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S?bado, 25 de abril de 2009

No Todo Es Lo Que Parece - Parte II
~Espejismos~

¡Buenas! ¿Cómo están? ¡Aquí otro capítulo! Espero que les guste porque esto de las entrevistas me cuesta un dolor de cabeza redactarlo de forma en que quede medianamente conforme. En este capítulo hay muchísimas cosas interesantes, y espero que les gusten esos detalles. Les agradezco a todos sus comentarios, y aquí les dejo con la lectura:


“La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión persistente”
Albert Einstein


    El senador Rasse continuaba imprecando sobre su desprecio hacia la realidad virtual, cuando su esposa -que aún permanecía sentada en el apoyabrazos del sillón- se inclinó sobre él, rodeándole el cuello con sus brazos aún delicados, mientras le susurraba palabras comprensivas y tranquilizantes logrando, unos minutos después, que él se calmara. Pero luego de esto, la fémina giró sobre su cintura mirando hacia Carson, con un gesto desaprobatorio en el que fruncía su sensual boca y arrugaba el entrecejo.
    - Déjeme decirle algo, Sr. Carson -habló la esposa-: yo tampoco estoy de acuerdo con el horrible juego en el que participaba Julia y, desgraciadamente, me enteré de eso cuando me llamaron al trabajo desde un Hospital -suspiró, entrecerrando los ojos, y volvió a mirar al americano-. Si hubiera sabido de esto antes, se lo habría prohibido.
    Impertérrito ante la escena que hacían ambos esposos, Aban se inclinó sobre el respaldar de su silla, cruzándose de piernas y entrelazando sus dedos sobre las rodillas, para terminar de escuchar las palabras de la señora. No comprendía por qué un senador de los EEUU rechazaría así a su familia, cuando en realidad debía ser el modelo ideal del ciudadano… aunque quizás era precisamente por eso lo que hacía, evitando distorsionar una imagen que nunca había tenido; sin embargo, sus estudios de criminología le indicaban que si rechazaba tan fervientemente al Deiarell, entonces ocultaba algo al respecto. Pero de todas formas, no podían alargar más esa entrevista, o los Rasse sospecharían algo.
    Disimuladamente volteó hacia la izquierda, observando que Prescott volvía a guardar la lapicera en el bolsillo interior del saco, e intercambiaron una breve mirada. Luego de eso, Carson volvió a observar al matrimonio y, agradeciendo su tiempo y sus respuestas, se puso de pie seguido por Prescott, para después de oír la charla sobre las obligaciones americanas del senador, salir de la casa. Caminaron en silencio hasta el auto, cuando a unos metros de distancia Aban buscó el llavero entre sus bolsillos, y desactivó el bloqueo automático de las puertas al presionar un botón; pero para sorpresa del morocho, Prescott apuró el paso hasta llegar a la puerta, abrirla y sentarse dentro del coche rápidamente. Extrañado de ese comportamiento, rodeó el coche y se subió del lado del conductor; en ese momento, vio de reojo que el inglés mantenía algo entre sus manos, desde donde un pequeño cable lo conectaba con un auricular que tenía en el oído. Estirando el cuello, Carson observó el pequeño grabador con el que Prescott había registrado la conversación, y volvió la mirada al frente mientras encendía el auto y se odiaba a sí mismo por no haber hecho eso antes.
    - Los padres realmente no fueron de ayuda -suspiró Carson, hastiado y más para sí mismo, mientras comenzaba a circular.
    Al escuchar un murmullo, Prescott se quitó los auriculares y lo observó esperando que repitiera sus palabras. Luego de sentir el helado y filoso tono de voz del criminólogo, guardó nuevamente el grabador en el bolsillo de su saco.
    - Deberíamos ir a la Universidad e intentar con los amigos o conocidos de Julia -respondió Prescott, recordando un detalle en particular-. El senador mencionó que ella tenía amigos que no eran de su aprobación. ¿Se habrá referido a los otros tres que estaban con ella en el Café RC? -dudó unos segundos, y continuó- Aunque también podrían ser compañeros de la Universidad, y…
    La voz de Prescott se perdió en el vacío del silencio, opacada sólo por el ligero ronronear del motor del coche, cada vez que Carson lo aceleraba sin usar la caja automatizada. Subió su maletín a su falda, y abriéndolo, sacó la computadora portátil que colocó en su falda para encenderla y buscar los archivos que tenía preparados para usar. Los datos de Julia eran incluso mucho más extensos que los proporcionados por los padres, y la marcaba como alumna de la Universidad de Arte de California. Monroe se llevó la diestra al mentón, pensativo, sabiendo que si sus entrevistados continuaban tan poco comunicativos, no podrían lograr su cometido muy pronto; pero como fuera, tenían que conseguir los datos.
    - Es la Universidad de Arte de California -continuó al fin, mientras guardaba su computadora-. Pero creo que primero conviene entrevistar a la familia de Sebastian Deacon, que también estudiaba con ella y que quedó en estado de coma, y mañana ir a la Facultad.
    - Será lo mejor -asintió Carson-. Pero luego de almorzar.
    Prescott revoleó los ojos y se acodó en el vano de la ventana de la puerta, apoyando su mejilla en el dorso de la diestra, mientras observaba el paisaje. Sabía que seguramente terminaría en un local de comida basura, típicamente americana, pero mayor fue su disgusto cuando se encontró sentado en una mesa de un restaurante familiar, con Carson desenvolviendo su hamburguesa, y él limitándose a observar el plato de fideos que la mesera le servía. Tomó el tenedor plástico con su diestra, e hincando las pastas, las miró con desagrado mientras sentía el olor salado de la salsa aún caliente; resignado, pero no por eso menos orgulloso, tomó la servilleta y la expandió sobre su falda, mientras enrollaba los fideos en el cubierto para llevárselos a la boca. Sin embargo, todo se derrumbó cuando vio a Carson frente a él.     Acodado sobre la mesa e inclinado hacia delante, sostenía la hamburguesa con ambas manos, mientras mordía un bocado más grande que su capacidad de mordida, haciendo que los aderezos cayeran por el extremo opuesto del emparedado, hacia la endeble bandejita que contenías las aceitosas papas fritas. Esa simple visión, a Prescott le pareció asquerosa: la cultura americana iba más allá de su capacidad de comprensión.
    Ofendido por la vergüenza ajena que sentía, se levantó de la mesa aún sin terminar su almuerzo, para ir a sentarse en el coche, donde esperó a que Carson terminara de destruir la poca imagen que quedaba de él, y retornara. Al cabo de una media hora, Aban salió del restaurante con dirección al Cadillac negro, y al subirse no pudo ignorar el gesto de desaprobación y reproche que tenía Prescott; cada una de sus facciones parecía gritar a los cuatro vientos que lo consideraba un burdo ente que carecía de modales. Mas ante tal actitud, Carson resopló abiertamente, pensando en que un niño fino pero estirado, jamás comprendería los placeres de la vida, entre los cuales se hallaban comer una hamburguesa.
    Sin embargo, sabiendo que así no lograrían nada, Prescott se limitó a pasarle la dirección de la casa de Sebastian, viendo cómo su compañero asentía y comenzaba a conducir. Observando la ciudad de Los Ángeles, el psicólogo veía que los barrios cambiaban hacia una zona residencial de clase media, acabando con sus expectativas; pero finalmente, y al cabo de una larga hora de viaje, Carson estacionó en la acera contraria a la casa, en un barrio residencial medio. Monroe se bajó del coche dejando el maletín dentro, y se perdió en la observación de la casa, la cual era un típico ejemplar de arquitectura de clase media construida en madera color celeste, con dos pisos, un amplio jardín en la parte de adelante y un viejo coche rural frente al garaje; sólo faltaría el perro labrador, y la imagen del comercial se hubiera reproducido en la mente de Prescott.
    Mas cuando se adelantaron unos pasos, un pequeño canino color negro comenzó a ladrar en tonos agudos directamente a Prescott, el cual lucía como un gigante ante tan pequeña criatura. Él bajó los ojos para encontrarse con el labrador que había pronosticado y, para sorpresa de Carson, se desprendió el saco del traje y se agachó para acariciarlo, viendo cómo el animal se echaba en el suelo enseñándole el estómago al tiempo que meneaba la cola. En ese momento, una delicada voz femenina le llamó la atención al can, que se puso nuevamente sobre las patas y corrió desesperado hacia su dueña, que caminaba hacia la casa celeste. Prescott se puso de pie observando a una señora de aproximadamente cuarenta años, cabellos negros ondeados atados en un rodete, que vestía sencillamente con una pollera amplia floreada y una camisa beige, acercándose con dos bolsas de papel madera entre las manos.
    Al verla, Carson se acercó hacia ella y luego de cerciorarse que se trataba de la madre de Sebastian Deacon, le enseñó la placa del FBI e hizo la reglamentaria introducción sobre el motivo de su visita; para su sorpresa, la dama los saludó amablemente a ambos, para después invitarlos a pasar a la casa. Tras abrir la puerta, el pequeño can ingresó ladrando y corrió hacia el sofá donde se trepó para después sentarse, y luego entró ella, dejándolos en el living mientras acomodaba sus compras en la cocina. En esos minutos, Prescott se permitió observar el salón. No era un lugar demasiado amplio, pero las paredes estaban empapeladas en un tono beige con muchos cuadros de distintos estilos, y pequeñas estatuas o tallados étnicos que adoraban otras zonas; a la derecha del ingreso estaba el sofá doble con el can, y frente a éste se encontraban la chimenea, donde había libros apiladas en las estanterías que la bordeaban.
    Justo entonces, la señora volvió a llegar con tres tacitas de café en una bandeja, la cual dejó en la mesa ratona luego de echar el perro del sillón, indicándoles que podían sentarse y servirse el café. Agradecidos, los dos se acercaron hacia el sofá para sentarse en él, sabiendo ya las preguntas que iban a hacer; sin embargo, fue Aban quien comenzó hablando desinteresadamente, sabiendo cómo entrar en el tema, al preguntarle a la señora sobre el paradero de su esposo.
    - Es usted muy amable en preguntar -respondió ella, fregándose bajo los ojos para ablandar las fuertes ojeras que tenía-, pero él se encuentra trabajando ya que necesitamos mucho dinero para poder mantener internado a Sebastian, usted sabe… -hizo una pausa, y continuó- Además, recién vengo del Hospital porque en una hora es la misa en la Iglesia, y yo quería ir a rezar por él.
    Esas palabras hicieron que Prescott pensara que se trataba de una maníaca religiosa que detestaba el juego por las connotaciones sociales que tenía, por lo que se decidió a iniciar una conversación que pudiera darle detalles sobre la cultura de esa familia.
    - Veo que les gusta el arte en esta casa -comentó Prescott, ajeno, y la señora sonrió.
    - Sí, yo soy pintora y mi esposo también. Nos conocimos en una exposición de arte tradicional en una galería del centro de LA -explicó, con lo que el psicólogo pudo deducir que seguramente esa crianza había hecho que Sebastian se interesara por el arte. Completamente opuesto a lo que pasaba con Julia.
    - ¿Y usted estaba de acuerdo en que Sebastian estudiara Arte?
    - Por supuesto, Sr. –respondió ella, sin poder ocultar la sonrisa nostálgica de mirada triste- Desde pequeño le enseñamos a pintar y a dibujar con lápices, y él quiso hacer de eso su carrera. Sebastian siempre fue muy imaginativo, cariñoso pero amable… -sonrió de nuevo, y prosiguió- y cuando era pequeño, adoraba que le leyéramos cuentos de fantasía e historias de mundos medievales.
    Las últimas palabras hilaron algo en la mente de Prescott. Deiarell era casi un mundo de fantasía, ambientado en una época medieval, plagada de guerras y misterios; quizás era Sebastian quien estaba obsesionado con el juego. A su lado, Carson aprovechó el silencio para abrir su saco y tomar una foto de Julia Rasse que guardaba en el bolsillo y se la tendió a la señora, preguntándole si la había visto alguna vez.
    - Se llamaba Julia, si no me equivoco -asintió ella, devolviéndole la imagen-. Lo único que se de ella, es que estudiaba con mi hijo ya que ocasionalmente venía a la casa a pintar y a preparar los trabajos prácticos. Pero... -se llevó la diestra al mentón, pensativa, y agregó- también estudiaban con otras dos chicas, que eran primas o hermanas, no recuerdo bien.
    - Señora -interrumpió Prescott, ignorando la mirada de odio de Carson- ¿Usted sabía que Sebastian jugaba al Deiarell?
    Ella soltó unas pequeñas carcajadas al evocar los recuerdos de cuando Sebastian volvía y le contaba de sus aventuras en ese mundo, y no pudo reprimir una pequeña lágrima que resbaló por su mejilla sin que ella la secara.
    - Sí, lo sabía -afirmó-. Pero tampoco me molestaba porque mi hijo, en ningún momento, descuidó sus estudios por ir a jugar. Además siempre que volvía los domingos por la tarde, luego de su turno en el Café, su humor mejoraba ampliamente, seguramente por ir a descargar la tensión -Prescott fue a preguntar algo, pero ella continuó, interrumpiéndolo- Yo prefiero que él se descargara en esa realidad, y no que lo hiciera con alcohol, drogas o violencia.
    - ¿Sebastian le contaba lo que hacía en el juego? -inquirió Aban, y ella sonrió.
    - Sí, me contaba, pero no demasiado. Pero recuerdo algo que él me repetía una y otra vez: siempre decía que Deiarell tenía muchas cosas reales…
    - ¿Y a qué se refería?
    - No lo sé -respondió, ajena y perdida en un mar de recuerdos-. Nunca lo comprendí.
    Poco a poco, las palabras de la mujer iban tomando sentido en la mente de Prescott. Si Sebastian decía que ese mundo tenía tantos elementos de la realidad, no hubiera sido de extrañar que estuviera obsesionado con el juego. ¿Habría arrastrado a Julia, también? Aprovechando el silencio que se había dado mientras Carson y la mujer bebían su café, Monroe le preguntó si Sebastian vivía con ellos y al obtener una afirmativa, no dudó en averiguar si le permitían ver la habitación. La amable señora sonrió, y dejando la tacita sobre el plato, se puso de pie guiándolos por la casa. Caminaron hacia el lado opuesto del living, y después subieron por unas escaleras entablonadas en madera de pino, llegando a un pasillo en el primer piso donde había varias puertas a cada lado; al final a la derecha había una puerta blanca, y la mujer les indicó que pasaran primero. Aban se acercó primero, tomando el picaporte para hacerlo girar, adentrándose en la habitación.
    Dentro, el lugar era extremadamente simple. Un lugar cuadrado, pintado en blanco con la ventana en la pared opuesta y en diagonal a la puerta, la cama a la izquierda con la computadora frente al ingreso. A la derecha había un atril con un lienzo a medio pintar, y otros cuantos cuadros terminados y secos, apilados al pie de la cama. Sobre el escritorio de la computadora, había un cuaderno anillado de tapas verde, el cual tenía una hoja suelta, con una fotografía arriba de éste. Prescott se acercó mientras observaba todo, y tomó la foto con delicadeza luego de colocarse los guantes reglamentarios: eran Sebastian y sus amigos, los cuatro jóvenes afectados por el coma, en un parque de diversiones de la ciudad.
    Dejando la fotografía al lado del cuaderno, tomó la tapa y lo abrió sin moverlo de su lugar, y el primer dibujo que encontró, fue un boceto hecho a lápiz. Era una joven de cabellos negros en una pose surrealista, con el cuerpo casi de espaldas pero torneado desde la izquierda, de modo que el rostro podía verse desde tres cuartos de perfil, plenamente desde la zurda; lo extraño, es que vestía una especie de armadura y llevaba una espada en cada mano, mientras sus amplias alas negras se expandían por la hoja, con pequeñas plumas negras que decoraban el fondo. Pero lo que más le llamó la atención a Prescott, era el tatuaje que la chica parecía tener, bajo el párpado izquierdo: un minúsculo dragón cuya garra derecha parecía rozar el nacimiento de las pestañas. Sin dudar demasiado, sacó su celular, y le tomó varias fotos en diversos ángulos, además de una especialmente al tatuaje.
    Aban se acercó cuando Prescott pasó la hoja, y se quedaron observando el siguiente boceto, también hecho a lápiz. Esa vez, se trataba de una joven rubia de larga y lacia cabellera, que estaba sentada con las piernas en una hamaca de cadenas trenzadas, apretadas por las delicadas manos; tenía un vestido extraño, distinto a la armadura del anterior, el cual parecía una pequeña túnica, y sus ojos estaban pintados uno en color verde, pero el otro azul. Extrañamente, Carson señaló un detalle: los pabellones auditivos de la fémina eran alargados, terminando en forma de punta. Nuevamente le sacaron fotos a los dibujos, y continuaron observando el cuaderno, simplemente hallando paisajes o atardeceres, pintados sólo a lápiz.
    Al haber terminado el cuaderno, Prescott se detuvo en un hermoso cuadro que estaba colgado en la pared a la zurda de la cama; era un acantilado de verde césped y límpidos mares, donde brillaba un impactante ocaso, que oscurecía perfectamente las montañas. Mas había un pequeño detalle, que no pasó desapercibido a los ojos del inglés: en el cuadro, al borde del acantilado había una espada tirada en el suelo, que estaba rodeada por algunas plumas negras. ¿Tendría relación con el ángel de alas negras que había en el cuaderno?
    Unos golpes en la puerta les llamaron la atención, y cuando ambos voltearon, observaron a la mujer que les decía que debía irse de la casa para asistir a la misa por su hijo; obligados, ambos agradecieron la amabilidad y el café, para después salir de la casa. Ya en la puerta, Carson se detuvo unos segundos para preguntarle algo.
    - Señora -comenzó- ¿No planean desconectar a Sebastian?
    - No, jamás -fue la firme y segura respuesta-. No mientras haya esperanzas de que despierte.
    Él asintió, y sin más se encaminaron hacia el coche. En el trayecto, Prescott no podía dejar de pensar que se trataban de dos familias completamente diferentes y opuestas, que de no haber sido por la carrera de sus hijos, no tendrían relación alguna. Se subieron al Cadillac, y mientras Carson comenzaba a conducir, Prescott sintió la necesidad de saber la opinión de su compañero; al oír semejante pregunta, Aban comenzó a analizar lo que había visto en el día, llegando exactamente a lo mismo que Prescott había pensado: demasiados cabos sueltos. El tatuaje, las plumas, las espadas, los bocetos. ¿Serían algo relacionado con el juego?


¡Esto es todo! Aunque hay muchas cosas que aparecen ahora pero que se continuarán después, espero que les haya gustado. Estoy experimentando con esto de la intriga en las historias, pero espero que les haya gustado. Muchas gracias a todos los que se pasen, yles agradeco que me dejen sus comentarios. Nos estamos leyendo en el próximo artículo!! ¡Éxitos!

Tags: literatura, novela, drama, misterio, realidad, virtual

<@[email protected]> Comentarios:

Autor: Aldair_88
S?bado, 25 de abril de 2009 | 6:24
estupendo cap?tulo, ke distintas son ambas familias, Julia, casi olvidada por sus padres ke kieren terminar con todo y sebastuan tan kerido y a?orado por sus padres.
Los dibujos deben ser de lo ke recirdaba del juego. Me encant? la manera de pensar de cada unvestigador sobre el otro, jajaja, realmente apenas se soportan
Autor: BlueBrain
S?bado, 25 de abril de 2009 | 6:42
Muy bueno, me gust? cuando van a comer, cada uno trata de casar de quicio al otro. Esta familia es mucho m?s unida que la de Julia ?Qu? diferentes son!
S?bado, 25 de abril de 2009 | 15:43
realmente muy bueno el cap, hay algo en particular en las entrevistas q me llamo mucho la atencion, y creo q es muy importante ya veremos jejeje.

pues me gusto muchisimo. realmente de lo mejor. esta historia esta muy buena
S?bado, 25 de abril de 2009 | 17:35
Excelente cap?tulo, van surgiendo datos muy umportantes para ir teniendo en cuenta. Me encanta como planteas la "batalla" entre ambos compa?eros, para destacar uno sobre otro, pero para mi gusto se complementan muy bien.
Espero la continuaci?n para seguir con mis conclusiones
Domingo, 26 de abril de 2009 | 14:44
?Me alegro que les haya gustado! La verdad es que el d?o de Carson con Prescott se me hace muy divertido de escribir. Espero salir pronto de mi bloqueo a ver si mejoro un poquito... gracias por leerme chicos!!

 

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