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Viernes, 08 de mayo de 2009

Los Ojos Que Permanecen Cerrados - Parte I
~Ceguera~

¡Buenas gente! ¿Qué tal? Al fin pude terminar el resúmen capítulo por capítulo de esta historia, y les comento que serán 21 episodioas, sin contar el prólogo. Muy contenta por eso, será un poco largo pero creo que vale la pena. Con respecto al capítulo de hoy, ya lo escribí tras una semanita de merecido ocio, así que creo que mi inspiración vuelve poco a poco (¿les conté que aprobé el final? jejeje), y cada día me divierte más la dupla de Carson con Prescott, porque el odio es mutuo. En fin, mejor no sigo llenando -como siempre- con mi palabrerío, y los dejo con la lectura.


“Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego”
Proverbio Árabe


    Prescott Monroe suspiró acodándose en la ventanilla del coche, mientras su mejilla derecha reposaba en el dorso de su mano. La indagación en la universidad de Arte no había llevado más que a resolver misterios parciales, que ahora habían acabado con las pocas pistas que quizás tenían. Le parecía ilógico tener que averiguar a indagar sobre un mundo paralelo, ajeno al propio, que era en realidad un juego de realidad virtual… donde jugaban demasiadas personas y que podía decirse que era tan complicado como el propio. Un nuevo resoplido escapó de su boca, mientras se mordía los labios, y Carson ladeó levemente los ojos para observarlo sumido en sus pensamientos.
    - El tema del tatuaje del dragón es complicado -confesó el criminólogo, intentando sacar algo productivo de esa nula entrevista.
    - ¿A qué te refieres?
    Carson soltó una imprecación mental, pensando que el inglés actuaba como un niño.
    - A cuál es el motivo que hizo que se lo hiciera la amiga, y no Julia -respondió con tacto-, además de que…
    - Eso lo aclaró Jazmín -interrumpió Prescott, aún mirando por la ventana-: dijo que la familia de Julia no se lo permitiría y por eso se lo hizo ella -hizo una pausa como si hubiera terminado de hablar, pero luego se enderezó, volviendo la vista al frente- Aunque…
    - ¿Te diste cuenta? -inquirió Aban.
    - Según palabras de Jazmín, la promesa era que Julia se haría ese tatuaje en Deiarell –concluyó el psicólogo, más animado-. Pero según lo que nos han dicho, esas son cosas que no se pueden hacer en ese mundo. Por lo tanto, o realmente logró hacerlo en Deiarell, o sólo Sebastian la dibujaba con esa marca.
    - Es probable. Pero si es la primera de tus opciones, entonces indicaría que hay una forma de saltearse las barreras de la realidad virtual.
    Prescott asintió, abriendo su computadora portátil en su falda, y revisando los archivos hasta encontrar la lista de nombres y direcciones a visitar durante el viaje. Ahora parecía que no todo había sido en vano.
    - Igualmente -concluyó Monroe- Nos conviene esperar a entrevistar a todos los que teníamos planeado, incluyendo al dueño del Café RV, para poder obtener más datos.
    Luego de la charla, decidieron que deberían comer algo antes de ir a entrevistar a la familia de Clara Safons. Para disgusto y sorpresa de Prescott, que no conocía la ciudad, Aban Carson lo llevó a comer a un local de comidas rápidas, donde sólo vendían hamburguesas, pizas y emparedados. Ya dentro del local, el psicólogo se sintió dentro de una piara cuando vio a su compañero acodado e inclinado sobre la mesa, sosteniendo la hamburguesa con ambas manos, y dando un bocado más grande de lo que el tamaño de su boca le permitía, haciendo que los aderezos quedaran en sus facciones; pero lo peor de todo, era que todas las personas del local comían de esa forma. Convencido de que se encontraba en una granja, cortó sus emparedados por la diagonal, y tomando una servilleta de papel, comió tomando de a una mitad de esa forma, para no ensuciarse ni mancharse. Durante el almuerzo, mientras el inglés se sentía completamente ofendido, Carson no pudo evitar divertirse con los finos movimientos del psicólogo, que seguramente le quitaban la razón de ser, a la comida rápida.
    Casi una hora después de que esa batalla de pruebas comenzara, volvieron al Cadillac negro que los aguardaba en el estacionamiento, y siguiendo las instrucciones que Prescott le iba marcando a través del GPS, lograron llegar a su destino. Eran ya las tres de la tarde cuando el coche se estacionó en un suburbio de clase media, muy similar al barrio de Sebastian; la casa era de dos pisos, construida con maderas escalonadas pintadas en blanco, y la puerta de entrada tenía una parte de vidrio, cubierta por una cortina tejida en lana blanca. Caminaron hasta la casa, subiendo la escalinata del porche y después enfrentándose a la puerta, cuando Aban le dijo al otro que él se presentaría primero por ser del FBI.
    Carson alzó la diestra y golpeó con el dorso de la mano, esperando unos segundos. Dentro de la casona se escuchó el chirrido de la puerta de un viejo aparador, seguido de un golpe metálico, y después pasos que se dirigían hacia la puerta. Un hombre de cabellos blancos, tez curtida y ojos celestes abrió la puerta, dejando la de tela mosquera cerrada, y la puerta de madera interna abierta sólo lo que la cadena de seguridad le permitía. Con el seño fruncido miró a ambos, y Aban Carson hizo un disimulado gesto a Prescott, que retrocedió unos pasos al ver que su compañero le decía que el hombre podía llegar a tener un arma; seguramente, una escopeta o similar, debido a los ruidos que habían escuchado. Haciendo movimientos lentos, el criminólogo abrió su saco quitando la placa que tenía, y se la mostró.
    - Señor Safons, soy el Criminólogo Aban Carson del FBI, él es Prescott Monroe de Scotland Yard -se anunció, como era obligatorio-. Queremos hacerle unas preguntas sobre su hija… ¿Podemos pasar?
    El hombre volvió a observarlos ora a uno, ora a otro, para después clavar la mirada en el arábigo-americano de nuevo, sin aflojar el gesto.
    - ¿Tienen orden de cateo? -preguntó, sorprendiendo al psicólogo que estaba detrás.
    - Venimos por una investigación de la Interpol -respondió Carson, molesto-. No es necesaria una orden de cateo.
    - Entonces déjenme sólo con mi dolor y mi pérdida -masculló el viejo, con una vos claramente dolida-. ¿No es suficiente verme sufrir, al saber que mi hija se dejaba usar tan burdamente? ¡Váyanse!
    Y cerró la puerta. Carson y Prescott quedaron en silencio, atónitos ante el comportamiento del hombre, pero después el primero comenzó a apretar los puños decidido a entrar por la fuerza, cuando Prescott lo detuvo, negando con la cabeza: no podían entrar por la fuerza, y tampoco podían solicitar una orden de cateo. A regañadientes caminaron de nuevo hacia el coche, y una vez dentro, Carson golpeó el volante con el puño derecho, soltando una imprecación. Prescott lo miró, y supo que seguramente sentía la misma impotencia que él, antes.
    - Al menos el hombre dijo algo interesante -anunció, y Carson volteó a verlo mientras encendía el motor-. Dijo “mi hija se dejaba usar”. ¿A qué se refería?
    Carson negró con la cabeza, volviendo la mirada al frente.
    - No lo sé -respondió pensativo, mientras comenzaba a conducir-. Deberíamos entrevistar al último joven -pausa-, ¿Alan, verdad?
    Esta vez fue Prescott quien asintió, y tras fijarse en la dirección, descubrieron que el GPS les indicaba que era a sólo tres cuadras de donde estaban, en el sentido de la calle. Hicieron el trayecto en completo silencio y expectativa, hasta que por fin se detuvieron frente a una casita modesta, de un solo piso, que estaba con todas las ventanas con persianas cerradas, y sin ruido alguno. Bajaron del auto caminando hasta el lugar, para golpear la puerta repetidas veces; lo extraño, era que tampoco se escuchaban sonidos desde el interior. En ese momento, justo cuando Carson estaba considerando voltear la puerta de entrada, una voz habló a las espaldas de Prescott y éste giró sobre sus talones, fijando la vista en una mujer anciana vestida con un batón, que tenía un bastón en la izquierda, y un perro caniche de diminuto tamaño, sosteniéndolo con la diestra. Prescott sacó su placa y se la mostró.
    - Soy miembro de la Scotland Yard, mi compañero es del FBI -se presentó-. Estamos haciendo una investigación para la Interpol, y queríamos hablar con los dueños de casa. ¿Los conoce? ¿Es pariente de ellos?
    La mujer negó con la cabeza, arrumando al perrito.
    - Soy una vecina de Alan y Dalton -anunció-. Pero no van a encontrar a nadie en la casa. Dalton, el hermano de Alan, está siempre en el Hospital desde el accidente de éste, y me ha dejado las llaves para que le riegue las plantas del jardín que su madre tanto cuidaba -comentó, entristeciendo el rostro-. Es una pena lo que le pasó…
    - ¿Sabe algo de sus padres? -interrogó Carson, más tranquilo, y caminando hasta quedar al lado de Prescott.
    - Su madre los abandonó luego de que nació Alan, el más chico, y su padre es un alcohólico empedernido que se duerme en los bares y que se ha desaparecido por meses completos -renegó la anciana, claramente disgustada-. Dalton crió a su hermano casi sólo, privándose de la universidad para que Alan pudiera ir, con una beca.
    Prescott le agradeció a la mujer que se dirigió hacia la casa, para después irse hacia el coche, mientras se preguntaba cómo era posible que a los archivos de la Interpol le hubieran faltado esos datos tan importantes. Una vez más con el Cadillac en marcha, decidieron ir al Hospital que estaba casi en el lado opuesto de la ciudad, y que les profirió una larga hora de viaje. Dejaron el coche en el estacionamiento del nosocomio, e ingresaron buscando a alguna recepcionista; una vez que la encontraron, Carson le mostró la placa haciendo siempre la presentación de rigor, y la enfermera comenzó a buscar en la computadora del mostrados, la habitación en la que estarían. Después, le avisó a una de sus compañeras que la relevara, para después hacerles una seña a los dos hombres para que la siguieran.
    Caminaron por largos pasillos blancos y llenos de personal médico que se desplazaba de un lugar a otro, hasta que entraron en un ascensor. Bajaron en el tercer piso, y volvieron a caminar por otro pasillo, deteniéndose al rato frente a una habitación que tenía la pared del pasillo vidriada casi en su totalidad. Dentro del lugar, había cuatro chicos acostados en las únicas camas, intubados por la nariz y la boca, con varios aparatos alrededor de cada uno, marcando los signos vitales, la presión y otros controles. La enfermera les abrió la puerta y les dijo que estaba el hermano de uno de ellos, Dalton Lescano, y luego de se fue. Prescott se adelantó seguido del americano, y observó al chico que estaba sentado al lado de la cama de Alan, sosteniéndole la mano y con la frente apoyada sobre ésta, sin haberse percatado de su llegada. Carson se adelantó enseñándole la placa y repitiendo por cuarta vez el mismo verso, que hizo que Prescott pensara que era la peor presentación del mundo, aún cuando él también tenía que usarla.
    - ¿Podemos hacerte unas preguntas? -inquirió Carson, y el chico se limitó a asentir.
    - Te preocupas mucho por tu hermano -dijo Prescott, con tacto, viendo cómo el joven apretaba la mano de Alan.
    Dalton sonrió, apretando más fuerte la mano entre las suyas. Aún sentado se notaba que era alto y esbelto, y los cabellos castaños un poco largos caían sobre su rostro cubriéndolo parcialmente, a lo que él ladeaba la cabeza eventualmente para despejarse la mirada. Tenía la piel blanca, un poco más rosada y vívida que la de su hermano, pero la nariz respingona, las mejillas delgadas y la mandíbula fina eran rasgos distintivos de ambos. Los ojos acaramelados del mayor se desviaron hacia el rostro de Alan, y luego volvió a mirar a Prescott.
    - Es normal -dijo-, porque somos hermanos pero yo lo crié… y porque siempre quise que fuera feliz, no que le pasara algo así. Además, con todos los problemas que ha tenido con Clara, y…
    Aban vio que el chico alzaba la vista hacia la fémina de cabellos dorados que estaba en la cama de la derecha de Alan, y recordó las palabras del viejo que no quiso dejarles hablar.
    - ¿A qué te refieres con problemas con Clara? -indagó.
    - Clara y mi hermanito eran amigos de la infancia, y siempre estaban juntos -suspiró, para luego mirar al hombre de rasgos arábigos-. Sin embargo, un día el padre de Clarita y ella estaban en el supermercado cuando entraron unos ladrones y la tomaron de rehén… ella sólo tenía diez años. En un tonto intento de escape le cortaron la cara, y sus córneas se desprendieron; ahí fue cuando quedó ciega -Carson se impacientó, y Dalton continuó con la misma melancolía en su voz-. Desde ese entonces su padre no dejaba que nadie se le acercara porque no querían que la usaran. Por eso mismo, mi hermano y Clara debieron ocultar que eran pareja.
    - ¿Tú lo sabías? -interrumpió Prescott, y el morocho asintió.
    - Ellos me lo contaron, y tenían todo mi apoyo: no hacían nada malo, después de todo. Sin embargo -continuó-, un día fue un vecino que era amigo del padre de Clara, y le dijo que los vio juntos y desde entonces siempre sospechó de lo que tenían.
    Prescott asintió recordando haber leído el incidente del robo en el archivo de la rubia, pero no estaba en conocimiento de los otros datos que el joven le estaba comentando; al menos así aclaraba a qué se refería el anciano que los había atendido. Pensativo, se llevó la diestra al mentón, meditando acerca de qué preguntarle.
    - ¿Y cómo era su carácter? De ambos… -volvió a hablar con su correcto acento británico.
    - Ambos eran muy buenas personas -sonrió-. Sufridas a causa de su existencia, pero siempre eran amables con todos y a sus amigos les daban amor incondicional… a pesar de cómo son las cosas en el mundo actual. Para mí eran la pareja ideal, además de que Alan sólo ayudaba a Clarita constantemente, y jamás la hubiera usado.
    - ¿Conocías a los otros dos chicos? -preguntó Carson- ¿Eran amigos?
    - Alan me contó que un día su universidad organizó una fiesta, y él invitó a Clara; ahí conocieron a esos chicos, Julia y Sebastian -los señaló-, y se hicieron amigos rápidamente. Un día, mi hermano llegó a casa diciéndome que Clara y Sebastian jugaban al Deiarell, y que le gustaría participar. Yo le dije que fuera, no creí que hubiera sido un problema, con todas las medidas de seguridad que había. Lo que más me extrañó, fue cuando volvieron de juegar -comentó, y los dos investigadores lo miraron-: Alan me había dicho que era un mundo bellísimo y muy extraño, pero que había comprendido por qué a su novia le gustaba tanto. Cuando le pregunté, me dijo que ahí, Clara podía ver.
    La voz del chico se quebró, justo cuando la puerta de la sala se abrió. Un médico delgado, de movimientos seguros y cabello dorado ingresó caminando con normailidad, e inclinó la cabeza ante Prescott y Carson, como si nunca los hubiera conocido. Prescott torció la cabeza al ver a su amigo Dean en ese lugar, con la bata blanca y el carnet de identidad de médico, y guardó silencio cuando se le acercó al chico.
    - ¿Dalton Lescano? -habló, ocultando su acento británico-. Soy Sean Penbar, neurólogo, y quería hacer una pruebas de rutina con tu hermano y los chicos. ¿Puedo…?
    Dalton asintió en silencio para que no se oyera su voz quebrada, e inmediatamente unas enfermeras entraron al lugar, llevándose a Julia y a Sebastian. Dean se despidió del joven, les dedicó una inclinación de cabeza a sus compañeros, y luego salió. En ese momento, Carson y Prescott intercambiaron una mirada de inteligencia, y tras agradecerle el tiempo y la predisposición a Dalton, salieron decididos a hablar con Dean.
   

¡Esto es todo! Siento que hace mucho que no me quedaba tan bien un capítulo, y espero que les guste. ¿Vieron que hay nuevas votaciones, referidas a esta historia? Me agradería mucho ver su opinión. Muchas gracias por pasarse, dejarme comentario, y nos estamos leyendo en el próximo artículo. ¡Éxitos! ¡Nos leemos!

Tags: literatura, novela, drama, misterio, policial, investigación

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S?bado, 09 de mayo de 2009 | 14:01
muy buenooo!!! me encanto este cap, realmente tubo de todo, me gustan mucho todos esos detalles q de apoco van hilando las historias de todos, me encanta como esta quedando la historia, realmente me gusta muchiiisimo.
Autor: BlueBrain
S?bado, 09 de mayo de 2009 | 17:54
excelente cap?tulo, estaba tan impaciente por leer la continuaci?n que ni bien llegu? prend? la PC. Esto se pone muy unteresante, las pistas sugieren mucho pero a?n falta aclarar algunas cosas, espero con ansiedad la continuaci?n
Domingo, 10 de mayo de 2009 | 13:09
me d? la impresi?n que esto es mucho m?s que un simple juego, pero como siempre me equivoco en las conclusiones apresuradas, espero leer m?s para poder penetrar en las intensiones verdaderas de cada uno. Muy bueno el cap?tulo, el suspenso aumenta en cada entrega
Autor: Aldair_88
Lunes, 11 de mayo de 2009 | 6:28
me encanta la mala opini?n ke tienen uno de otro, Alban y Prescott, pero se las guardan para hacer bien el trabajo. Muy bueno el cap?tulo, algunas cosas se van aclarando pero otras... se complican, ?excelente!
Lunes, 11 de mayo de 2009 | 13:35
?Hola! Much?simas gracias por pasarse, me alegro que les haya gustado el cap?tulo. La verdad es que se complica bastante la historia, y m?s hacia el final se van a atar todos estos cabos. ?Muchas gracias por leerme! ??xitos!

 

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