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Mi?rcoles, 09 de julio de 2008

¡Al fin! Llevo un mes y una semana tratando de terminar este OnShoot! Les comento que este también está dedicado, y por otro lado, los "personajes" que aparecen en el mismo, no son de ficción cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia ya que la persona que narra soy yo! Yey! En fin, basado en hechos reales, testeado por una amiga, aprobado por mi madre... Les dejo con este OneShoot titulado "Rojo vs. Azul".


Nombre: "Rojo vs. Azul... porque sólo es el fuego en contra del mar"
Autora: yop, ThunderGirl_vw
Género: comedia ¿dramática? Nah... creo que sólo comedia, y la primera que escribo.
Dedicatoria: principalmente, para mi mamá por soportar a esta familia de locos (entenderán el porque al leer el Shoot), y para  mi papá por sus locuras.
Agradecimiento: a mi amiga Aldair por haber leído la primer parte y darme ánimos para que lo publique!
Música: nada para este tampoco... T_T


“…porque sólo es el fuego en contra del mar…”

“Tú eres rojo como el fuego, y él es azul como el mar.
Me gusta el fuego…
pero nunca voy a olvidar el mar,
ni tampoco lo voy a dejar de querer”

    Estoy acostada en mi cama, de lado, con el brazo izquierdo bajo la almohada, y la tonelada de frazadas que uso, cubriéndome incluso la cabeza. Bruscamente, el celular comienza a sonar cada vez más fuerte sobre mi mesita de luz, y estiro perezosa mi mano, para tocarle los botones laterales, y apagar la pérfida alarma que me ha despertado de un sueño magnífico.
    Sin embargo, mi mente comienza despertarse.
    Siento que mi mejilla izquierda, aplastada contra la esponjosa almohada, está mojada. Me incorporo lentamente, sólo para ver una creciente mancha húmeda en la misma, y para luego secar, con mi dedo pulgar, el hilo de saliva que cae de mi boca.
    “Increíble” pienso, y mi sonrisa delata mis pensamientos. “Casi veinte años y aún duermo con la boca abierta y babeo como un bebé”.
    La sonora alarma comienza a inundar con su polifónico eco mi habitación, y rápida y maquinalmente, emprendo la tarea de apagarle todas las alarmas que le había puesto al celular, no sin antes maldecirlas, como es mi habitual costumbre.
    Miro el reloj: las 15:07… Voy a tener que apurarme si quiero llegar a tiempo.
    Salgo de mi habitación y cruzo hacia el ante baño, donde dejé preparada la plancha para el pelo, y varias hebillas. La enchufo con desgano para que se vaya calentando, y tras lavarme los dientes, comienzo la guerra contra mi cabello de tonos cenizas bastante indefinido, para terminar media hora después, y con un lacio perfecto que indica que yo he ganado.
    Aún en pijama, me acerco hacia la escalera, tras escuchar sonidos provenientes de la planta bajan, que indican que mi padre está abajo. Me asomo escondiéndome de la ventana, sólo para preguntarle en voz alta si recuerda que yo lo había pedido que me espere, que quiero ir con él.
    - ¿Te acordás que te pedí que me esperes? –pregunto desde la escalera.
    - Si… -escucho su cansina voz bastante lejana, lo que indica que, al igual que yo, no tiene intenciones de moverse para entablar una conversación normal- El abuelo pasa a buscarnos a las cuatro…
    - Me esperan ¿Si?
    - Te espero… -contesta lejano.
    - Me cambio y bajo… -respondo- ¡Esperame!
    - Te espero…
    - En serio te digo… ¡Que me esperes!
    - ¡Si te espero, andá a cambiarte!
    Río porque repito esta rutina todos los días, y me encamino hacia mi dormitorio nuevamente, mientras escucho que él se dirige hacia la cocina.
    Entro en la habitación y dejo la puerta abierta, porque no hay nadie en la planta alta de mi casa, excepto por mí. Abro el placard y selecciono un jean color azul petróleo gastado, con la parte delantera prelavada, y unos detalles más oscuros en los lados. Lo desdoblo y me siento en la cama mientras estiro una pierna para comenzar a vestirme, tras sacarme el penoso pijama.
    Estoy deslizando una pierna por el pantalón, y escucho una ansiosa bocina de auto que resuena desde la calle, y posteriormente varios timbrazos casi nerviosos, que anuncian algo que vengo temiendo. Miro el reloj: 15:45.
    - ¡No puede ser!
    Evidentemente puede y lo es. Corro a los tropezones hacia la ventana, mientras termino de colocarme el jean, para correr levemente la cortina, y observar el auto plateado brillante como la luna de mi abuelo, lo que indica que este ha llegado antes de lo previsto.
    - Típico… -murmullo.
    Vuelvo a mi habitación y termino de vestirme con una remera beige con elástico en la cadera, que tiene unas impresiones de mariposas y algunos brillos. Selecciono con cuidado un par de aros color chocolate que hacen juego con la misma un collar con mi nombre, y dos pulseras que me termino de colocar mientras vuelvo al ante baño, para terminar de peinar, y maquillarme como me gusta.
    Cinco minutos después del arribo de mí abuelo a mi casa, bajo hacia la oficina, sólo para encontrarlo sentado muy impaciente frente al escritorio de mi papá quien, con estudiada tranquilidad, y mal disimulados nervios, habla por teléfono.
    - ¿Vos también venís? –pregunta mi abuelo, quien no deja de jugar con los dedos, para descargar tensión.
    - ¡Por supuesto! -refuto, mientras me acerco y le planto un sonoro beso en la frente- ¿O es que me iban a abandonar?
    Aprovecho para mirarme en el espejo que tiene la oficina, y que no es más ancho que cuarto metro, pero va del techo al piso, medida ideal para cerciorarme que estoy perfecta y que la ropa que elegí me queda bien.
    Comienzo a hablar con mi abuelo, mientras sostengo mi celular en la mano, y espero que mi papá deje de usar el teléfono. Cuando este termina, nos pide un momento, y se va a fumar un cigarrillo para descargar la tensión.
    Me disculpo con mi abuelo, y tomo el teléfono inalámbrico, y llamo a la casa de mi abuela. Disimulando con quien voy a hablar, me dirijo al garage, y observo ese hermoso coche azul violáceo, de deportivas formas y que tanto me gusta.
    - ¡Abuelita! -saludo en voz baja- Ya llegó el abuelo... y papá lo hizo esperar.
    - ¡Este hombre! -se queja ante la irremediable actitud de su esposo- Hace tres días que no duerme por los nervios, lo que le causó una indigestión. Encima… -habla demasiado rápido, y alcanzo a entender la mitad de las cosas, mientras cato con la mirada la zona, rogando que ni mi papá ni mi abuelo diluciden con quien estoy hablando- ¡Se fue a bañar a las dos y media! -vuelvo a conectarme en la conversación- ¡Es un exagerado!
    - Está muy nervioso… los dos están nerviosos… -comento observando que mi papá volvió a la oficina, tras fumarse algunos cigarrillos- Zule… -siempre la llamo por el nombre- Te voy dejando que no quiero que me dejen atrás…
    - Bueno… ¡Después se pasan por acá! -refuta a voz en cuello, y me veo obligada a alejar el teléfono de mi oído- ¡Que yo también quiero verlo!
    - Sí, abuela, si… -respondo mientras me cambio el teléfono de mano, y vuelvo a la oficina- ¡Nos vemos!
    Coloco el inalámbrico en su soporto, y veo que mi papá ahora se ha encerrado en el baño, y mi abuelo revisa nervioso unos papeles que tiene en su portafolio de mano. Suspiro ante la escena y me rió de los acontecimientos, justo cuando me percato que mi abuelo me enfoca con sus ambarinos ojos verdes, con un gesto de intriga.
    - ¿Con quién hablabas? –me pregunta, para iniciar una conversación y disimular sus nervios.
    - Con una amiga de la facultad… -miento, porque no quiero que sepa que hablaba con mi abuela de él.
    Escucho que una puerta se corre tras de mí, y observo a mi papá salir con estudiado porte de autocontrol, y acomodar algunas cosas sobre su escritorio, para luego apagar la luz y tomar las llaves de la casa.
    - ¿Vamos? -le pregunta a mi abuelo.
    No hay contestación, ya que cual alma que lleva el diablo, mi abuelo se para con una agilidad sorprendente que desmiente por completo su edad y la artrosis de su pierna, para dirigirse hacia la pesada puerta de vidrio que abre como si se tratara de una pluma, para dirigirse con velocidad hacia el plateado auto, no fuera cosa de que el lugar de destino se moviera, y él se quedara atrás.
    Sonriendo por al escena, observo cómo mi papá se dirige velozmente tras las huellas de mi abuelo, así que apuro mi paso entre risas, y cierro la puerta de casa, aún riendo por la mirada de mi padre que dice, mudamente, que me apure, que quiere llegar a destino ya.
    Pienso en la escena que mi madre se está perdiendo por haber ido a cubrir el turno de mi papá en el trabajo, y me asomo en el auto de mi abuelo. Es un Gol de la primera versión, brillantemente plateado con defensas grises oscuras, y una pequeña línea roja que acentúa esa forma deportiva que tanto me gusta.
    Es una coupé, porque lo que miro por la ventana trasera para descubrir que casi no hay espacio para que me siente, porque como es su habitual costumbre, mi abuelo ha dejado un montón de cosas sobre el asiento trasero. Mi papá me sostiene la puerta abierta, mientras yo levanto el asiento delantero con una perilla que tiene, y me siento en el escaso espacio, mientras con la mano derecha tiro el asiento hacia atrás para volverlo a su lugar.
    Mi papá se sienta adelante, y ni bien cierra la puerta, mi abuelo aceleró descaradamente, para salir de mi casa dejando huellas. Miro el velocímetro y veo como aumenta insensatamente. “¡Mentira que quiere llegar rápido!” pienso, y saco el celular para escribirle un mensaje de texto a mi mamá, y contarle el estado de nervios absolutos en el que se encuentran los dos.
    Minutos después me contesta con otro mensaje que tiene una carita que se mueve en estado de crisis, y algún otro comentario al que no le presto demasiada atención, por haberme tentado con la carita.
    Siento como mi papá me observa mirando por el espejo lateral, y le hago un gesto para que no se preocupe, mientras me sumo a la charla de anécdotas de conducción de la familia.

   
“Con la lluvia pintada de azul […]
Azul, como el mar… azul […]”.


    Mi abuelo conduce por la ciudad pero, extrañamente, no esquiva los pozos en las calles, pasa las lomadas a mayor velocidad que la habitual, y las manos le tiemblan cuando hace los cambios. “¡No es para tanto!”.
    Pero evidentemente lo es, ya que al querer estacionar a cuarenta y cinco grados, acelera por demás, y sube el auto al cordón de la vereda. Me inclino hacia la izquierda y veo que está tenso, seguramente pensando en la que se acaba de mandar.
    Disimuladamente coloca marcha atrás, y deja bajar el auto, para luego detenerlo con el freno de mano, y comenzar a buscar las cosas para descender. Mi papá se baja y me corre el asiento para que yo descienda, pero me entretengo tratando de alcanzarle el portafolio de mano a mi abuelo, que con la llegada sus nervios se han incrementado exponencialmente.
    Finalmente me bajo, corro el asiento, y cierro la puerta, para ver que mi abuelo ya está cruzando la avenida casi con desespero, y mi papá me está esperando en el cantero central.
    Recordando que debería estar en mi casa estudiando para el parcial que tengo en dos semanas, avanzo hacia donde está mi padre, y elevo mis ojos para perderlos en los dos grandes logos de la consecionaria: el de Ford a la derecha y el de VolksWagen a la izquierda.
    - Dale, cruzá…
    Las palabras que pronuncia mi papá me traen a la realidad nuevamente, y cruzo maquinalmente la avenida, recordando que en ese mismo estacionamiento, casi un año atrás yo había visto un Dodge Stealth color azul que me había inspirado para escribir una historia.
    Entramos en el salón de exposición de VolksWagen, y mientras veo que los dos se van a hablar con uno de los vendedores, me pierdo mirando un Vento que con su largo imponente, reclama toda la atención para sí. En eso, mi abuelo se acerca y comienza a inspeccionar el auto, mientras mi papá sigue charlando con uno de los vendedores.
    - Vamos al lado de Ford… -me dice- …así buscamos los papeles.
    - Ok… -acoto, y volteo para mirar a mi abuelo que se acaba de subir al Vento para inspeccionarlo desde adentro- ¿Vos te quedás acá?
    - Si, si… -me responde, mientras sigue mirando el coche- Vayan que los espero acá…
    Salgo caminando atrás de mi papá, tratando de seguirle el paso, ya que los quince centímetros de altura que me saca, sí hacen diferencia en el largo de nuestros pasos. Lo alcanzo cuando me sostiene la puerta del salón de Ford para que yo pase, pero vuelvo a quedarme atrás al mirar un Mondeo negro que luce imponente en la parte delantera del lugar.
    Levanto la vista, y apuro el paso nuevamente, para subir unas escaleras y seguir a mi padre hacia el registro. Me apresuro mientras observo la cantidad de oficinistas que están en el primer piso, para luego frenarme en seco cuando la mujer que nos venía guiando, nos pidió que esperáramos afuera de una oficina.
    Comienzo a hablar con mi padre, quien camina en círculos tratando de matar los nervios de alguna forma, haciendo que yo piense que de tanto caminar por el mismo lugar, va a trazar un surco.
    Contesto sus preguntas sobre mis estudios en la facultad, al tiempo que elimino algunas fotos viejas de mi celular, para poder tomar una nueva, ya que este es un momento que quiero inmortalizar en una foto.
    Finalmente, y para alegría de mi padre, la espera se ve concluida y lo hacen pasar a la mínima oficina. Se corre y me hace un ademán para que yo entre, cosa que hago, pero ni bien una de las oficinistas empieza a llenarlo de papeles, salgo hacia el hall donde estaba antes, para continuar esperando.
    Al cabo de unos minutos sale con unos papeles en las manos, y nos dirigimos hacia la parte principal de las oficinas, donde nos piden que esperemos unos minutos más, que pronto nos atenderán.
    Me permito abstraerme en la panorámica de las oficinas que tengo desde donde estoy ubicada, y dejo que mi mente vuele imaginándome en mi futuro laboral, cuando haya terminado la universidad.
    Giro mi rostro y enfoco a mi papá. Está parado con la espalda extremadamente derecha, las piernas un poco separadas, y se encuentra leyendo los papeles. Con el cabello corto y negro, pocas canas blancas delatan que llega a los cincuenta; usa bigotes que parecen cobrar vida con cada gesto que hace, y tiene los ojos verdes más asombrosos que he visto.
    Escucho unos pasos acercándose, y veo como una rubia oficinista se le acerca, no sin antes aprovechar la oportunidad y mirar a mi padre que, absorto en su lectura, no parece percatarse de que el mundo sigue girando.
    Arqueo una ceja en un ademán que le indica a la mujer que yo sí me di cuenta de la mirada que acaba de echarle a mi papá, y ella, incómoda, nos dirige hacia otra oficina, donde le dan las patentes, y unos manuales y otros libros, para luego volvernos a pedir que nos sentemos donde estábamos.
    Me siento al lado de mi papá que ojea el librito y la tarjeta verde, para arrebatarle de las manos los dos llaveros de cuero con unas plaquitas de metal, que le acaban de dar.
    - ¡Están lindos! -comento, en voz baja- ¿Los vas a usar?
    - Si… porque como alguien no me acompañó a la carrera este año… -contesta irónico, refiriéndose a que este año no pudimos ir a la carrera de TC2000 en mi ciudad, porque yo estaba estudiando- …no tengo ningún otro llavero que usar.
    - ¡Que malo! -quiero hacer cara de víctima, pero hay mucha gente alrededor y no quiero hacer el ridículo- ¿Qué es eso? -pregunto señalando una calcomanía que hay entre las dos patentes que sostiene entre las manos.
    - Es un permiso… -comenta, y empieza a explicarme, para luego rematar- No lo pienso pegar, así que lo voy a guardar con los papeles…
    - ¿Por qué no lo vas a pegar? -¡Dioses! ¡Veinte años y no recuerdo el porqué de tan inconmensurable hecho!
    - Porque va a arruinar el vidrio…
    Está sentado con la pantorrilla derecha sobre la pierna izquierda, reposado en el respaldar de una mera silla, que cuando él se sienta, parece adquirir la elegancia de un trono de rey. Cada fémina que pasa lo observa, pero mi papá no se da cuenta, porque sigue enfrascado en los papeles que sostiene en la mano.
    “¡Siempre es lo mismo!” acoto para mí, y me paro para asomarme a una baranda, desde donde se pueden ver los autos que están en exposición en la planta baja. Al cabo de unos segundos volteo para mirar hacia donde está mi padre y cerciorarme de que aún sigue ahí.
    Compruebo que mis suposiciones eran correctas, pero mi vista se detiene en un joven de no más de veinticinco años, de facciones atractivas, que pasa caminando lento, y me dedica una fabulosa sonrisa que yo devuelvo con una de las mías, que no se quedan atrás.
    Cuando el morocho se aleja, veo que mi padre me está observando fijo, con un gesto de “qué hacías mirando a mi hija”, que hace que sus bigotes obtengan forma de V invertida, y su ceño se frunza para ocultar esos ojos verdes tan brillantes que tiene. Me acerco hacia él nuevamente, justo cuando la misma blonda oficinista se acerca otra vez.
    - Por aquí, por favor.
    Sigo a mi papá, y cuando nos sentamos, la mujer toma las patentes blancas y negras, y le dice que vamos a tener que esperar nuevamente, que ahora van a ir a colocar las placas en el coche.
    - Un momento… -dice mi papá, y yo intuyo lo que va a decir- No pegue ese autoadhesivo…
    - Pero es obligatorio… -acota la rubia, ofuscada.
    - Pero me va a arruinar el vidrio…
    Silencio. Supongo que mi alto sentido de no hacer el ridículo es lo que me impide soltar las carcajadas que mi otro yo, ya está soltando. “Ni que fuera un nene encaprichado…”. La mujer se abstiene de hacer algún comentario, y saca el autoadhesivo del folio en que está con las patentes, de mala gana.
    - Pero tiene que llevarlo con la tarjeta verde… -refuta.
    - Ya lo sé… -responde mi papá, y agrega- Pero no lo voy a pegar…
    La mujer ignora el comentario y firma unos papeles, para luego decirnos que podemos volver a esperar, e ir abajo al salón de exposición. Comenzamos a dirigirnos hacia la escalera, cuando mi papá se para en seco, con un gesto de terror en los ojos, lo que hace que me voltee a verle.
    - ¿Qué pasa? -pregunto.
    - Me olvidé de decirle que no le coloquen el autoadhesivo de la concesionaria…
    “¡No de nuevo!” pienso. Y como si fuera un deja vú de algo que acababa de pasar, vuelvo a hacer la misma y retórica pregunta, pero ahora siendo conciente de que ya se la respuesta.
    - ¿Por qué no querés que la peguen?
    - Porque va a arruinar la chapa…
    Silencio.
    - ¿Y por qué no le dijiste antes?
    - Porque iba a quedar mal… -sentencia, asumiendo un porte casi militar, y comenzando a bajar las escaleras- Y porque me olvidé… -agrega en voz baja, mientras yo sigo sus pasos, tratando de no quedarme atrás.
    Llegamos a la planta baja nuevamente, y comienzo a mirar todos los autos que hay en exposición. Con mi papá comentamos cada uno, e incluso los compramos, así como con el nuestro también. En eso, recuerdo que cuando llegamos éramos tres personas, y tras panear el salón de Ford completamente, me percato de que ahora somos solo dos.
    - ¿Y el abuelo? -le preguntó a mi papá.
    - Creo que lo dejé en el salón de VolksWagen… -me contesta, para luego sonreír por la forma en que me acaba de decir que extravió a su padre.
    - Voy a buscarlo… -respondo- ¿Por donde salgo?
    - Por ahí… -señala una gran puerta doble de vidrio, con grandes manijas plateadas- Y doblás para allá… -señala levemente la derecha…
    - OK. Ya vengo…
    Sin decir más nada, salgo caminando a pasos largos y rápidos hacia el otro lado, rogando que mi abuelo siga ahí, y que no se haya perdido. Llego a la primera puerta que veo, y lo encuentro sentado impaciente en unos sillones, mientras se muerde el labio inferior, al tiempo que mueve su pierna izquierda para calmar los nervios.
    - ¡Abuelo! -le digo acercándome- Vamos para aquel lado, que ya lo van a sacar… -comento, mientras le tiendo la mano para ayudarlo a levantarse.
    - ¿¡Ya!? -pregunta desconcertado y nervioso.
    - En un ratito…
    Vuelvo a hacer un ademán para ayudarle, pero él me acaba de ganar de mano, y ya se ha levantado y se dirige a la puerta. Me doy vuelta y salgo caminando atrás de él, pero va caminando con tanta ligereza, que una vez más se olvida de la artrosis de su rodilla, y camina, incluso, más vivazmente que yo, siendo que él me lleva cincuenta años.
    Voy casi corriendo porque sus pasos son más largos que los de mi papá, y lo alcanzo justo para abrirle la puerta del salón de Ford, y mostrarle donde está mi papá, que nuevamente camina en círculos para disipar los nervios.
    Comienzan a hablar, y mi abuelo le hace preguntas de rutina tales como “¿Cuánto falta?”, “¿Ya lo viste?” y otras similares que dejo de escuchar, para irme a mirar una camioneta que hay. Abro la puerta, y justo mi papá se acerca, mientras mi abuelo se va a sentar nuevamente.
    Nos quedamos hablando, y de pronto saco mi celular para fiarme la hora. “¡Ya las 17:20!” pienso, recordando que quedé a las ocho con un amigo para hacer un trabajo práctico, y mi mente comienza a divagar en las responsabilidades de la facultad, hasta que veo que mi papá tensa su postura, aún manteniendo los brazos cruzados.
    - ¡Lo están trayendo! -dice.
    Entrecierro los párpados para ver hacia donde mi padre mira atentamente. Detrás del salón de exposición, hay una mampara completamente de vidrio, y una puerta en el centro; tras ese transparente divisor, se encuentran todos los coches para entrega inmediata.
    Veo que una mancha roja cuya forma no alcanzo a distinguir con exactitud, si bien ya la he mirado incontablemente en páginas de Internet, va marcha atrás, hasta quedar estacionada en una parte un poco más alta, todavía detrás de la mampara de vidrio.


“Azul como el mar,
simplemente eres perfecto…
Y así es como te quiero.”


    Ladeo mi rostro hacia la derecha para enfocar a mi abuelo, pero este ya se ha levantado de la silla, y camina presuroso hacia el portón de vidrio. Los sigo con la mirada, sólo para ver que se detiene ante la puerta, con un porte increíble… pero estoy segura que se encuentra demasiado nervioso. Comienzo a caminar presurosa hacia donde está él, y me detengo con discreción a su lado, para girar mis ojos y observarlo con detalle.
    Es un hombre de pasados setenta años, delgado, mide poco más de metro ochenta, cabello corto y canoso, blanco como la nieve misma, y ojos verdes con brillos acaramelados. Está vestido con una camisa clara y un pantalón de vestir gris oscuro, y sostiene apoyado en su brazo derecho, el portafolio de mano, el cual toca con su mano izquierda, como jugando.
    Si bien por su postura nada declara de su nerviosismo, sus ojos emocionados están enrojecidos, y su boca retiene una media sonrisa de éxtasis ante lo que sus bellas esmeraldas están viendo. Escucho unos pasos que vienen desde detrás de mí, y volteo para encontrarme con que mi padre se ha detenido a mi lado.
    También cercano a la puerta, pero con los brazos cruzados en el pecho, y la espalda totalmente recta, también se encuentra observando la misma mancha roja, ahora visible y describible, con los ojos llenos de emoción y, me atrevería a decir, conteniendo las lágrimas.
    Algunas personas intentan salir o entrar a ese depósito y yo, parada detrás de mi padre, me encargo de moverlo para darles lugar a esas personas, ya que él se encuentra sumido en la observación de su objetivo.
    En eso, se acerca una mujer rubia, que me veo forzada a aclarar que se trata de una mala tintura, cercanos cuarenta años, y ataviada con el uniforme de camisa blanca y pantalón negro, comienza a hablarle con extrema confianza a mi abuelo, y mi papá la ignora, para mirar esa silueta roja que tanto le atrae.
    Escucho como la mujer le hace algunos comentarios supuestamente jocosos a mi abuelo, y volteo para encararla con mis ojos marrones, en una mirada mortal que cuando ella la nota, se tensa para fingir una sonrisa ante el gesto que le estoy propinando, dando comienzo a una charla de miradas, que sólo dos féminas podrían entender.
    Un hombre al que casi no observo abre la puerta y le estrecha la mano a mi padre, luego a mi abuelo, y cuando estas dos humanidades de casi metro noventa se corren y me dejan ver a mí, con veinte centímetros menos, el recién llegado me da la mano.
    Para mi desgracia, la vendedora pasa con nosotros, tratando de esquivar mis furtivas miradas, señal de que no me gusta que trate con tanta confianza a mi abuelo, que parece más interesado en la misma silueta que mi padre, más que en siquiera preocuparse por respirar.
    Me entretengo asesinando con la mirada a la rubia teñida, cuando veo que otro joven, de cercanos treinta, repite la operación de estrecharle la mano a mi papá, y luego a mi abuelo, y se queda mirándome, hasta diría que casi con miedo.
    ¡Cierto! ¡La mirada furtiva!
    Inmediatamente cambio mi gesto por una sonrisa que se que tiene poderes mágicos, y estiro mi mano, que él la estrecha devolviéndome una sonrisa, que esta vez mi padre no observa.
    Cuando al fin todos deciden dejar de taparme el panorama, alcanzo a ver la silueta que tanto admiraba mi papá, y que tan nerviosos los tenía a él y a mi abuelo.
    Se trata de un coche, un Ford, de largo exquisito y curvas atléticas, destacadas por unos faros preponderantes y gatunos, que acentúan la impactante y sobria agresividad de su frente, que concluye en el respingo de un pequeño alerón superior en la parte trasera, que le da cierto aire interesante.
    Sin embargo, lo que más me atrae es el color: rojo… Rojo… Rojo… Lo es, y no lo es al mismo tiempo. Tiene el color del sol en el ocaso, el color del líquido que nos hace humanos, el color de mi cabello…  Es rojo como el fuego que quema, y que te invita a conocerlo, rodeado de una agresividad que lo hace inexpugnablemente atractivo…
    - Rojo… -murmuro, extraviada en mi mente.
    - ¿Quiere que se lo muestre?
    La voz del joven suena lejana, pero sirve de ancla suficiente para traerme a la realidad. Me encuentro demasiado desconcertada como para asesinar con la mirada a la mujer que habla con mi abuelo, pero lo suficientemente presente como para seguir con la vista a mi papá, que se dirige al auto, para entrar y sentarse en el asiento del acompañante.
    Mis ojos se desvían solos hacia el resto de los autos ahí estacionados, y me detengo en algunas pocas siluetas que me llaman la atención, pero la molesta risa de la rubia me hace voltear, para volver a congelarla con la mirada. Lo peor de esto, es que mi abuelo la desoye totalmente, ya que sus ojos y su mente solo tienen en claro una sola cosa: el Ford rojo.
    Sigo la línea del coche con mis ojos, tratando de asimilar esa forma. Movida por la curiosidad, me encamino hacia la puerta del acompañante, donde está sentado mi padre, y haciéndole señas, él me abre la puerta para que pueda escuchar todas las especificaciones del auto que cuenta el vendedor…
    La verdad… decir ‘especificaciones’ es algo muy relativo, ya que en cuanto le pregunté cuantos caballos de fuerza tenía el coche, el joven no supo que contestarme, desviando rápidamente la conversación hacia la radio que lee mp3, que viene integrada en el coche. “Tendencias actuales, nena… tendencias actuales” me repito mentalmente.
    - ¿Puedo ver el motor cuando lo enciende? –pregunto.
    No alcancé a formular la pregunta, que mi padre me corrió de su camino, abrió la tapa del motor, y se quedó en primera fila junto con mi abuelo. Nuevamente una pared de casi metro noventa que impide que vea algo tan sencillo como un motor encendido, pero que me resulta tan atractivo.
    Con desgano e impaciencia estiro mi mano y toco el brazo de mi papá, para luego señalarle el motor, y darle a entender que me estaba tapando todo el panorama. Se corre impaciente, y me deja ver como el bloque se mueve cuando el joven vendedor lo acelera. Continúan charlando un rato, y finalmente el vendedor saluda a mi abuelo y a mi padre, pero esta vez se acerca a mi con una radiante sonrisa.
    Correspondo con una sonrisa también, y me saluda con un beso en la mejilla, haciendo que mi padre lo mire con el entrecejo fruncido, los bigotes plegados hacia abajo, y el pensamiento tatuado en sus ojos: “a mi nena no la tocás”, seguro que piensa, y yo lo miro a mi papá con gesto de “tu nena ya tiene veinte años”, y me sonríe cómplice.
    - Papá… -le digo sacando el celular, y colocando la cámara del mismo- Colóquense al lado del auto, así les saco una foto…
    Mi padre y mi abuelo se colocan al lado del auto, pero al rubia vendedora -que no había dejado de hablar hasta recién, se coloca al lado de mi abuelo, posando para la foto. Nuevamente me encargo de transmitirle un sutil pero efectivo mensaje con la mirada “Eliminate de ahí” pero como me apuran para que saque la bendita foto, la saco rápidamente, y en dos segundos mi papá se sube arriba del auto.
    Abro la puerta del acompañante, me siento para luego ponerme el cinto de seguridad, y en mi celular comienza a sonar “De Música Ligera”, señal de que está entrando una llamada de mi mamá.
    - ¡Mami! –definitivamente que en esta familia solo hay una prioridad: los autos- Justo lo estamos sacando… Si… Si… Vamos a lo de la abuela… ¿Ah? Okay, le digo… Si, si es hermoso… Es rojo… Bordó… Nos vemos…
    Cierro el teléfono, y volteo para ver que mi padre está con una amplísima sonrisa, los bigotes casi enrulados hacia arriba -si, porque yo estoy segura de que sus bigotes tienen vida- indicando alegría desmesurada, y comienza a mover el auto lentamente. Gira el volante con cuidado hacia la derecha, y entabla rumbo a la salida de la concesionaria.
    - Papá… Es muy… ¿Diferente? –pregunto, porque se que este auto tiene dirección asistida.
    - Algo… -me mira con los ojos brillantes- ¡Es hermoso!
    Mueve el coche lentamente, y no deja de sonreír: realmente le gusta este auto. El sonido del motor casi no se escucha y su andar es sereno, los asientos cómodos y los vidrios totalizados, le dan ese aspecto tan llamativo que tiene. Observo a mi padre, y veo que no le cuesta nada manejarlo.
    En segundos estamos sobre la avenida, y veo que conduce casi a la velocidad de paso de hombre, pero… algo falta acá… Algo no está bien. Me llevo la mano al mentón pensando en qué es lo que está faltando, y luego reviso si tengo todo: el celular en la mano, los documentos en el bolsillo, las llaves en el otro bolsillo, la billetera de mi padre sobre la guantera....
    Silencio.
    ¡Ya se que es lo que está faltando acá!
    - Che… Nos estamos olvidando del abuelo… -murmuro- ¿No vamos a esperar al abuelo?
    - ¡Ah! ¿Qué? -habla con voz ingenua y los ojos agrandados- ¿Es que teníamos que esperar al abuelo?
    - Y…
    Sin decirme nada más, dobla exageradamente, y se dirige nuevamente al concesionario. Mas cuando estábamos en camino, una coupé plateada y brillante, de cortes agresivos y andar rápido, conducida por una persona mayor que me resulta familiar, cruza ágil el otro camino, esquivando cuanto auto se le cruce por delante.
    - ¡Ahí va el abuelo! -le digo sonriente.
    Sin decirme nada más, dobla exageradamente, y se dirige nuevamente a la casa de mis abuelos, siguiendo el rastro que acaba de dejar el hermoso coche plateado que éste tiene.

“Eres fuego, luz del sol,
 por donde pasas dejas huellas.”


    Muy pronto mi papá dobla la cuadra final hacia la casa de mis abuelos, y veo que intenta subir el auto a la vereda. Pero yo le tengo terror a esa acera… un miedo infundado cuyo temor absoluto raya las bases de la locura infundada.
    - Eh… vas a… ¿Subir el auto a la vereda?
    - ¡Si!
    Su voz denota malicia, y sube el auto de forma espectacular, si bien veo que aún no se acostumbra a la ligereza de este volante. No alcanzamos a bajarnos del coche, que mi abuela acaba de abrir la puerta del garaje de su casa, y está mirando con cara de embobada al auto.
    - ¡Hijito! -le dice ignorando por completo a mi padre, y dirigiéndose hacia el Ford rojo- ¡Que bonito! ¡Es precioso!
    Comienza a hablar y a soltar una cantidad impresionante de adjetivos y calificativos de buen gusto y de todos los niveles acerca del auto, con una velocidad que resulta hilarante, con mi abuelo de fondo susurrando “¡Qué impertinente!”, y mi papá vigilando que no le vaya a tocar el auto, no sea casualidad de que lo raye, y recién salido del concesionario.
    - ¡Mamá! -le dice tomándola por los hombros y corriéndola lentamente, mientras esboza una sonrisa de orgullo por su nuevo coche- Me tengo que ir… después te lo muestro en detalle al auto…
    - ¡Pero esperá, que…!
    Comienza una nueva retahíla de palabras anidadas sin fin, pero mi papá me hace un gesto indicándome que me suba al auto, y sonriendo y tratando de contener mi tentación, me subo y bajo el vidrio.
    - ¡Mamá! ¡Nos vamos!
    - ¡Pero que impertinente! –acota mi abuelo, desde el fondo, en referencia a mi abuela, mientras él también se sube en el auto.
    Rápidamente hacemos una larga e interminable vuelta de dos cuadras para llegar hasta mi casa, y mi papá se baja del auto, para luego subirlo al garaje y estacionarlo orgulloso. Mientras tanto, afuera, mi abuelo toca la bocina insistente para que éste se apure.
    Sin embargo, mi papá se queda mirando el llavero del auto. Deduzco que por la forma de fruncir el entrecejo, lo está analizando tratando de encontrar algo que desconozco, pero que seguramente muy pronto me enteraré de que se trata. Levanto los ojos hacia el rostro de mi papá: veo que sonríe maliciosamente, y que apreta un botón del llavero, haciendo que se bloqueen todas las puertas del auto.
    - Escondé esto… -me dice dándome los dos juegos de llave- Así si tu abuelo viene no lo puede abrir ni romper…
    “Cierto…” pienso para mi misma. “Mi abuelo tiene por hobby toquetear y destrozar autos ajenos”.
    - ¿Vas a buscarla a mamá? -pregunto acompañándolo hasta la puerta de entrada, donde mi abuelo sigue tocando bocina, para disgusto de todo el barrio.
    - Sí, si… -me responde caminando hacia el auto de mi abuelo- Ya venimos…
    Mi papá se va, y yo vuelvo al garaje, pero otra es la silueta que me hipnotiza, otro es el color que me atrae… No se cuantos minutos pasan hasta que siento las llaves de mi madre abriendo la puerta, y cuando me dirijo a saludarla, mi abuelo pasa como flecha a mis espaldas e intenta abrir el Ford. Como la puerta no se abre, estudia la cerradura y vuelve a intentar.
    Mi madre me mira con una enorme sonrisa en sus labios, intuyendo que mi padre fue el causante. Respondo elevando mi mirada e inhalando aire fuertemente, y luego apreto el botón que destraba las puertas y, con alegría, mi abuelo se sienta en el auto.
    Otra vez la tarea de mostrarle todas las cosas que recuerdo del auto a mi madre, mientras mi abuelo recorre el garaje mirando orgullosamente el coche desde todos los ángulos posibles.  Pasa un buen rato hasta que mi abuelo decide volver a su casa porque ya casi es de noche, y mi madre y yo lo acompañamos hasta la puerta.
    Una vez que se va, mi madre atina a comenzar a subir las escaleras para ir a su cuarto y cambiarse, pero yo me quedo abajo.
    - ¿Qué vas a hacer? -me pregunta, supongo que previniendo lo que le voy a contestar.
    - Me quedo un rato, ya voy y te cuento…
    Sin decir más me encamino hacia el garaje, y mis ojos se ven atraídos por la misma figura de antes, como si se tratara de la gravedad misma. Me quedo parada cerca de la puerta, y el reflejo de la luz en la oficina de mi padre, es lo único que ilumina a los dos coches en el lugar.
    Lo observo con cariño.
    De formas agresivas y cortes rectos, la coupé que tengo frente a mi me deslumbra no solo por su forma, sino también por los recuerdos que me trae. Tiene el parabrisas inclinado de forma aerodinámica, y en la parte trasera una moldura resalta las negras cubiertas, dándole un toque alucinante, aumentando la sensación de vértigo que produce ver la luneta trasera inclinada, con ese brillo casi deportivo.
    Pero una de las cosas que más me gustan… es el color. Es azul, con tonos violáceos, brillante como el mar, azulado como el cielo en pleno ocaso, en una de esas tardes invernales en las que el firmamento oscuro espera la llegada de la luna. Es azul, como el cielo… es azul, como el mar… es perfecto.
    Me acerco hacia el auto, y coloco mis manos sobre la tapa del motor, para luego cerrar mis ojos y recordar aquella vez hace ya quince años, cuando yo tenía cinco, en que mi padre me fue a despertar contento y me llevó al garaje para que viera esta belleza que hoy no quiero abandonar.
    Y realmente no quiero. Renunciaría a cualquier hermoso deportivo que me regalaran con tal de guardar este auto, y poder tenerlo para mí. Sí… ya sé… es un mal de familia, esa inexplicable pasión por los motores, pero no puedo evitar que me guste tanto este auto.


“Eres como el mar para mí…
Tan vital como el agua misma que bebo todos los días”


    Continúo recordando cuando mi papá me enseñó a conducir: él se ponía muy nervioso, y era muy estricto, pero finalmente aprendí a manejar muy bien. Luego recuerdo las primeras salidas con mis amigas, las veces que les hice lavarme el auto porque se largaba a llover, las entradas sigilosas a las siete de la madrugada apagando el motor del auto para no hacer ruido, los domingos de verano lavando el auto, los paseos de cuando era chica, las locuras de ahora…
    - No quiero que te vayas…
    Acaricio la chapa como si se tratara de su piel, e intento sonreír. Sinceramente espero no separarme nunca de este auto, ni aunque llegue un momento en la vida en que los autos se conduzcan solos, yo quiero seguir teniendo esta hermosa coupé, de abrumante color azul, y llamativas formas.
    Ahora entiendo porqué le pusieron ese nombre a este modelo de auto. Fue por marketing, fue por razones comerciales… pero lo eligieron bien. “Gol” se llama… y la frase que lo define, es porque es pasión de multitudes…
    Pero eso no me importa…
    Es lo que a mi me gusta…
    Continúo mirando mi Gol por un rato más, y finalmente me dirijo hasta donde está mi madre, no sin antes pasar por el baño y fijarme si el maquillaje está bien, y si la ropa me queda adecuadamente.
    Al llegar, comienzo a contarle lo que pasó durante toda la tarde, desde que me desperté de la siesta, toda la travesía en la concesionaria, las veces que extraviamos al abuelo, las miradas soeces de mi padre, los nerviosismos… Por ahí me tiento tanto al ejemplificar las situaciones, que hago que mi mamá se ría sinceramente, y eso me causa más risa, porque los hoyitos que se le hacen en las mejillas cuando sonríe le dan un aspecto muy tierno.
    - No dudo que haya pasado todo eso que me contás… -me dice, mientras se sienta- Deberías escribir una historia sobre esto…
    ¿Una historia? No lo había pensado… Aunque ahora que me detengo en ello, siento que las palabras comienzan a agolparse en mi mente, y salgo corriendo hacia mi computadora en busca de mi teclado y mi procesador de texto.
    Pero algo tengo muy en claro, el protagonista de esta historia, es esa belleza azul de dos puertas y aire deportivo, porque se que pase lo que pase, no importa qué autos pueda llegar a tener, él va a ser el único.
    Después de todo… él es como el mar para mí…


¡Esto es todo! Es el OneShoot más largo que he escrito hasta ahora, y como capítulo de algo nunca escribí nada tan largo. Lo único cerca es el capítulo final de "Runing Hearts". En fin, me encantaría leer sus comentarios, para saber que les pareció esta historia. ¡Nos vemos en el próximo artículo!


Tags: literatura, one-shoot, comedia, drama

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Jueves, 10 de julio de 2008 | 19:25
?Genial la historia!! Me he reido de lo lindo, me parece ver a cada uno. Escribes muy bien y me gusta como describes los sentimientos de cada uno.
Te Felicito, Sos muy buena escribiendo.
PD: Felicitaciones por en nuevo auto ?o debo decir el nuevo miembro de tu flia?
Autor: Aldair_88
Viernes, 11 de julio de 2008 | 6:22
Muy buena la historia!!! y muchas gracias por la dedicatoria, me has hecho muy feliz. Espero ke todos la disfruten tanto como yo.
As? ke eran dos coches, muy chistosa la historia, pero muy tierna.
Te felcitito y gracias por haberme dejado leer el principio.
Autor: BlueBrain
Viernes, 11 de julio de 2008 | 6:41
Que bueno este one Shot!!! me re? a lo loco, muy divertido, realmente y que chistoso.
Excelente historia xfun
Viernes, 11 de julio de 2008 | 13:23
Muy buena la historia, los dialogos muy graciosos, la verdad me gusto mucho.
Viernes, 11 de julio de 2008 | 13:27
?Chicos! Much?simas gracias por leer, y que bueno que se rieron! La verdad, es que es la primer comedia que escribo solita, y me alegro que les haya gustado! xfun Perdonen por el largo, ahora voy a tratar de escribir un OneShot todos los jueves, a ver si cumplo con los que me han pedido.

 

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