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Viernes, 22 de enero de 2010

¡Buenas a todos! El día de hoy estoy muy entusiasmada, puesto que el capítulo que les traigo es muy especial: el juicio a Lars. Por momentos pensé que sería un capítulo doble, pero decidí dejarlo completo hoy, si bien tiene el doble de largo de los capítulos comunes. Les cuento como anécdota que cuando escribimos el resúmen de este capítulo con Principe_Leo, nos tardamos varias horas, durante dos días, para tener un resúmen de la calídad que este capítulo se merecíal. Estoy muy, muy contenta con el resultado final, y les agradezco a todos los lectores que se pasen a leerlo. Los dejo con la lectura:


“[…] sentía la penetrante mirada de Lars que intentaba acribillarlo desde su banca de acusado […]”

    Aunque no quisiera, se estaba impacientando. ¿Era realmente posible que Leda lo abandonara así? Si después de todo, esa mujer vivía para él. ¿O acaso ya no era así? Las palabras que ella le había dicho eran las más crueles que había escuchado, pero aún así, no podía creer que actuara de esa forma; por eso mismo había tenido que recurrir a quien menos había querido: Úrsula. De pronto, un fuerte chirrido resonó en el lugar, indicando que unas rejas se habían abierto; Lars se sentó rápidamente en la pequeña cama, para luego caminar hasta los barrotes de su reducida celda, esperando ver a quien había llamado. Al cabo de unos segundos, una joven pelirroja de andar tranquilo y vestida de traje para la oficina; caminaba detrás de un policía que la guió hasta la celda, para después irse dejándolos solos.
    - ¡Lars! -dijo Úrsula cuando estuvieron solos, triste y sorprendida-. ¿Qué pasó, quién hizo esto?
    Él sonrió para sí: esa tonta amante seguro que le serviría. Sin esperar ni un momento, pasó sus brazos por entre los barrotes, para tomar las manos de ella, apretándolas fuertemente, mientras la miraba a los ojos con su penetrante mirada.
    - Necesito que hagas algo por mí -dijo-: seguramente en el juicio te llamarán a atestiguar. Necesito que digas que estuvimos en el hotel, y que des la dirección incluso si te lo preguntan.
    - ¡Pero entonces…!
    - No te preocupes -la interrumpió él, calmándola-. Todo estará bien. ¿Puedes hacerlo?
    Ella asintió, sonriendo mientras controlaba sus temblores nerviosos.
    - Eso es fácil para mí -comentó, dándose ánimos-: yo podré hacerlo, quédate tranquilo que arriesgaré todo para ayudarte.
    - Ya lo sé, tranquila -respondió extremadamente seguro, sonriendo con su habitual manera sobradora-: tranquila porque de esta salgo seguro. Sólo búscame un abogado de confianza.

*

    La sala del juzgado era amplia y extensa, de forma rectangular y pintada en un tono beige muy claro, con amplios ventanales en la pared izquierda, y una puerta doble de entrada en el fondo. En la pared contraria se hallaba el gran pero elevado escritorio de roble, donde se sentaba el juez, justo al lado de la silla de los testigos, la cual se rodeaba de finas balaustradas de madera barnizada. A la izquierda de la silla del testigo había otra larga fila de pequeñas columnas, tras las que se ubicaban las sillas de los jurados. Un poco más lejos y mirando hacia el escritorio central, estaban las mesas de los abogados y, detrás de ellas, las sillas para los observadores.
    Ese día, el lugar estaba repleto. El jurado se hallaba impertérrito en sus sillas, atentos a la pronta llegada del juez, mientras que los abogados se susurraban y murmuraban mutuamente, cada uno en sus propias mesas, al tiempo que intercambiaban miradas venenosas con los opositores. La parte del público se encontraba repleta, llena de conocidos, familiares, público en general y reporteros, que habían ido a presenciar el juicio al Jefe de Policías. Por otro lado, la fuerte presencia policial de guardias de seguridad, teñía el ambiente de una fuerte presión; de pronto, uno de ellos carraspeó fuertemente, llamando la atención.
    - De pie para recibir al honorable juez Simón Wolkz, que preside esta Corte -anunció.
    Una de las puertas laterales se abrió cuando todos se pusieron de pie, y un hombre casi anciano, de cabellos canosos y piel pálida, entró caminando con la mayor dignidad que podía. Vestía su túnica negra con orgullo y un llamativo anillo de oro en la diestra, mientras movía su bastón al son de sus propios pasos. Una vez que estuvo sentado, los presentes imitaron su movimiento mientras otra voz resonaba.
    - La corte entra en sesión -dijo, golpeando con su martillo sobre la mesa-: la Ciudad contra Lars Reeves -y volvió a golpear.
    Inmediatamente, el fiscal se puso de pie apoyando la diestra en la mesa, y prendiéndose los botones del saco sastre con la zurda. Era un hombre de edad indefinida, cabello negro con indicios de algunas canas, y ojos celestes penetrantes, que no dudaba en hacer lo que fuera necesario, para enviar a los culpables a la condena; y menos en ese caso, donde el acusado era un hombre que los había engañado, a ellos y a la ciudad. Se adelantó unos pasos, y dijo en voz alta:
    - La fiscalía llama al Teniente Caín Pons al estrado.
    Rápidamente, el aludido se puso de pie tras las primeras filas de público y, cruzando por la pequeña puerta de madera, pasó hacia el frente, caminando hacia el estrado. Al llegar al pie, un policía se le acercó con la Biblia abierta entre sus manos, tendiéndosela; Caín colocó la diestra sobre ella y aguardó el juramento:
    - ¿Jura decir la verdad, sólo la verdad, y nada más que la verdad? -preguntó el oficial.
    - Sí, lo juro.
    Habiendo cumplido la rutina, Caín giró sobre sus pies, subiendo unas pequeñas escaleras, para sentarse luego en el estrado, detrás de las balaustradas, cruzando sus pies y asumiendo una postura completamente confiada.
    - Teniente Pons -dijo el fiscal-. ¿Podría contar lo que pasó?
    Él asintió.
    - Hace un tiempo, el equipo anti-drogas de la Estación realizó un operativo bajo el comando del Capitán Lars Reeves, y se incautaron 200 kilogramos de cocaína, los cuales se almacenaron en el depósito de la Estación, con el fin de analizar su mezcla, y luego quemarla -hizo una pausa viendo que el fiscal le hacía un gesto con el rostro asintiendo, y siguió con su relato-. Al día siguiente, se me encargó que fuera con algunos miembros del equipo a trasladar los paquetes de droga, pero al quitar uno de los pales, una bolsa de cocaína se cayó al suelo, desparramando su contenido.
    - ¿Qué pasó luego? -preguntó el fiscal, para darle pie de que siguiera el relato.
    - Cuando la bolsa se cayó y se desarmó su contenido, intentamos recogerlo con el equipo especial para esos casos, pero varios oficiales nos percatamos de lo mismo: el olor del contenido no era de cocaína, ni tampoco su textura.
    - ¿Qué hicieron con ese contenido?
    - Llamamos al Jefe del Depósito, y luego derivamos el contenido a un analista especial, llamado Francisco Alba.
    - Muchas gracias, Teniente Pons. Puede retirarse -anunció el fiscal, para luego dirigirse hacia el juez-. Si la defensa no tiene preguntas, la fiscalía llama ahora al Bioquímico Francisco Alba.
    - No hay preguntas -agregó el abogado defensor, parándose rápidamente en su lugar.
    Haciendo un ademán con el rostro, Caín se puso de pie para luego bajarse del estrado, y dirigirse una vez más hacia su asiento, mientras sentía la penetrante mirada de Lars que intentaba acribillarlo desde su banca de acusado. Una vez que se hubo sentado, el bioquímico se puso en pie; era un hombre joven, de no más de 30 años, rubio de ojos marrones profundos, piel trigueña y nariz aguileña, que denotaba su profunda experiencia con el andar seguro pero no soberbio. Al llegar al frente ejecutó el mismo juramento que había hecho el Teniente unos minutos antes, para después subir las escalinatas y sentarse en su silla.
    El fiscal se le acercó, mirando primero al jurado y luego al testigo.
    - Sr. Alba -se introdujo el fiscal-. ¿Usted realizó el análisis del contenido de la bolsa de droga que se rompió durante el traslado?
    - Así es -afirmó el aludido.
    - ¿Podría contarnos qué resultados arrojó su análisis?
    - El paquete que se había roto era el número 135, según la numeración otorgada en la pesquisa, y a mi laboratorio llegó el contenido que se había volcado, como así también la bolsa que estaba rota -comenzó a decir el bioquímico.
    - La fiscalía presenta la evidencia número 15 -interrumpió el fiscal, mostrando los restos de la bolsa rota guardados en un fieltro al vacío, junto con otro del mismo tipo que contenía la supuesta droga-. Continúe, por favor.
    Alba asintió, manteniéndose completamente tranquilo.
    - Tomé una muestra pequeña del contenido del paquete, y al analizarlo los resultados me dijeron que era 100% de cocaína. Sin embargo, la muestra en la totalidad no se veía como la supuesta droga, ni tenía su textura: sólo el color -agregó, pausando para continuar-. Así que entonces, aislé la primera muestra y tomé una segunda del mismo paquete, y hallé que era 90% de harina y sólo 10% de cocaína.
    - ¿Puede asegurar que no era un error de análisis? -inquirió el fiscal.
    - Puedo hacerlo -afirmó Alba-, ya que al ver esta discrepancia tomé varias muestras, las cuales me daban diversos resultados, pero se podía concluir que aproximadamente el 70% de la bolsa de droga confiscada era harina.
    - Muchas gracias, puede retirarse si la defensa no tiene preguntas. -anunció otra vez el fiscal, para volverse nuevamente hacia el juez-. La fiscalía llama ahora al Comisario Roberto Guidotti.
    - La defensa no tiene preguntas, adelante -agregó nuevamente el defensor.
    Mientras el bioquímico se alejaba hacia su asiento, el nuevo testigo se puso en pie, y comenzó a caminar hacia el estrado. Se trataba de un hombre de cincuenta años, vientre no demasiado crecido, prominente calva y nariz quebrada; sus manos estaban maltrechas y su piel ajada, como prueba de los duros trabajos que había enfrentado durante su vida. Al llegar al pie de la silla, un guardia de seguridad se le acercó con la Biblia y lo hizo jurar que diría la verdad; una vez cumplido el procedimiento de rutina, Guidotti volteó hacia la escalinata, y se sentó en su lugar.
    Desde allí, y durante unos escasos segundos, vio que Lars lo estaba observando: fijo, nervioso, jurando y maldiciendo para sí mismo, pero al mismo tiempo amenazándolo desde el silencio. El comisario alejó rápidamente su mirada de él, pues no perdonaría a un Jefe que había traicionado a la ciudad de esa forma. Automáticamente, sus ojos se dirigieron hacia el fiscal, que se disponía a preguntarle.
    - Comisario Guidotti -inició el fiscal-: ¿qué hizo usted cuando se enteró del incidente?
    - En un principio, el teniente Pons me informó de la rotura de la bolsa, y decidí enviarla al laboratorio a manos del bioquímico Alba, para que la analizaran. Luego de eso, me resultó extraño que hubiera harina mezclada con la cocaína, porque no es una sustancia con la que se suela mezclar: no produce ningún efecto, no tiene ni la textura ni el olor. La única conclusión es que la habían colocado para rellenar esas bolsas -comenzó a contar, evitando la mirada de Lars-.
    - ¿Qué hizo entonces? -preguntó el fiscal.
    - Teníamos dos opciones: o los mismos traficantes lo habían rellenado, o había sido algo hecho durante el traslado, en la propia Estación… así que primero preferimos estudiar el Depósito -respondió-. Pensé que si había sido en el Depósito, hubieran forzado la cerradura o el portón, pero todo eso se encontraba intacto, así que decidí buscar los códigos de acceso que sólo tres personas tenemos: yo, el Ministro de Seguridad, y el Capitán Lars Reeves.
    - ¡Objeción! El testigo puede estar involucrado -apeló el defensor.
    - ¡A lugar!
    - ¿Tiene alguna coartada, Comisario Guidotti? -inquirió el fiscal, dirigiéndose hacia su escritorio.
    - La tarde de la pesquisa estuve con los hombres e incluso tuve que dar un reporte para el noticiero –comentó-. Luego, a la noche fue el cumpleaños de 15 años de mi hija, y está el salón reservado a mi nombre y las grabaciones de los videos. Luego la mañana siguiente, estaba en la oficina llenando papeles, mientras se realizaba el traspaso de las bolsas confiscadas.
    - La fiscalía presenta las evidencias número 24 -anunció el fiscal, mostrando unos DVDs en sus manos-: los videos que prueban la coartada de Guidotti, junto con las declaraciones de los testigos de la fiesta.
    - Prosiga -anunció el juez.
    - Comisario: ¿qué pasó luego de esa conjetura? -preguntó el fiscal, volviendo al interrogatorio.
    - Tras deducir eso, llamamos al Ministro de Seguridad, y le pedimos una autorización para acceder al registro de utilización de los códigos; tras media hora de espera, nos llegó la confirmación -relataba el comisario-. Nos dirigimos a la sala de la computadora central del Depósito, y encontramos que las puertas habían sido abiertas el 5 de julio a las 0:30 horas, momento en el que no se había pactado ninguna revisación.
    - ¿Qué acciones tomaron?
    - Clausuramos el Depósito, y llamamos un equipo de investigación para que analizaran el lugar. En las pesquisas, encontramos un cabello cerca del lugar donde se había sacado el palets con la droga, y tras marcarlo como evidencia, lo enviamos al laboratorio para que lo estudiaran.
    - La fiscalía no tiene más preguntas -anunció el fiscal.
    - La defensa tampoco tiene preguntas -agregó el otro abogado, poniéndose de pie sólo para decir esas palabras.
    El juez le hizo un ademán al comisario para que se retirara, y éste inmediatamente se puso de pie, caminando lentamente hacia su asiento, buscando escapar de la intensa mirada de odio e impotencia de Lars. En ese momento, el fiscal se detuvo un minuto sobre su escritorio, consultando en voz baja a su compañero, para luego volver a erguirse, caminando hacia el centro.
    - La fiscalía llama al Dr. Guillermo Foein a declarar.
    Escuchando su nombre, el aludido se puso de pie, caminando hacia el estrado. Se trataba de un hombre de edad mayor, ojos pequeños y escondidos tras unas pobladas cejas blancas, que se acompañaban de unos graduados lentes para ver de lejos. Caminaba derecho si bien mostraba una leve joroba en su espalda, pero no por eso se disminuía su masculina presencia. Al llegar al pie del estrado, repitió el juramento que todos habían hecho, para luego subirse a la silla; ni bien se hubo sentado, el fiscal comenzó con el interrogatorio:
    - Dr. Foein: ¿Puede contar cuál es su participación en el caso? -preguntó.
    - Me fue encargado analizar una muestra proveniente del Depósito de la Estación de Policías, y se me hizo llegar un cabello en una bolsa de evidencias -respondió el testigo-, y yo me encargué de analizarlo y despachar los resultados ese mismo día.
    - ¿Cuáles fueron los resultados?
    - Al principio, sólo pude deducir que era un cabello humano, de un hombre –comentó-. Pero cuando informé esos resultados, me pidieron que comparara el ADN con los de tres personas que tenía en la base de datos: el comisario Guidotti, el Ministro de Seguridad, y el Capitán Lars Reeves. Al compararlo, los resultados de coincidencia con el ADN del Capitán Reeves, fueron totales.
    - Muchas gracias, la fiscalía no tiene más preguntas.
    Sin embargo, esa vez el abogado defensor se puso en pie en su lugar, dispuesto a hacer una pregunta al testigo.
    - Antes de que le pidieran comparar el ADN ¿se le dieron algunas instrucciones específicas? –preguntó, buscando quizás una brecha que le permitiera hacer ver que el doctor había sido inducido hacia algunos resultados.
    - Ninguno en particular -respondió tranquilo-: sólo me dijeron que analizara esa muestra, y viera qué datos podría sacar. Pero sin comparar la sangre o el ADN contra otra muestra, si se coloca en la base de datos, puede ser que no se llegue a ningún resultado.
    - No más preguntas -agregó el defensor.
    El juez le hizo un ademán al testigo, quien se levantó con paciencia, y caminó hacia su banco tranquilamente, sin apresurar el paso. Mientras tanto, el abogado fiscal había vuelto a murmurarse con su compañero, mientras sostenía un papel en las manos; el juez lo incitó a que llamara a su siguiente testigo, pero el fiscal se quedó de pie ante su escritorio.
    - Su Señoría, antes de llamar al próximo testigo, me gustaría releer la declaración del acusado –anunció el fiscal.
    - Si no hay objeciones… -respondió el anciano.
    - No las hay, su Señoría -afirmó el defensor.
    - Prosiga.
    - De acuerdo -confirmó fiscal, para luego comenzar a leer-. La declaración del acusado Lars Reeves, dice: “La noche del 5 de julio me encontraba cenando con mi secretaria Úrsula  De Ros, en el restaurante ‘El Averno’, donde permanecimos hasta cerca de las once de la noche. Luego conducimos en mi auto hasta un hotel en las afueras de la ciudad, llamado ‘Apolo’, donde pasamos la noche, dejando el hotel a la madrugada, cerca de las seis de la mañana del 6 de julio”. La fiscalía llama a Úrsula De Ros a declarar.
    Dejando la hoja sobre el escritorio, el abogado volteó justo para ver a la pelirroja caminando hacia su mesa, para después abrir la pequeña puerta de balaustradas, y encaminarse hacia el estrado. Iba vestida con un traje de mujer, de falda estrecha y hasta la rodilla, camisa blanca y un saco tejido suelto hasta la cadera, que se ataba con unas cintas cruzadas justo en su cintura; su pelirrojo cabello estaba recogido en un rodete, y peinado cautelosamente. Al llegar al estrado, el oficial nuevamente se acercó hacia ella con la Biblia abierta, obligándola a realizar el juramento; luego del procedimiento, se subió al estrado, sentándose en la silla del testigo.
    - Señorita De Ros -comenzó el fiscal-: ¿dónde estaba el 5 de julio a la medianoche?
    - Esa noche llegué a mi departamento cerca de las 22:30 de la noche, y hablé con mi casero, al que siempre saludo. Luego de eso, no volví a salir hasta la mañana.
    - ¡Objeción! -el abogado defensor saltó de su silla al oír esas palabras, que discrepaban con la declaración de Lars-. La testigo está bajo juramento, y…
    - La fiscalía presenta la prueba número 4, su Señoría -interrumpió el fiscal, alzando un papel, y un VHS en su mano derecha-: aquí tengo la declaración del casero del edificio de la señorita, el cual atestigua haberla visto entrar, y nunca salir. Los videos comprueban esto, y han sido analizados para comprobar alteraciones.
    Rápidamente, un murmullo se extendió entre todos los presentes, mientras un solo pensamiento cruzaba por la mente de Lars: ¿Úrsula lo había traicionado? Sus piernas comenzaron a temblar mientras esa sola pregunta rondaba su mente: si algo tenía en claro, es que alguien lo había traicionado, montándole esa situación. De pronto, Lars comenzó a sentirse cayendo en un profundo y oscuro pozo negro, de donde no podría salir ¿eso era la soledad? Estaba solo, aunque en ese momento estuviera rodeado de personas, muy pocos le creían, y muchos lo odiaban.
    - La fiscalía no tiene más testigos -anunció el fiscal.
    - Que prosiga la defensa -anunció el juez, para luego mirar al defensor-: abogado, su turno.
    - La defensa llama a Juan Campes a declarar.
    Tras el llamado, un joven delgado y desgarbado se puso en pie. Tenía el cabello teñido de un color rubio desgastado, las raíces crecidas y manchas de sol excesivo en su piel; caminaba a pasos largos, y se notaba por su delgadez que era presa de varios vicios. Al llegar al estrado declaró como todos, para luego subir las escalinatas y echarse en la silla, haciendo que esta chillara.
    - Señor Campes, ¿dónde trabaja? -preguntó el defensor, caminando hacia el centro de la sala, mientras abrochaba su saco.
    - En el Hotel Apolo, jefe -respondió el joven, con su acento vulgar.
    - En el registro de su Hotel aparece escrito el 5 de julio: “Reeves y acompañante”. ¿Podría reconocer a las personas que fueron?
    El chico asintió, y alzó su dedo hacia Lars.
    - Ese señor estuvo ahí, pero a la mujer no la veo -respondió-. Era una rubia alta y de buen cuerpo… -agregó, mientras comenzaba a frotarse las manos, nervioso.
    - No más preguntas, su señoría -acotó el defensor.
    Sin embargo, el fiscal no tardó en ponerse de pie raudamente, con las preguntas ya hechas en su mente. Él si se había percatado de algo: el chico estaba nervioso, y eso seguramente lo beneficiaría si podía pegarle en el punto indicado, aunque el defensor haría alguna que otra objeción en el proceso.
    - ¿Ud. Realmente vio a esa persona en el Hotel? -inquirió-. Recuerda que estás bajo juramento y no pueden mentir porque habrá consecuencias…
    - ¡Objeción! ¡Está presionando al testigo! -gritó el defensor.
    - Lo retiro -acotó el fiscal, sabiendo que su semilla de cizaña ya había sido sembrada.
    El joven comenzó a titubear una respuesta, como si no supiera qué decir. De pronto, el juez lo apuró para que respondiera, pero todas las voces y el murmullo de la corte, lo hacían girar en un vacío de nada. Mas las palabras del fiscal seguían en su mente: “si mientes serás castigado”, escuchaba “habrá consecuencias”. Y antes de que pudiera prevenirlo, unas lágrimas cayeron de sus ojos, seguidos de fuertes sollozos, y algunos movimientos involuntarios hacia delante y atrás, culpa de la mala respiración.
    - Lo siento, no quería mentir -dijo, para sorpresa de todos, obligando al juez a golpear con martillo.
    - Estás por ser acusado por desacato -dijo el juez-: aclara tus palabras.
    - Perdónenme, por favor, perdón -el chico no paraba de disculparse, hasta que las palabras del juez le llamaron la atención.
    - Recuerda que estás bajo juramento.
    - Sí… -poco a poco fue calmándose, pensando que era mejor decir la verdad-. Hace unos días, recibí un llamado a mi celular, de una persona que tenía la voz distorsionada -dijo entre sollozos-: pero me dijo que un abogado iba a ir a cuestionarme y que si no decía que ese hombre -señaló a Lars con su mano temblorosa- había estado en mi hotel, mi familia iba a pagar mis decisiones.
    Un murmullo se expandió por toda la corte, y luego se convirtió en un acose de fotografías por parte de los reporteros, y las palabras fueron aumentando su volumen. Una objeción del abogado defensor se perdió en el desorden de la sala, mientras el fiscal intentaba hablar con el juez. Sin embargo, viendo que la situación empeoraba, el juez golpeó dos veces con su martillo sobre la mesa, sin poder llegar a calmar a la multitud.
    - ¡La corte entra en receso por 24 horas! -anunció a los gritos-. ¡Evacúen la sala!
    
*

    Habiendo sido desalojado casi brutalmente, el abogado defensor buscó entre sus contactos para tomar el teléfono celular del joven hotelero como evidencia. Una vez que tuvo el aparato casi en sus manos, hizo investigar las llamadas para, desafortunadamente, encontrar que éste tenía una llamada desde un número desconocido, justo minutos antes de que él hubiera arribado al hotel.
    Con algo de semejante calibre, era imposible probar la inocencia de Lars.
    Esa misma tarde se dirigió hacia la cárcel donde Lars aguardaba, y en una charla de horas, logró convencerlo de que aceptara un trato con la fiscalía: diez años en la cárcel, eran mucho mejor que una condena perpetua. Al cabo de unos días, Lars fue trasladado en barco hacia una alejada prisión entre las montañas, cuya única forma de acceso era a través del lago que rodeaba ese valle.
    Esa prisión era la misma a donde había sido enviado Lancer. Pero aún así, había algo de lo que estaba seguro: Úrsula y el testigo del hotel, lo habían traicionado, y alguien lo había embaucado.



Bien, esto ha sido todo por hoy, y espero que lo hayan disfrutado. Les comento que ya estamos redactando los resúmenes de la próxima historia, que les digo que será muy contrastante con esta. A "Más Allá De Medianoche" le quedan sólo cinco capítulos, y la historia se termina. Espero que les esté gustando, y les agradezco mucho que me sigan. Nos estaremos leyendo en el próximo artículo. ¡Éxitos!

Tags: literatura, novela, drama, misterio, thriller

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Autor: BlueBrain
S?bado, 23 de enero de 2010 | 4:57
?ufff! que buen cap?tulo, lo le? al borde del asiento. Chicos, escriben muy bien. Me sorprendi? la presici?n con que describen el juicio y lo atrapante que ?s. LArs, parece al fin haber recibido lo que le corresponde.
Autor: Aldair_88
S?bado, 23 de enero de 2010 | 5:40
?estupendo cap?tulo!! ke bien escriben, chicos, los felicito, este juicio estuvo muy bueno y fue muy sorprendente, a Lars ya parece haberle dejado de salir bien las cosas. Es el personaje ke menos me gusta, al recibe lo que merece
S?bado, 23 de enero de 2010 | 18:42
recuerdo q este resumen si q nos dio mucho trabajo, pero el resultado final es impresionante, como siempre la mano de trueno para escribir, le da mucha vida a la historia. me encanto como quedo este cap.
Autor: anrafera
Domingo, 24 de enero de 2010 | 7:29
Mi enhorabuena. Buen trabajo. Un cordial saludo
http://www.ramonferrera.blogspot.com
Domingo, 24 de enero de 2010 | 8:46
Chicos, cada cap?tulo que escriben es m?s atrapante que el anterior. Tienen muy buenas ideas, esta entrega est? simplemente genial y muy real. Los felicito
Domingo, 24 de enero de 2010 | 12:13
Saludos a todos!! Me alegro much?simo que les haya gustado, y si bien fue largo de escribir, lo disfrut? de principio a fin. Anrafera muchas gracias por tu comentario. Nos leemos!

 

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