lars podía sentir cómo se rompían sus huesos, el intenso dolor que comenzaba a nacer, y la sangre que brotaba de sus lastimaduras.
    Justo cuando pensó que todo estaba perdido, un grupo de guardias se abrió paso entre la multitud, golpeando con las pistolas eléctricas, y esposando a todos los presentes, mientras los golpeaban.  Una unidad médica llegó hasta su lado, colocándole con cuidado un soporte en el cuello, para después voltearlo y subirlo en la camilla, la cual se llevaron a un rápido paso hacia la enfermería de la prisión.
    Lars perdió la noción del tiempo entre tanto dolor, y no supo cuándo se encontró en la sala de la enfermería, con dos médicos limpiándole la sangre del rostro, e intentando ver cuántas quebraduras tenía. Sin embargo, aún con los ojos cerrados, sintió que uno de los doctores se había quedado quieto.
    - Oye, Laurence… -dijo, refiriéndose al otro doctor-. ¿Este no es ese policía, Lars no se cuanto, que estaba vendiendo drogas?
    El otro médico detuvo sus revisaciones, para voltear y observar en detalle el degradado rostro del preso que yacía en la cama.
    - Sí… -respondió con desprecio-. Es ese mismo.
    El primero que había hablado soltó descuidadamente las herramientas de trabajo sobre la mesa auxiliar, mientras comenzaba a sacarse su equipo, alejándose del lugar.
    - Haz lo que quieras -agregó-. A mí no me interesa salvar a un policía que traiciona a su ciudad.
    Y sin decir más nada, se fue de la habitación. Abriendo los ojos, Lars los fijó en los del médico que aún permanecía en el lugar, implorándole mudamente que lo ayudara; sin embargo, vio con detalle cómo se iba alejando, mientras se quitaba los guantes. Haciendo un esfuerzo entre el terrible dolor, alzó la diestra intentando alcanzarlo, sólo para escuchar cómo la puerta se cerraba, dejándolo solo.
    En ese momento, mientras el dolor se hacía tan fuerte que ya no lo sentía, mientras la sangre se iba de su cuerpo, mientras su vida se extinguía, Lars se arrepintió de lo que hizo, pensando que nadie en el mundo merecía ser dejado atrás de esa forma.
    Quizás, si supiera amar a Leda, las cosas hubieran sido diferentes.
    

    Un timbrazo resonó insistente en toda la casa, haciendo que Leda saltara levemente, casi soltando el cucharón dentro de la olla con salsa que estaba preparando. Soltando un grito de aviso diciendo que ya iba, apagó la hornalla mientras dejaba el cubierto sobre la mesada, para luego quitarse el delantal, dejándolo doblado sobre una silla. Rápidamente se encaminó hacia la puerta, abriéndola y encontrándose con un cartero que tenía un sobre en la mano.
    - ¿Es usted Leda Reeves? -preguntó el hombre.
    Ella se estremeció al sentir su nombre seguido de ese apellido.
    - Sí, soy yo… -respondió, casi murmurando.
    Él le tendió una carpeta con una hoja marcada por una tabla, además de una lapicera, mientras le indicaba dónde debía firmar. Ella siguió el procedimiento tal cual como le indicaban, para luego devolverle la carpeta, recibiendo a cambio un sobre blanco, con el logo policial en una esquina.
    Sin saber de qué se podía tratar, cerró la puerta descuidadamente, para encaminarse nuevamente hacia la cocina, mientras rasgaba el sobre con sus uñas. Una vez que sacó la carta, dejó el envoltorio sobre la mesa, y comenzó a leer.
    - Señora Reeves -leyó-. Por medio de la presente se informa que su esposo Lars Reeves ha fallecido en la Prisión de Calambres, el miércoles a las…
    El resto de la carta no le importaba. Sin saber si su contenido era cierto o no, volvió a leerla una y otra vez, enterándose que Lars había muerto en una revuelta en la cárcel, por los golpes recibidos. Un grito desgarrador se escapó de su boca, mientras las lágrimas comenzaban a caer por sus mejillas; sus manos partieron la carta en dos, arrojándola hacia la nada, al tiempo que una horrible sensación de culpabilidad la invadía. Indirectamente ella le había causado esa muerte tan dolorosa, y no podía imaginarse la sensación de abandono que él pudo sentir en ese momento.
    Rodeó su pecho con los brazos, apretándose fuertemente los lados de la blusa, mientras sentía que éstos lentamente se acalambraban. Caminando sin sentido chocó sus espaldas contra un armario que había, en el living, para después volver a moverse, mientras meneaba su torso hacia delante y atrás, hasta que llegó a la habitación e intentó vanamente arrojarse en la cama. Volvió a golpearse las espaldas, y finalmente cayó sentada en el suelo, dejando que la desesperación la ganara.

*

    La vista era tan pulcra, cuidada y relajante, que le daba miedo pensar en el interior de ese ambiente. El hospital tenía un gran jardín delantero, lleno de árboles y matas perfectamente cuidadas, y una gran escalinata doble marcaba su entrada, resaltando el edificio de construcción antigua pero perfectamente cuidada. Caín bajó la vista mientras descendía del coche, cerrando la puerta, y luego volteando hacia la izquierda para ver a Michel, cuyo rostro parecía cubierto por las sombras. En silencio, ambos intercambiaron una mirada de apoyo, y comenzaron a caminar hacia la puerta.
    En la entrada había un hombre de casi cincuenta años, cabello canoso y una bata blanca encima de su ropa, que mantenía las manos en los bolsillos hasta que las sacó para saludarlos.
    - Siento volver a verte en estas condiciones, amigo -saludó a Caín, sin que este respondiera, así que agregó-. Te felicito por el ascenso a Jefe de la Estación.
    Una sonrisa forzada se marcó en el rostro del aludido, mientras Michel le tendía la mano al hombre.
    - ¿Cómo se encuentra? -inquirió.
    El médico supo que no se refería a él, así que negó la cabeza, mientras comenzaba a caminar hacia adentro, con ambos amigos siguiéndolo.
    - Según los estudios realizados en el paciente hasta el momento -comenzó a narrar, con un tono neutro y formal-, llegamos a la conclusión de que sufrió un shock, lo que causó un problema denominado “pérdida de realidad”.
    Ante esas palabras, Caín y Michel, se miraron en silencio, sin dejar de prestar atención.
    - Para ser sinceros, es una patología muy extraña -continuó explicando-, y es característica de la neurosis, que hace que las personas se refugien de las dificultades de la vida real, en una realidad creada por su mente.
    En ese momento, sin que se dieran cuenta, llegaron a detenerse frente a una puerta blanca, que sólo tenía una pequeña y enrejada ventana en la parte alta de la misma.
    - No sabemos si ha estado olvidando eventos de su vida, o si simplemente ha creado un mundo imaginario, debido a que la paciente no habla ni se comunica de alguna forma. Todo lo tuvimos que deducir de estudios médicos sin relacionarnos con ella.
    Casi automáticamente, Michel apretó sus puños, pero la mano firme de Caín se apoyó en su hombro, dándole valor y fuerza. Ambos bajaron el rostro, pero el médico observó tras la pequeña ventana, para luego hacer la pregunta que se había estado forzando a atrasar.
    - ¿Quieren verla?
    Michel asintió, y el hombre sacó unas llaves de sus bolsillos, rebuscando hasta encontrar la correcta, para luego pasarla por la cerradura, abriendo la puerta.
    Caín observó a Michel entrar con dudas a la habitación, para luego seguirlo y quedarse pasmado con la escena. Leda estaba en una esquina de la sala, sentada en el suelo, y con un blanco chaleco de fuerzas sosteniendo sus brazos cruzados en el pecho. Vestía un pantalón de lino blanco, e iba descalza, con las uñas de los pies extremadamente cortas.
    Michel se acercó para ver su rostro en detalle, percatándose del protector que tenía en sus dientes. El cabello rubio estaba maltrecho, y su piel antes de porcelana, ahora parecía desgastada y vieja. Sus ojos celestes miraban hacia alguna parte de la ventana, o de la pared, pero siempre lejanos, como perdidos en otro mundo.
    Quizás, uno que estaba más allá de medianoche.



Bueno, se que es cruel, pero creo que Lars no merecía una muerte como esa, y terminó haciéndome sentir lástima. Pero bueno, esto no termina aquí, ya que la semana que viene hay algo más de la historia, que si bien puede ser un epílogo, es lo que cierra a toda la trama, mostrando cómo comenzó todo. En fin, me gustaría ver sus comentarios, y les agradezco la visita. Nos estaremos leyendo en el próximo artículo. ¡Éxitos!

Tags: literatura, novela, drama, misterio, thriller

<@[email protected]> Comentarios:

Autor: Aldair_88
S?bado, 20 de febrero de 2010 | 4:25
un cap. muy duro. Me emocion? leerle. Trueno, concuerdo contigo, es el m?s negro ke has escrito.
Autor: BlueBrain
S?bado, 20 de febrero de 2010 | 4:49
increiblemente cruel, pero muy real sobre lo que pasa en las c?rceles. Trueno, te has superado a t? misma. Esta entrega te qued? genial.
S?bado, 20 de febrero de 2010 | 18:33
ops! qu? duro este cap?tulo, Lars era una porquer?a pero no merec?a terminar as?, como tampoco Leda. Pero, haci es la vida, hay amores que matas.
Excelente relato, me hiciste moquear
Martes, 23 de febrero de 2010 | 12:13
La verdad es que fue duro, me cost? escribirlo porque hasta me hizo sentir mal ambos personajes. Sin embargo, creo que es un justo final cronol?gico. ?No les parece?
Mi?rcoles, 24 de febrero de 2010 | 11:37
si fue una muerte dura, muy bien descripto el capitulo, me gusto mucho el desarrollo, y q fuera tan facil sentir, lo q pasaba lars. excelente felicitaciones.
Mi?rcoles, 24 de febrero de 2010 | 11:59
Gracias Principe, la verdad que a mi tambi?n me pareci? una muerte dura.

 

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