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S?bado, 18 de abril de 2009

No Todo Es Lo Que Parece - Parte I
~Espejismos~


¡Hola a todos! Aquí traigo otro capítulo de la historia, a pesar de que me ha costado mucho escribirla. Estoy en un cuasi-bloqueo de escritor, y espero que mi mente se afine pronto, que aún no logro reunir el tiempo suficiente como para poder concluír el resúmen de la presente. Sin embargo, agradezco a todos aquellos que leyeron el drabble con el que participé en el concurso, y me alegro mucho de que les haya gustado tanto. Muchas gracias por leerme. Sin más, los dejo con el tercer capítulo de "La Línea del Horizonte".



“El presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza”
Llorenç Villalonga


    Los pisos de porcelanatto blanco se encontraban perfectamente lustrados y brillantes, al punto que casi le permitían utilizarlo de espejo; las paredes azulejadas en tonos grises con guardas más oscuras le daban un aire señorial y lujos. De forma rectangular y alargada hacia el frente, a la izquierda se encontraban los lavamanos sobre una fina mesada de mármol gris oscuro, que tenían espejos que llegaban hasta el techo; a la derecha, se encontraban los cubículos privados del baño también con las puertas y laterales en colores similares. El techo era muy lujoso, también, debido a que el ornamento se encontraba perfectamente moldeada en yeso y pintada en tonos blancos, al tiempo que las lámparas plateadas levemente ornamentadas, daban una sensación de calma. Sin embargo, Aban Carson estaba harto de analizar ese dichoso baño de aeropuerto.
    Suspiró molesto, mientras volvía a reposar su espalda contra la pared, descruzando los brazos para poder alcanzar el bolsillo de su saco y quitar de ahí un atado de cigarrillos, el cual inmediatamente abrió para poder tomar uno entre sus toscos dedos y llevarlo a la boca. Volvió el atado a su lugar, y buscó el encendedor para poder comenzar a fumar con tranquilidad; al cabo de unos segundos, tomó entre su índice y mayor el cigarro, y quitándoselo de la boca soltó una ráfaga de peltre humo que se esparció frente a él, mientras sonreía.
    Torció la cabeza hacia la derecha cuando escuchó una arcada, y luego distinguió perfectamente el sonido de un líquido vertiéndose sobre otro, seguido de un insulto de un purista acento británico, y nuevamente otra arcada; llevó el cigarrillo a su boca dándole una seca, y enderezó su cabeza cuando el ciclo de ruidos volvía a repetirse. Giró la zurda un par de veces y observó su reloj, pero tras enterarse que ya habían pasado quince minutos desde que habían bajado del avión, se acercó hasta un cesto de basura donde arrojó la colilla de su cigarro. En ese momento, escuchó el sonido del agua de la cadena de un cubículo, e inmediatamente la puerta se abrió, dejando ver al ocupante.
    Prescott Monroe empujó la puerta haciéndola resonar contra las endebles paredes, y caminó directamente hacia el lavabo mientras llevaba el maletín de mano en la diestra. Tenía el cabello despeinado y las pupilas altamente dilatadas, que ennegrecían por completo sus extraños ojos verdes; tenía el saco enrollado sobre el maletín, la camisa desprendida y la corbata floja, contradiciendo su habitual pulcritud. Con el seño fruncido dejó la maleta al lado del lavabo, la abrió y buscó un cepillo de dientes, para echarle la pasta blanquecina, y comenzar a asearse la boca con frenesí e incomodidad. Sin embargo, un poco más lejos Aban lo miraba fijamente al tiempo que en su interior recordaba lo gracioso que había sido ver al siempre correcto inglés bajar a los tropezones del avión mientras iba soltando coloridas imprecaciones, para finalmente encerrarse en el baño del aeropuerto. Pasaron unos minutos hasta que finalmente Prescott limpió su cepillo, y lo guardó dentro del maletín, para después hurgar ahí dentro hasta hallar una pastilla de menta, la cual deglutió mientras intentaba fingir que la sarcástica y burlona mirada del arábigo-americano no significaba nada para él. Después de todo, Monroe aún se encontraba en la duda acerca de cuál de los dos era el peor de los males: el americano, o los aviones.
    Al salir del baño Prescott pudo ver con detalles, por primera vez, el austero e internacional diseño del aeropuerto, la gente que caminaba hacia todos los sentidos y los guardias que patrullaban todo el lugar. No obstante unos pasos más adelante, su avance se vio detenido por dos hombres de musculosos cuerpos, cabellos cortos e impersonales gafas de sol, que lo observaban con detalle. Inmediatamente, los reconoció como los vegetales mononeuronales que habían sido designados como su escolta del FBI, y confirmó su teoría en el momento en que Aban Carson -aún con la impúdica sonrisa en su rostro- los saludó formalmente.
    Tras un breve intercambio de órdenes, Prescott y Aban fueron guiados hacia un coche que esperaba en las afueras del aeropuerto, ya cargado con sus maletas. El viaje no fue tan largo comparado al trayecto en avión, pero a sentir del inglés, mucho más tranquilo; no comprendía cuál era el atractivo especial que tenía Los Ángeles, ya observaba el mismo mundo de siempre: los autos de ruedas esféricas, los grandes edificios y el incontable gentío. Al cabo de más de media hora arribaron a un sencillo Hotel, donde habían sido alojados por los dirigentes de la investigación; Prescott tomó una de su valija antes que el botones se acercara, y luego se entretuvo en la recepción, hasta que finalmente consiguió las llaves de la habitación que debía compartir. Subió en el ascensor junto con Carson, y al bajarse caminó por unos largos pasillos de alfombrados pisos, hasta que llegó a la puerta de su habitación. Una vez dentro, pudo observar el reducido tamaño: los pisos eran de parquet y el cuarto tenía un baño privado y dos camas individuales, además de un pequeño escritorio al lado de la ventana.
    Monroe caminó inmediatamente hacia la cama más cercana a la ventana, e ignorando completamente la ronca y absurda voz de Carson, se sentó en el borde del colchón desabrochándose los zapatos, para después echarse sin siquiera aflojarse el pantalón. Poco a poco sintió su cuerpo relajarse, mientras su consciencia se evaporaba en pos del sueño que estaba llegando; mas de pronto, la voz de Aban habló, impidiéndole indagar en esa tranquilidad. Al no haber escuchado, se sentó en la cama clavando su peor mirada en el americano, al tiempo que le pedía que repitiera sus palabras.
    - Te pregunté si has pensado sobre el orden en que realizaremos las entrevistas –volvió a decir Carson-, porque vi que en el avión ibas revisando los archivos en tu laptop.
    - Sí, algo planteé… -fue la respuesta de Prescott, intentando olvidar su odio hacia los aviones-, pero no es nada en concreto. Creo que lo mejor sería entrevistar primero a Julia Rasse, luego a Sebastian Deacon, Clara Safons, y Alan Lescano. Decidí ese orden porque Julia y Sebastian eran compañeros de clase, y Clara amiga de la infancia de Alan.
    - ¿Piensas que esos pequeños vínculos podrían tener algún tipo de relación con el incidente?
    Prescott suspiró volviéndose a echar en la cama y cubriéndose con la frazada, aún sin quitarse el resto de la ropa.
    - No lo sé, pero es mejor seguir ese orden -respondió-. Luego sólo nos quedaría ir con el dueño del Café RV donde ocurrió el accidente, para obtener su punto de vista.
    Asintiendo a las palabras de su compañero, Carson comenzó a explicarle que a la mañana siguiente alquilaría un coche, y que dejaría a uno de los miembros del FBI cuidado su habitación por si debían dejar algo importante, al tiempo que terminaba de sacar las cosas de su maleta. Pero unos minutos después, al voltear, observó que Prescott ya estaba completamente dormido, y seguramente sin haberle prestado la mínima atención. Hastiado de la situación, Aban terminó de cambiarse y luego se recostó en su cama, apagando la luz. El colchón le parecía sumamente incómodo, pero no le impedía sentir que lentamente iba comenzando a soñar; sin embargo, muy pronto oyó sonidos de movimiento, y sus sentidos siempre alerta lo obligaron a sentarse en la cama listo para tomar el arma con la que siempre dormía.
    Pero contrario a lo que él esperaba, observó que Prescott lo estaba mirando desde el escritorio de la habitación, sentado galantemente con las piernas cruzadas, una taza de té en su diestra, y el archivo de Julia Rasse en la pantalla de su laptop. Aún sin comprender lo que ocurría, Carson volteó hacia el reloj que había dejado sobre la mesa de noche, enterándose con disgusto que ya eran las siete de la mañana, y la noche había trascurrido más rápido de lo que él necesitaba. Quizás los aviones también lo afectaban. Arrugó las cejas en su típico gesto de molestia, y volviendo la mirada hacia el frente observó la alegría y el desenfado en el rostro de Prescott, que lo molestaron aún más. ¿Es que acaso ni derecho a dormir tranquilo tenía? Lo odiaba, lo concebía insoportable.
    - Buenos días, Carson -saludó amable Prescott, haciendo que el aludido se frustrara al saber que por tratarlo de esa forma, no podría descargarse con él-. He terminado de estudiar a Julia Rasse, así que ya tengo decidido qué le preguntaré a sus padres y a sus hermanas.
    Un simple gruñido fue la respuesta por parte del americano, quien rápidamente giró hasta encontrar su teléfono celular para llamar a uno de sus agentes; grata fue su sorpresa cuando, al hablarle, encontré que éste había alquilado un auto para ellos, previsoramente. Momentos más tarde, ambos habían bajado al estacionamiento del hotel encontrándose con un lujoso Cadillac negro de formas agresivas y cortes rectos, que revivía el diseño new age de los autos de principio de siglo. Se subieron en el auto sin más discusiones que una mera orden por parte de Prescott, y saliendo del Hotel, comenzaron su recorrido por Los Ángeles.
    En el trayecto, el psicólogo le recordó cada detalle de la familia de Julia, haciendo énfasis en que su padre era senador del estado, su madre gerente de una empresa de modas, y sobre los estudios de sus dos hermanas. Carson parecía comprender todo lo que el psicólogo decía, mas en realidad iba perdido en el paisaje que cambiaba paulatinamente, aumentado el tamaño de las viviendas y los lujos que estas contenían. Casi cuarenta minutos después de iniciado el viaje, el Cadillac se detuvo frente a una considerable casona en el barrio residencial de alto nivel; era de tres pisos, pintada en blanco con el techo negro, rejas y alarmas, y un cuidado parque frontal de césped tan perfecto que parecía sintético. Estacionaron el coche, y bajándose sin olvidar ninguna de sus pertenencias, se acercaron hasta la puerta, donde encontraron un moderno portero; luego de presionar el botón de llamada, la pantalla se encendió mostrando a una joven mucama junto con una luz roja que indicaba que había una cámara filmándolos.
    Luego del saludo inicial, casi maquinalmente, Prescott y Carson mostraron sus placas de la Scotland Yard y el FBI respectivamente junto con las de la Interpol, para luego avisarle a la joven que necesitaban hablar con los señores Rasse. Minutos después, la misma mucama les abrió las puertas de la residencia acompañándolos hasta el living donde les rogó que esperaran unos segundos, para después marcharse haciendo una pequeña reverencia. Prescott se entretuvo observando las ampulosas escaleras, los cuantiosos cuadros y las caras alfombras del lugar, hasta que finalmente una silueta apareció en el marco de la puerta interior. El senador Rasse, un hombre de considerable barriga y rostro de político, se acercó saludándolos efusivamente al tiempo que se interesaba en tan curiosa visita.  Sin embargo, y casi inmediatamente, tras intercambiar unas sutiles y ambiguas palabras de presentación, los tres hombres cruzaron la sala por la puerta donde había aparecido el senador, llegando a la oficina del mismo. Una vez que estuvieron dentro, el hombre cerró la puerta y alzando uno de los intercomunicadores, llamó a su esposa, la cual bajó inmediatamente.
    Al entrar, Prescott no tardó más de diez segundos en formarse un perfil por las apariencias y movimientos de ambos. La mujer era morocha, de cabellos lacios y formas cuidadas, conduciéndose a sí misma con un tono de voz siempre pasivo y femenino; por otro lado, el senador mantenía la sonrisa confiada y el léxico amplio pero inconsistente, sin dejar nada librado a la imaginación del interlocutor. A simple vista, parecían un típico matrimonio de una adinerada familia, donde lo único que importaban eran los Martini de manzana y las galas nocturnas. La fémina saludó con un ademán a los recién llegados, para después rodear el escritorio sentándose al lado de su esposo, sobre el apoyabrazos de su sillón. Inmediatamente, Prescott agradeció mentalmente que la mujer hubiera llegado, porque así la tediosa charla sobre política americana que Aban Carson había mantenido con Rasse, acabaría.
    - Y ahora que ya ha llegado Gracia -dijo el senador, refiriéndose a su mujer- ¿A qué debemos el honor de su visita?
    Tomando un segundo para respirar, Aban hizo un ademán dejándole en claro a Prescott que él comenzaría a hablar.
    - Estamos participando en una investigación de la Interpol, y nos encontramos estudiando el accidente en el Café RV donde, infortunadamente, su hija Julia se vio involucrada -respondió en un tono amable que Monroe jamás hubiera imaginado que el americano pudiera emplear-. Sin embargo, le ruego mantenga discreción sobre el asunto.
    - Si no les molesta, quisiera hacerles unas preguntas -agregó Prescott, pasando su diestra hacia el bolsillo de su saco, de donde retiró una lapicera de punta pluma, con la que comenzó a jugar entre los dedos-. ¿Cómo era la personalidad de Julia? -continuó.
    - No podría darles una respuesta concreta -fue la primera respuesta del senador- debido a que ambos estamos muy pocas veces en la casa, y ella generalmente era expresiva. Sin embargo, puedo asegurarles que Julia no tenía ideas correctas, habiendo decidido estudiar arte a pesar de que era una carrera completamente inútil… carente de prestigio.
    Al oír esas palabras, Carson respiró indignado irguiéndose en la silla, dispuesto a realizar una pregunta, pero pronto sintió que el pie del psicólogo lo pisaba considerablemente, y comprendiendo sus intenciones, guardó silencio mientras volvía a odiarlo mentalmente.
    - Sepan disculpar mi atrevimiento -inquirió el inglés, con delicadeza-, ¿pero no deberían estar con su hija en estos momentos? Si no me equivoco, ella está internada y es mantenida con vida debido a varios equipos…
    El rostro del senador se tensó visiblemente, perdiendo toda política sonrisa, hasta que su seño se frunció considerablemente. La mujer giró sobre su cintura para acariciarle las manos rogándole que se calmara, y luego ella alzó su mirada hacia Prescott, decidida a explicarle.
    - Es innecesario -respondió-. Nosotros siempre dijimos que ese juego era el camino más directo a la perdición, y como ella no va a despertar más, tenemos que esperar un año para poder desconectarla de los aparatos. Por lo que nos respecta, Julia ya ha muerto.
    Anonadado por la respuesta, Prescott guardó silencio para evitar titubear al hablar, pero Aban no se pudo contener. No comprendía cómo un correcto senador de su país, podía comportarse así.
    - ¿No les parece inadecuado ese comportamiento? -interrumpió el miembro del FBI- Deberían estar con ella.
    - Al contrario -enfatizó el senador, una vez más-: desde el día en que Julia decidió estudiar Arte, sumado a sus amigos de baja categoría, dejó de ser nuestra hija. Continuaba viviendo aquí debido a mi trabajo, y las noticias que hubiera acarreado que se fuera.
    Un nuevo e incómodo silencio se creó en la oficina, y nuevamente Aban fue quién reaccionó, realizando una pregunta que Prescott estaba deseando hacer.
    - Y con respecto al juego -introdujo- ¿Sabían que Julia jugaba al Deiarell?
    - ¡Por supuesto que no! -Rasse se encontraba fuera de sí- ¡Si lo hubiera sabido, se lohabría prohibido! Ese juego es un vicio, es un panal de locos y fanáticos que se abstraen de la vida. Una junta de improductivos que contribuyen a la decadencia de Norteamérica. Además…
    Pero en ese momento, Prescott dejó de prestarles atención, mientras volvía a guardar la lapicera en el bolsillo de su saco. Ahora comprendía por qué Julia hubiera querido tener una salida, habiéndola buscado en Deiarell; pero aún así, no podía encontrar una característica especial que la ligara detalladamente a ese juego.


Esto es todo por hoy. Muy pronto las cosas comenzarán a enredarse en estas entrevistas. De todas formas, les agradezco a todos los que lean y me dejen comentario, ya que sus opiniones siempre me animan a seguir escribiendo. Ya es tardísimo, y su zombie escritora se despide atentamente... al menos, por este artículo. ¿Probaron los comentarios rápidos? ¡Éxitos! ¡Nos estamos leyendo en el próximo artículo!

Tags: literatura, novela, drama, misterio, psicólogo

<@[email protected]> Comentarios:

Autor: BlueBrain
S?bado, 18 de abril de 2009 | 6:07
Me divierte la tensi?n entre ambos compa?eros de trabajo, pones muy en claro las diferencias pero creo que a pesar de todo se complementan muy bien. Me gust? este cap?tulo, el inicio de las entrevistas, pinta como muy unteresante para sacar conclusiones
Autor: Aldair_88
S?bado, 18 de abril de 2009 | 6:40
Me llam? muchisimo la atenci?n la reacci?n desapegada de los padres de Julia, pienso que el padre tal vez tenga algo que ver con el Deiarell.
Me atrapa esta historia futurista, espero que puedas solucionar tu problema de tiempo.
Me encanta la dupla detectivesca, son muy distintos pero se complementan muy bien
S?bado, 18 de abril de 2009 | 19:37
me encanta la pareja que hacen estos dos, son completamente distintos, cada uno piensa que el otro no sirve para nada, pero juntos son dinamita jajajaja, la trama se est? poniendo interesante, espero m?s entrevistas
Domingo, 19 de abril de 2009 | 20:29
me gusto mucho la historia, y estas entrevistas realmente ayudaran a debelar la trama, ya quiero saber mas sobre los perfiles de los jugadores.
Domingo, 19 de abril de 2009 | 20:41
Muchas gracias por pasarse!! La verdad es que en este cap no pasaba nada demasiado interesante, pero ya comienzan poco a poco los dramas. Espero que les haya gustado, y gracias por sus comentarios!!

 

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