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Viernes, 07 de agosto de 2009

La Ausencia De Una Explicación - Parte III
~Ausencia~

¡Hola a todos! Les agradezco a los que leyeron el shot para el concurso, espero sinceramente que les haya gustado. Hoy les traigo otro capítulo llenísimo de sorpresas, como ha tenido hasta ahora en el último tiempo. Para los que querían a Carson, les dejo un capítulo exclusivo de él, y encima con sorpresa de regalo que no se si les gustará. Creo que ya comienzan a atarse muchos cabos sueltos desde el comienzo de la historia, y esto lo hace más interesante. A ver qué opinan ustedes al respecto.


“No decir más de lo que haga falta, cuándo haga falta y a quien haga falta”
André Maurois


    La puerta de la habitación del hotel golpeó contra el marco, azotándose, y del mismo impacto volvió a abrirse, sólo para recibir una patada a medio metro de altura, que la hizo cerrarse una vez más, generando un sonoro golpe que se escuchó en todo el edificio. Desde adentro, Aban Carson observó ofendido la puerta con la que acababa de descargarse, y soltando su maletín por el medio del pasillo, caminó a grandes zancadas mientras se aflojaba la corbata y se quitaba el saco -también arrojándolos por el piso-, para después dirigirse hacia la cama y echarse boca arriba, con el seño fruncido y la mirada perdida en el techo. Odiaba lo que acababa de pasar, y sentía que se habían burlado de él, al decirle que actuaba como el héroe de películas americanas que infringía las órdenes sin ser castigado.
    Él no actuaba así, sólo que esa vez, la anciana o sus conocidos podían llegar a tener información muy importante; por eso mismo, también estaba seguro que el verdadero motivo de Wagner para evitar que fueran, había sido en realidad que no conocieran esa información tildándola de inútil. Porque estando al tanto de la flema inglesa, era obvio que ni Dean o Prescott intentarían arriesgarse; sin embargo, que lo hubieran insultado de esa forma, era lo que más le molestaba, y le dolía.
    Alzó los brazos, desganado, para después colocarlos sobre sus rostros cubriendo los ojos del infame resplandor de la luz que tanto lo molestaba. En ese momento, tenía un solo objetivo fijo en su mente: entre toda la información que estaban recolectando, algo no andaba bien… comenzando por el motivo de la investigación misma. Pero para aseverar eso, primero tenía que buscar datos y pistas por su propia cuenta. ¿A quién llamaría? ¿Lo haría sólo? Esas preguntas hicieron que saltara de su cama, quedando de pie en el medio de la habitación, para después empezar a caminar en círculos, revolviéndose en sus propios pensamientos. Tenía que encontrar a quién llamaría, pero en ese mismo momento, un nombre resonó en su mente.
    Sonriendo ante la idea de llamar a esa persona, salió de su habitación, bajó por las escaleras hasta la planta baja, y cruzando disimuladamente por el hall de ingreso, salió del hotel para encaminarse por las calles Londinenses. Se desplazaba tranquilamente, luego de encender un cigarro, con la mano libre en el bolsillo, y soltando el aire por la boca con desgano, al tiempo que se cercioraba que nadie lo estuviera siguiendo. De esa forma, logró llegar hasta una plaza vacía y oportuna, donde tendría una buena oportunidad de hablar. Dobló hacia la izquierda, cruzó la calle, y se internó entre los juegos ahora desiertos, hasta encontrar un banco no demasiado alejado, para apoderarse de él. Sacó el cigarro de su boca, exhaló una vez más el humo, y sacando el celular de su bolsillo, lo abrió para después marcar un número, y llevarlo hacia su oído. No tenía ganas de llamarla, pero no le quedaba otro remedio.
    El teléfono sonó, y sonó, hasta que…
    - Pensé que nunca me ibas a llamar -dijo la mujer al otro lado de la línea, a modo de saludo.
    - ¿Está todo bien, María? -respondió Carson, sonriendo al oír la gatuna voz de Heraso.
    - Extrañaba oír tu voz… Hace mucho que no nos vemos.
    Esas simples palabras hicieron que Aban recordara algunos momentos que había pasado junto a la española. Se habían conocido hacía unos años ya, en un caso de robos informáticos que había sido encargado al FBI, y que ellos resolvieron participando en el mismo equipo. Luego de eso, siguieron viéndose algunos días, y algunas noches. Ambos se quedaron unos segundos en silencio, quizás pensando en lo mismo, hasta que fue él, quien rompió la monotonía.
    - Esto es muy extraño ¿sabes? -anunció-: ya no comprendo el motivo de todo esto, y creo que es una cuestión más médica que causal, y no me huele bien.
    - ¿Un mal presentimiento? -susurró ella.
    - Quizás -dudó-. Una corazonada, tal vez.
    - Tú jamás perderás los instintos a pesar de los años -por como lo dijo, parecía que estaba sonriendo mientras susurraba-. Esto no es algo para hablar ahora. ¿Dónde estás?
    - En una plaza, no muy lejos…
    - Ya sé dónde. Espérame, te voy a buscar…
    Al cabo de casi cuarto de hora, un disimulado coche alquilado de color negro, se detuvo frente a la entrada secundaria a la plaza. Ella bajó el vidrio, observándolo, y se perdieron unos momentos en la mirada del otro, hasta que Carson inició la marcha hacia el auto, abriendo la puerta y subiéndose en el lado del acompañante. Instantáneamente, ella arrancó, conduciendo por diversas calles sin sentido, cerciorándose que nadie los estuviera siguiendo. Sin embargo, a él le costaba muchísimo no girar a verla a cada rato; por eso mismo, se forzó a preguntar:
    - Tú también, María -dijo al fin-. También sabes más de lo que aparentas.
    Tras oír esas palabras, ella soltó una pequeña carcajada.
    - Fue cosa de Dean Bradbury -confesó, mientras Aban comenzaba a odiar más que nunca al rubio estirado-. Pero es que yo también he tenido muchas dudas sobre la investigación. Todo comenzó un día en que estábamos haciendo unas pruebas con los militares, justo cuando la doctora Wagner y el doctor Bradbury habían ido a EEUU a intentar analiza a los últimos cuatro jóvenes afectados. Había quedado a cargo un medicucho que jamás escuché nombrar, y que parecía de alta confianza de Heidi Wagner.
    María relataba en voz baja mientras conducía, y Aban no se perdía detalle de lo que ella decía, ni del sutil movimiento de sus labios.
    - En eso -continuó ella-, cuando estábamos probando el primer grupo que acaba de entrar a Deiarell, el neurólogo comenzó a hablar con el jefe Wagner. Le dijo que una prueba así jamás daría los resultados esperados, porque los militares no sabían relacionarse de una forma que no fuera la estructurada obediencia que les enseñaban en el ejército.
    - Eso sólo asevera que el fin de la investigación es en realidad otro motivo.
    - Sí -afirmó-. Pero Aban, en ese momento había algo raro con Wagner, porque estaba convencida que los dos esposos están a cargo de una investigación más grande y más impactante. Deben estar ocultando información.
    En ese momento, el criminólogo comenzó a recordar la primera entrevista con los padres de Julia Rasse, al comienzo de su trabajo, en América. En aquel momento, ambos habían negado fervientemente su apoyo al juego y por ende, a todos aquellos que lo utilizaban; mas en aquel momento, no había podido dejar de pensar que sus perfiles y actuaciones forzadas, encajaban a la perfección con el perfil de quien oculta algo. Si algo tenía claro, era que tanta negación sólo era posible, porque se avergonzarían de la verdad.
    - ¿Podría ser que el senador Rasse estuviera involucrado? -inquirió-. Recuerdo cuando lo entrevisté, y era demasiado sospechoso.
    Ella sonrió.
    - Eso es lo que vamos a ver ahora…
    Sin decir más, apagó las luces del coche, lo pasó a modo manual para poder hacer ella los cambios, y bajando la velocidad, condujo en la oscuridad durante un largo trecho. Al cabo de un rato, se detuvieron un poco lejos de un motel situado en las afueras de Londres, en una zona completamente llenas de cabañas y casas de hospedajes para turistas. Se bajaron del auto, asegurándolo, para después iniciar la caminata entre los árboles y las sombras, directo para intentar acercarse lo más posible.
    Cuando estuvieron medianamente cerca, comenzaron a observar coches de alto nivel, guardias cada dos metros, y una alta seguridad. Poniendo en práctica su entrenamiento básico, se desplazaron entre las sombras, infiltrándose a través de los árboles, para llegar a una parte donde no estaba demasiado custodiada. Se agacharon, y caminando ya entre los arbustos alcanzaron el vano de una ventana, donde podían escuchar las lejanas voces; las cortinas estaban cerradas, pero comenzaron a moverse hasta encontrar un sitio donde podía escuchar claramente. Una vez que se quedaron quietos, ambos distinguieron un inglés con acento alemán, y otro netamente americano, así que siguieron divagando hasta que pudieron observarlos casi en una ráfaga de segundos: efectivamente, se trataba de Wagner, y el senador Rasse.
    María alzó la zurda señalándole la venta, para intentar escuchar.
    - …experimentos han dado resultado, y eso es bueno -era la voz de Rasse-. Pero necesitamos el análisis final del psicólogo y el criminólogo, para poder establecer los perfiles que vamos a requerir.
    - Pues sí -se rió el alemán-. Pero vamos a tener que cuidarnos un poco, porque ese criminólogo, Aban Carson, suele tomar las cosas por sus propios asuntos.
    - Claro, pero…
    Unos ruidos externos interrumpieron su charla, y aprovechando la confusión, María y Carson comenzaron a correr entre los árboles y arbustos, escapándose entre las sombras por el mismo camino mediante el cual habían llegado.  Alcanzaron el coche, para después ponerlo en marcha e irse con el mismo sigilo con el que arribaron, casi una media hora atrás. Ya bastante lejos, pero aún con las luces apagadas, María suspiró, relajando un poco su postura.
    - Tendrás que ir con cuidado, Aban -murmuró-, porque acabas de comprobar que la investigación no es simplemente eso.
    - Pues entonces, deberé investigar más -respondió, un tanto ofuscado.
    - Te convendría intentar hablar con Dean -sugirió, aún viendo la mueca de desprecio del arábigo-. Él es muy carismático y ha logrado sacar mucha información.
    Ante tal situación, Carson resopló molesto: tanto hablar de Dean le estaba cansando, porque sabía muy bien que nunca llegaría a su altura; él no era tan galán, o tan comprador, ni mucho menos tan carismático. Pero justo en el momento en que iba a quejarse, María llevó la zurda hacia la diestra de él, y continuaron conduciendo en silencio.



¡A que no se lo esperaban! :D Jejeje, yo les advertí una vez que María Heraso se traía muchas sorpresas entre manos. Espero que les haya gustado... ¿me dejan un comentario? ¡Muchas gracias por pasarse! Nos estamos leyendo en el próximo artículo. ¡Éxitos!

Tags: literatura, drama, novela, misterio, policial

<@[email protected]> Comentarios:

Autor: Aldair_88
S?bado, 08 de agosto de 2009 | 5:25
Esto es mucho m?s grande de lo que imaginaba, la trama se va cerrando y se hace cada vez m?s interesante. ?Estupendo cap?tulo!
S?bado, 08 de agosto de 2009 | 18:53
Que buen cap?tulo!! Ya me imaginaba que Carson no pod?a estar tan alejado de la verdad, lo que me sorprendi? fue que conociera a Mar?a. Estupendo cap?tulo, ya se est?n aclarando muchos interrogantes
Autor: BlueBrain
S?bado, 08 de agosto de 2009 | 19:25
Excelente cap?tulo!! Hoy no pude leerlo, porque se me cort? la net, estaba desesperado pensando que me lo perder?a, pero al fin pude conectarme.
Que astuto que es Carson, a pesar que los brit?nicos tratan de mantenerlo al margen, ?l sabe como obtener la informaci?n. Excelente!!!!
Domingo, 09 de agosto de 2009 | 15:12
wowwwww me encantoooooo, al verdad este cap me sorprendio muchisimo, y aban se torna un personaje muy importante, la historia ha dado todo un giro y se puso emocionante de verdad, ya quiero leer el proximo capitulooo.
Domingo, 09 de agosto de 2009 | 22:09
Chicos, gracias por pasarse!! Me alegro mucho que les haya gustado el cap?tulo y todas sus sorpresas. Cada vez falta menos para que termine la historia, y se acerca lo mejor. ?Gracias por los comentarios!

 

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