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S?bado, 30 de mayo de 2009

Los Ojos Que Permanecen Cerrados - Parte III
~Ceguera~

¡Hola chicos! Aquí traigo otro capítulo de la historia, aunque alguna parte les puede parecer un deja vú, jajajaja. En este pude colocar algo más de las siempre eternas peleas de Crason y Prescott, porque simplemente adoro esa puja que tienen para ver cuál es el que porta la razón. Sin embargo, es otro capítulo que tira migajas que serán explicadas en la continuación. Espero que les guste y les pio disculpas por no haber publicado nada entre semana, es que estuve muy ocupada. Los dejo con la lectura, al fin:


“Lo que se considera ceguera del destino, es en realidad miopía propia”
William Faulkner


    Aban Carson se recostó contra la pared cuidadosamente azulejada en blanco, observando el lugar con detalle. Seguía siendo un espacio sin cultura ni precedencia, totalmente neutro y aburrido; a su izquierda estaba la puerta en la misma pared donde él estaba recostado, pero hacia delante estaba la hilera de piezas cerámicas con un gran vidrio que él no alcanzaba a dilucidar para qué era. A su derecha había otra hilera pero de lavabos, todos perfectamente colocados sobre una gran mesada de mármol gris, y hacia la mitad de esa pared y la del fondo, los escasos cubículos cerrados entre paredes y puertas desmontables en tono gris oscuro. Los claros ruidos poco agradables de algunas arcadas, salieron desde detrás de una de esas puertas, haciendo que el arábigo tuviera que contener una pequeña carcajada.
    Con calma y tranquilidad pasó la mano hacia el bolsillo, sacando un cigarrillo y llevándoselo a la boca. Lo apretó entre los labios, pero justo en el momento en que iba a encenderlo, un guardia de seguridad entró casi azotando la puerta, para después decirle que estaba prohibido fumar en los baños de los aeropuertos, para después señalarle el cartel rojo colgado en una de las paredes, que lo anunciaba claramente. Con desgano, y viendo que el recién llegado no se iba a ir, guardó el encendedor en su bolsillo, quitándose el cigarro de la boca y guardándolo cuidadosamente en el atado, para otro momento. Un nuevo sonido gutural salió del mismo cubículo que antes, y Carson volvió a marcar una sonrisa en su rostro, que se borró inmediatamente cuando torció la cabeza hacia la izquierda, sólo para ver que el guardia seguía observándolo fijamente.
    - ¿Ocurre algo? -preguntó extremadamente molesto, frunciendo el seño y mirando al hombre con su peor gesto de ave rapaz.
    - ¿Es usted Aban Carson? -el aludido asintió-. La Interpol les ha asignado una escolta especial porque cargan información importante, y debo acompañarlos -explicó seguido el guardia, para continuar-. Estaban tardando mucho…
    Aban soltó una pequeña carcajada, que retumbó en la habitación, justo cuando se escuchó el correr del agua de una de las cadenas de los cubículos, seguido del golpe de una de las puertas. Los dos hombres voltearon para ver que Prescott salía con la camisa desprendida unos botones, la corbata suelta, el cabello despeinado y la piel de un tono blanco enfermizo, cargando su saco en la diestra. Avanzó unos pasos ante la mirada atónita de su compañero, para luego detenerse ante él alzando la zurda y señalándolo con todos los dedos doblados, salvo el índice y el pulgar, de forma de ordenarle tácitamente que se quedara callado. Inmediatamente, Prescott volteó en dirección a los lavabos mientras Carson soltaba una pequeña risa, al saber que, nuevamente, el avión había descompuesto al psicólogo, obligándolo a bajarse casi corriendo para ir a los baños.
    Inclinado sobre el lavatorio, con sus manos en el agua, Monroe alzó la vista para poder ver a su compañero a través del reflejo del vidrio, asesinándolo con la mirada, para después volver a la tarea de buscar su cepillo de dientes y enjuagarse la boca, mientras decidía qué era lo que odiaba más: si los aviones, o los americanos; en ese momento, eran definitivamente los aviones. A sus espaldas, Carson continuaba sonriendo al pensar que estaba viviendo alguna clase de deja vú.
    El guardia continuó firme al lado del criminólogo, hasta que finalmente Prescott volteó con su peor gesto de odio, y el hombre repitió la explicación que le había dado al otro. Salieron del baño para encontrarse con el otro guardia que ya había recuperado los bolsos y maletas, cuando el celular de Aban comenzó a sonar insistentemente. Bajo la atenta mirada de los cuidadores, y el gesto de suplicio de Prescott -quien creía que su cabeza explotaría si escuchaba un segundo más esa música molesta-, Carson se sorprendió al ver que era una línea privada y segura, por lo que atendió a la brevedad.
    - ¿Aban Carson? -dijo la masculina voz al otro lado, antes de que el aludido pudiera decir algo-. Soy Wagner... ¿dónde se encuentran ahora?
    Al escuchar ese nombre, el americano se tensó, para luego darle la espalda al grupo, mientras comenzaba a caminar adelante, obligando a todos a que lo siguieran. Sin embargo, por dentro se sentía completamente halagado que lo hubieran llamado a él, y no al psicólogo.
    - Señor -habló rápidamente, con su gangoso acento del inglés-. Nos encontramos en el aeropuerto, señor.
    - De acuerdo -respondió, tras una pausa de unos momentos-. Descansen el resto del día, mañana a primera hora quiero un reporte completo donde muestren todo lo encontrado hasta este momento -otra pausa-. Envié una escolta de seguridad ¿los han encontrado? Ellos los llevarán al Dr. Monroe a su residencia, y a Usted a un Hotel.
    - Sí, señor…
    Pero sin embargo, las últimas palabras resonaron en el vacío, debido a que Wagner terminó la llamada antes de recibir la confirmación. Carson se alejó el teléfono de la oreja mirando la pantalla con un dejo de desilusión que supo ocultar muy bien. Continuó caminando hasta que llegaron afuera del aeropuerto, donde le explicó lo que el jefe les había dicho, para después subirse cada uno en un auto diferente, con los guardias siempre custodiándolos.
    Una vez en el coche, Prescott se relajó dejando su nuca apoyada sobre el asiento trasero, cruzando sus brazos sobre el pecho para cobijarse del naciente frío que comenzaba a acaecer, apretando el bolso de mano donde tenía los dibujos y la mayoría de la información anotada. Cerró sus ojos porque sabía que el trayecto a su casa sería considerablemente largo, y comenzó a pensar en todo lo que habían encontrado, en los detalles que no encajaban, y cómo podría llegar a explicar la situación. No comprendía por qué Clara podía ver dentro de Deiarell, si es que era cierto, ni tampoco encontraba una teoría a cómo había sido posible ver el personaje de Julia activo en ese mundo, aún cuando ella estaba en coma.
    Suspiró pensando que no iba a encontrar sus respuestas tan fácilmente, y se abandonó al sueño durante el resto del viaje.


    El sol comenzaba a despuntar en el horizonte, cuando el brillante Aston Martin azul marino de Prescott, se apareció en el estacionamiento del Empress State Building. Se detuvo al lado de la máquina controladora, bajando la ventanilla y acercando su mano para que detectaran la huella dactilar, seguida de la tarjeta con el permiso. Las puertas se abrieron y avanzó el coche lentamente hasta ocupar uno de los espacios vacíos, estacionándolo; tomó su maletín para después bajarse y bloquear las puertas, caminando hacia el ascensor donde dos guardias esperaban con mala cara: evidentemente, en los pocos días que había estado ausente, la seguridad había sido reforzada considerablemente. Tras enseñar su permiso una vez más, pudo ingresar subiendo directamente al piso donde habían sido establecidas las oficinas para esa investigación.
    Las puertas se abrieron dejando paso a los pocos que habían subido en ese ascensor, mas Prescott se detuvo a unos pasos de distancia, con la mirada fija en el escritorio que le habían asignado. Ahí, Carson se encontraba reclinado sobre la silla, las piernas cruzadas y apoyadas en la parte inferior del escritorio, la taza de humeante café en la diestra, y el cigarrillo en la zurda; en ese momento, movió el pulgar hacia la colilla, tocándola un par de veces, de forma que el movimiento hizo que todas las cenizas de la punta, se soltaran directamente sobre la mesa de madera, donde el cenicero se encontraba a unas pulgadas de distancia, completamente intacto. Prescott resopló mientras comenzaba a avanzar, mientras se preguntaba nuevamente qué era lo que odiaba más: los aviones o los americanos; en ese momento, decidió que eran los americanos.
    Llegó justo en el momento en que Wagner se había acercado al escritorio, ordenándole al criminólogo que limpiara las cenizas al recordarles que estaba prohibido fumar dentro de ese edificio, para después saludar amablemente a Monroe, recordándole que fueran a su oficina. El inglés correspondió al saludo viendo al jefe marcharse hacia su despacho, para después sonreír al encontrarse a Carson dejando todas las cenizas en el cenicero, mientras soltaba pequeñas maldiciones en un inglés demasiado gangoso que el psicólogo no alcanzó a comprender.
    Cuando terminó, Aban se puso de pie tomando su maletín y casi obligando a Prescott a seguirlo, al tiempo que se lamentaba por no haber terminado todo su café. Se detuvieron frente a la puerta de la oficina, donde Prescott golpeó anunciándose; una vez dentro ambos tomaron asiento y comenzaron una larga y tediosa exposición de todo lo que habían averiguado, las personas con las que hablaron, e incluso los dibujos y fotos que tomaron. Mientras hablaban, Wagener permaneció todo el tiempo acodado sobre su escritorio, con las manos entrelazadas en lo alto y la oarte baja de su rostro apoyada en ellas. Cuando finalmente la exposición terminó, relajó la postura manteniendo la mirada suspicaz, para echarse hacia atrás, recargándose en el respaldar.
    - ¿Y a quienes piensan entrevistar ahora? -preguntó, con una voz grave y reseca.
    Prescott suspiró, mientras le extendía las fotografías de dos niños, y un hombre mayor. El jefe las tomó, y comenzó a analizarlas, reconociendo a las víctimas.
    - Son tres personas de Londres. Él es Bryan Kreimer, de cincuenta y cinco años, dueño de un Café RV de la ciudad -dijo Prescott, señalando la tercera fotografía-, y ellos son los hermanos mellizos Sarah y Daniel Tanneur, de trece años. A Kreimer lo desconectaron de las máquinas hace ya un mes, porque estuvo más de un año en coma.
    - Es una elección interesante, sin lugar a dudas -respondió el jefe, mientras anotaba unos datos en un papel, que luego tendió a Prescott-. Después ve a hablar con esta persona, está trabajando en la sección de pruebas de Deiarell, y seguramente tendrá buenos aportes. Ahora largo de aquí.
    Los dos asintieron, para después ponerse de pie y salir silenciosamente, mientras Prescott observaba el nombre anotado en el papel, para después guardarlo en el bolsillo de su saco. Maquinalmente y en completo silencio caminaron hasta el ascensor, donde ambos se subieron marcando el segundo subsuelo donde estaba el coche del psicólogo, a quien la idea de llevar a Carson con él, no le agradaba demasiado. Llegaron a destino donde al abrirse las puertas del ascensor ambos debieron volver a mostrarles sus credenciales a los guardias, para después dirigirse hacia el auto. En el trayecto, Carson sacó la diestra del bolsillo del pantalón, llevándosela a la barbilla para rascarse, mientras le hablaba a Monroe:
    - Vamos a ver primero a la familia de los hermanos -comentó, casi ordenando-: me interesa mucho ese caso.
    Sin responder nada, Prescott se detuvo frente a la puerta derecha de su coche, mientras Carson esperaba para subirse por el mismo lado. Al percatarse de la situación, el psicólogo suspiró con fastidio mientras entornaba los ojos y le señalaba la otra puerta, sin querer mencionarle que ellos conducían por el lado izquierdo; abrió y la puerta y entró cerrando tras de sí, sólo para ver a Carson maldiciendo a alta voz, mientras rodeaba el coche para subir por el otro lado. Evidentemente, cada vez lo soportaba menos; y por eso mismo, el viaje de más de media hora lo realizaron en completo silencio, uno conduciendo y el otro queriendo recordar porqué se merecía el castigo de tenerlo a su lado.
    Las carreteras londinenses comenzaron a despoblarse a medida que se alejaban de la ciudad, hasta que un alto tapial surgió a la diestra de ellos, rodeados por una gran cantidad de árboles de un tamaño colosal. Carson observaba atento el repentino cambio del paisaje, hasta que se sorprendió al encontrar el coche detenido frente a la reja de entrada de una gigantesca mansión de campo, sin poder creer que eso se encontrara en la ciudad. Prescott bajó la ventanilla mirando hacia la cámara del intercomunicador, para mostrar su placa al mayordomo que lo atendía; se anunció como miembro de la Scotland Yard que participaba en una investigación de la Interpol, e inmediatamente las rejas se abrieron. Monroe se acomodó en su asiento, emprendiendo una lenta marcha por el camino principal, que cada vez daba la sensación de abstraerlos más de esa tumultuosa y agitada ciudad.
    - ¿Cómo pueden tener tanto dinero para mantener esto? -preguntó Carson, más para sí que para el psicólogo.
    - Pues… -el inglés suspiró- La madre de los niños es una diseñadora de moda muy famosa, y su esposo es un renombrado Ingeniero que ha hecho mantenimientos muy importantes en las obras históricas del país…
    Cuando hubo dicho eso, rodeó una fuente que dividía el camino en un círculo frente a la imponente casona. Al detenerse, el mayordomo le indicó a uno de los empleados que acomodara el vehículo, y Prescott le cedió la llave mientras el joven se subía, poniendo rumbo hacia la cochera privada de la mansión. Aban observó al empleado alejarse y después miró al mayordomo anciano preguntándose qué podía gustarle de esa vida de servidumbre; viendo que su compañero jamás comprendería las costumbres de una sociedad culta, Prescott negó con la cabeza mientras la mucama que tenía frente a él, comenzaba a guiarlos hacia la oficina donde los esperaban ambos esposos.
    La jovencita abrió las puertas, anunciándolos, y luego los dejó pasar. La habitación era amplia y espaciosa, con muebles del siglo XVI perfectamente mantenidos, molduras en las paredes y cuadros originales. El matrimonio se encontraba sentado frente a una pequeña mesa ratona, que estaba entre medio de dos sofás triples, uno de ellos ocupado por la pareja; ambos eran extremadamente delgados y altos, de cabellos oscuros, pero ella los tenía ondeados al tiempo que los del esposo eran bien lacios. Prescott caminó hasta ellos, haciendo un pequeño ademán con la cabeza en forma de saludo, para después sentarse junto a Carson en el sofá frente a ellos.
    - Queríamos hacerles unas preguntas sobre sus hijos mellizos, Sarah y Daniel -introdujo.
    Al oír esas palabras, la mujer suspiró inclinándose sobre la mesita para dejar la fina tacita de porcelana y el plato, sobre ésta. Después, se recostó nuevamente sobre el respaldar.
    - Nunca deberíamos haber contratado a esa mucama... -se lamentó la fémina.
    - ¿A qué se refiere? -inquirió Prescott, hablando con respetuoso interés.
    - Cuando los niños tenían cerca de once años, decidimos irnos de vacaciones pero tuvimos un accidente de tráfico cerca de Escocia -comenzó a contar el padre, en un pulcro acento-, desde ese fatídico día, ambos quedaron paralíticos. Como a ambos siempre les había encantado la tecnología, les compramos unas de esas máquinas para entrar a la realidad virtual, y las hicimos instalar por unos técnicos en una habitación, según las reglas; además, uno de los jóvenes de un Café RV venía a ayudarlos a los chicos dos veces por semana, y el resto del tiempo la habitación permanecía con llave.
    - Cumplían bien las normas de seguridad -agregó la mujer-: como dijo mi esposo, sólo jugaban dos veces por semana, dos horas y media cada vez. Jamás tuvieron problemas, hasta que por recomendación de mi suegra contratamos a esa mucama para que los asistiera en la vida cotidiana.
    Los dos esposos permanecieron en silencio, de la mano, mientras Prescott recordaba haber leído el incidente en el archivo. Sin embargo, quería escuchar su versión.
    - ¿Qué pasó entonces? -preguntó.


¡Lo siento! Mi resúmen dictaba que este capítulo terminaba aquí, jejeje. Espero que les haya gustado aunque sólo hay pequeñas pistas... estos dos hermanitos son de mis "casos" favoritos en la historia, junto con el de una francesita que vendrá más adelante. ¡Espero que les haya gustado! ¿Me dejan comentario? Por lo pronto, nos estaremos leyendo en el próximo artículo. ¡Éxitos!

Tags: literatura, novela, drama, misterio, investigación, policial

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Autor: Aldair_88
S?bado, 30 de mayo de 2009 | 6:21
me encant? este capitulo, se ve ke casi ni se soportan pero son porfesionales y por lo tanto los investigadores siguen trabajando juntos. Exvelente, quiero saber m?s sobre lo sucedido a los hermanitos.
Autor: BlueBrain
S?bado, 30 de mayo de 2009 | 7:07
ahora quedo con una intriga loca por saber que les pas? a los ni?os, me llama la atenci?n que tambi?n sean discapacitados, como Clara. Creo que eso es algo para tener muy en cuenta.
Muy bueno el cap., te salen cada vez m?s intrigantes
S?bado, 30 de mayo de 2009 | 15:51
wuow!!!! changos como va a terminar el cap ahi, me quede con toda la intrigaaa, muy buen capitulo me gusto mucho, aunq quiero saber mas!!! jejeje
S?bado, 30 de mayo de 2009 | 19:48
?Como me divierten las peleas entre Aban y Prescott! Me parece que hay m?s que el hecho de ser discapacitados, tal vez la forma en que llegaron a ese estado, en forma violenta. Espero la continuaci?n para seguir sacando conclusiones
Martes, 02 de junio de 2009 | 0:44
Hola chicos, muchas gracias por pasarse!! La verdad es que le han acertado bastante, pero no creo que lleguen a deducir el final tan f?cilmente, jejeje. Niisan tiene raz?n... o al menos, est? cerca de la raz?n. ?Gracias por los comentarios!

 

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