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S?bado, 07 de julio de 2007

¡¡Otro capítulo!! ¡¡El cincuenta y uno!! No lo puedo creer, hace ya un montón que vengo escribiendo esta historia, y cada vez me cuesta más creer que dentro de poco tendré(mos) que decirles adiós a estos personajes. En fin, no los entretengo más, y los dejo leer.


La mano masculina, fornida, varonil y de piel inglesamente blanca de Diego Camperetti depositó el pocillo de café, y se recostó en su silla. No podía seguir concentrado en su computadora, y en su trabajo. No después de esa llamada.
Había intentado hablar con Anabella para invitarla a tomar algo la noche siguiente, y se había encontrado con que iba manejando a toda velocidad hacia la S para detener a Delfina de que hiciera una locura conduciendo con tanta niebla. Eso era inaudible. Y el sabía quién tenía la culpa de todo: el inútil de su hermano menor.
Apagó su computadora y se acercó hacia la ventana. Estaba en el primer piso y no alcanzaba a ver nada más allá de escasos 100 metros, la niebla era terrible. Y Ana... De todas formas, alguien más en la ruta sería una locura. Por lo pronto sólo le quedaba repasar mentalmente las mil y una formas de matar a Víctor.
Tranquilamente, se dirigió hacia la escalera. Pensaba confrontarse a su consanguíneo no tan querido... en ese momento.

Del otro lado de la ciudad, un VolksWagen Golf cruzaba la noche como una saeta. Delfina iba adentro, con la música encendida -como nunca- y viendo como el fantasma de un Mégane CC rojo Tijuana iba adelante. Ella lo quería alcanzar, quería rebasarlo... pero no podía. Cada vez que se le acercaba, éste se alejaba, no podía... No se daba cuenta de que ella misma se estaba impidiendo alcanzarlo.
Sus ojos comenzaron a inundarse de lágrimas, y su visión comenzó a hacerse turbia. Queriéndose hacerse la fuerte, meneó la cabeza, y miró la ruta. Sabía que se acercaba una curva, pero no sabía quién se acercaba por la curva. Instintivamente frenó, rebajó los cambios y volanteó. Había aprendido a controlar el derrape de equilibrio, y con las cuatro ruedas, pero en eso... Anabella conocía la curva que se acercaba, así que -sin dejar de mirar hacia los lados para ver donde se encontraba Delfina- frenó y aceleró con punta-talón, rebajó los cambios, y derrapó.
Desde la fantasmagórica figura del Mégane CC que Delfina perseguía, la silueta de un Vectra color aguamarina comenzó a emerger, mostrándose imponente en el derrape. Ana fijó su vista en el Golf, y casi anonada giró el volante abriéndose, pero no le daba espacio suficiente... Iban a chocar... de lado...
Y ahí vio su única oportunidad: las banquinas. Delfina volanteó con todas sus fuerzas hacia la derecha, rompiendo el derrape. Las ruedas traseras bajaron por la tierra, y pasaron al borde de la bajada, mientras las delanteras trataban de cambiarle el sentido. La colorada bajó su mano derecha, y con decisión levantó el freno de mano, provocando que su VolksWagen terminara de girar y se quedara detenido en el medio de la ruta.
Respiró prefundo y miró hacia el frente. El Chevrolet Vectra de su mejor amiga le apuntaba con las luces, cual mirada firme y sostenida, incriminándole por sus locuras.

La noche cerrada, y la oscuridad del living convertían a la ventana en un espejo, y los celestes y fríos ojos de Diego Camperetti se reflejaban en ella. De pronto, el portón eléctrico comenzó a alzarse y el Renault Mégane de su hermano entró en el garage, pero Diego ni se inmutó, se quedó parado ahí, hasta que escuchó que Víctor estaba entrando a la sala.
- Delfina se fue a correr a la S... -sentenció fríamente y su hermano fingió no escuchar- Como has estado afuera supongo que sabrás que la visibilidad, con esta niebla, es de menos de cien metros... Y lo peor es que Anabella esta allá también...
- Si tanto te preocupa la rubiecita esa... -contestó Víctor dándose vuelta y mirando a su hermano, que le daba la espada- ¿Por qué no la vas a buscar vos también?
- Por que no soy idiota como vos, y no pienso continuar con esto -respondió.
Diego se dio vuelta y quedó de frente a su hermano, quien sentía como si dos espadas forjadas en hielo se clavaran en su cuerpo. El morocho parecía relajado, pero su mirada expresaba ira, enojo... “Odio...” pensó Víctor.
- Es cierto que lo que te dijo Ignacio es cierto...
- ¿¿¿¡¡¡Pero cóm....
- Yo lo se todo... -interrumpió Diego- Ahora callate y dejame hablar... -dijo, y Víctor movió su cabeza a un lado, en un intento de que su hermano no viera su gesto- Es cierto lo que él te dijo: Delfina estaba preocupada por vos, y se hubiera muerto si algo te pasaba, y como vos sabías que alguna propuesta de la GMC se nos venía, decidiste que lo mejor era decirle que no pasaba nada, y así no te arriesgabas vos tampoco. Pero fue demasiado estúpido... y demasiado egoísta -cada palabra apuñalaba al rubio en su corazón.
- Diego, yo...
- ¡Que te callés y me dejés terminar! -era la primera vez que le gritaba a su hermano, en esa forma. El morocho recobró la compostura, y continuó hablando- Si realmente la querías, podrías haberte jugado por ella, podrías haber tratado de seguir a su lado, y de quererla, cuidarla, y protegerla... Si vos querés tomar el camino fácil, hacelo, nadie te lo impide... Pero no vayas en contra de lo que sentís...
Diego se fue caminando, dejando a un Víctor preocupado, y con los ojos enrojecidos, que cruzó el living en dos zancadas y se tiró en uno de los sofás. En ese momento, reconsideró que era posible que se hubiera equivocado... no... No era posible: había sido un idiota y egoísta que sólo se había preocupado por sí mismo. Pero ahora no sabía cómo remediar la situación, el mal estaba hecho, y no había nada que hacer.
La noche transcurrió no demasiado bien, y por fin comenzó a clarear, haciendo que la niebla se disipara un poco. El celular comenzó a vibrar sobre la mesa de luz, y Diego no tardó ni dos segundos en despertarse y atender: podía ser Anabella, y no iba a dejar de hablarle.
- ¿Hola? preguntó con su usual tono de voz, que no delataba emoción alguna.
- Diego, soy Ana... Estoy en mi casa, acabo de llevar a Delfina a la de ella...
- ¿Cómo están? -preguntó, esbozando una leve sonrisa.
- Mejor. Bueno... Los autos al menos están intactos, pero el ánimo de la Del, no se... -hizo una pausa, y Diego dudó sobre si decirle algo, pero prefirió guardar silencio- No creo que vuelva a abrirse tanto, ahora seguramente se va a dedicar intensivamente a correr... -pausa nuevamente- Diego... Perdón por llamarte a esa hora...
- No para nada -interrumpió él- Mejor que lo hiciste, o ya te llamaría yo... Estaba preocupado por vos, Ana...
La charla se prolongó unas palabras más, y al colgar, Diego sintió que ya se había desvelado. Eran las seis y media pasadas, y no le apetecía seguir durmiendo. Se vistió a la brevedad, y bajó en dirección a la cocina, para prepararse uno de sus amados cafés.
Mientras bajaba las escaleras vio unos pies sobresaliendo del sofá, y decidió ir a cerciorarse sobre la identidad del dormilón. Al acercarse, pudo comprobar que se trataba de su hermano, quien se había dormido abrazando un almohadón. En eso, una lágrima cayó, recorriendo su mejilla. “Tonto... Todavía llorás como cuando eras chico...” Por unos instantes, Diego volvió a ser el joven amable, cariñoso y comunicativo que era antes de empezar a correr, y sin demasiada suavidad, le apretó el hombro a Víctor y se fue a buscar el café.

Al día siguiente Víctor quiso hablarle a Delfina, pero nada... Volvió a intentar al otro día, pero nada... Los días y las noches comenzaron a sucederse, sin poder siquiera lograr un diálogo coherente. Se juntaban a terminar el trabajo que tenían pendiente en la biblioteca, pero las palabras eran escasas. Ella ya no lo miraba, no lo saludaba... Prescindía de él.
Sentado solo, o en compañía de Roberto, veía cómo su hermano sonreía y hablaba con Anabella, y ocasionalmente con Delfina, con su colorada, con su querida... No pasaba hora, ni minuto, ni segundo sin que se reprochara lo tonto que había sido, cómo había podido tomar una decisión tan equivocada.
Tal como Anabella Lombardi le había dicho aquella vez, Delfina había vuelto a correr como antes, y casi todos los sábados tenía algún desafío. Él iba siempre a verla: a verla ganar, salir invicta y ser la envidia de todos, no sólo por su forma de correr, sino también por esa sonrisa envidiable, por ese rostro tan perfecto.
Y así se pasaron las carreras: contra un Gol, contra un Clio, contra un Palio... Muchos autos se sucedieron, y muchas locuras y derrapadas suicidas los acompañaron, pero siempre terminaban en una victoria.
Hasta que un día, Víctor salió de la ducha, justo cuando vio que su hermano estaba perfectamente vestido, alineado y cambiado.
- ¿A dónde vas? -preguntó, movido por la duda de ver a su hermano así.
- Salgo con Ana, y creo que Delfina va también... -respondió, e instantáneamente agregó- Espero que no se te ocurra ir...
Víctor no contestó, pero su hermano se cercioró de repetirle que no fuera bajo ninguna circunstancia, tanto, que el rubio terminó yéndose, luego de descargar su peor léxico sobre Diego.“Espero que no sea tan tonto como para venir...” se repetía incesantemente Diego, hasta que, estacionando su fabuloso Dodge Stealth negro en la Recoleta, se bajó, y comenzó a caminar hacia el punto de encuentro.
Ana lo estaba esperando junto a Delfina, quien hablaba amenamente con un chico de la misma altura de Diego, de cabellos negros y ojos marrones. No era ni tan guapo ni tan atractivo como el mayor de los Camperetti, pero su amabilidad y extrema cordialidad resultaban atrapantes.
- Hola Diego -saludó Ana, secundada por Delfina- El es Sebastián -dijo presentando al joven que hablaba con Delfina- el sábado pasado corrimos contra él... ¿Te acordás?
- Si... Buenas noches -saludó Diego tendiéndole la mano.
- Buenas noches, nunca pensé que conocería personalmente al dueño del Ángel Negro... -sonrió amablemente- Sos toda una leyenda en Rosario...
- ¿Cómo sabés eso? -preguntó curioso, pero sin demostrarlo en su voz.
- Siempre me encantaron las carreras, y cada vez que corrías, iba con mi hermana mayor a verlas...
Luego de unos minutos, Sebastián se había comprado -al menos- el buen trato de Diego, y se encaminaban con las chicas hacia alguna disco.
Sin embargo, Víctor no podía dormir. Eran las cuatro, y no sabía que hacer. Nunca le había pasado eso. Sus compañeros de la facultad lo habían buscado, también Roberto, y a todos les había dicho que no iba a salir. Estaba preocupado, algo no lo dejaba dormir. Sabiendo que su hermano lo odiaría por el resto de su vida, se cambió, saco su cabriolet, y se dirigió hacia donde sabía que lo encontraría.
Estacionó su auto, y entró a la disco. Comenzó a mirar hacia todos lados tratando de ver a su hermano, hasta que lo ubicó: estaba cerca de la barra hablando con Anabella y disfrutando un trago. De pronto, ambos miraron hacia su izquierda y sonrieron. Víctor miró hacia esa dirección también, y... y... en ese momento su corazón se detuvo: Delfina estaba en brazos de otro, abrazados, y besándose.
Su mundo se había destruido en un segundo. En ese momento comprendió la gravedad del error, y supo que la había perdido.
- ¡Pero que idiota! -masculló Diego, indicándole a Ana el lugar donde se encontraba su hermano- Ya vengo, que si lo agarra a Sebastián, lo mata.
Un minuto después el morocho arrastraba a su hermano hacia fuera, lejos de Delfina, quien no se enteró de la situación.
- ¡¡Te dije que no vinieras!! -le espetó Diego a su hermano, empujándolo hacia su auto.
- ¡Quería venir! Vos sabías que ella iba a venir con ese... ¿No es verdad? ¡¡Vos sabías!! -la voz de Víctor se quebró.
- Sí, lo sabía, y por eso te dije que no vinieras...
- Pero...
- No tenés derecho a recriminarle nada: vos la perdiste cuando le dijiste eso hace unos meses... -guardó silencio, y agregó- Ahora andate a casa, si tanto la querés como creés hacerlo, dejala que sea feliz, aunque sólo haya sido un simple beso.
Víctor se subió a su auto, y se fue arando. Sabía que un solo beso no significaba nada, que no era más que eso. Pero a él le había destruído su mundo. Había acabado con las pocas esperanzas que tenía.
Recién entonces, a fines de noviembre, decidió concentrarse en correr. Se iba a preparar para la muestra de profesionales como si eso fuera el motivo de su existencia... Ahora él correría persiguiendo la sombra fantasma del VW Golf azul, esa sombra que no se deja alcanzar, y que se aleja a cada instante.


¡No me maten! ¡No lloren! Les prometo a todos un final de lo mejor. Espero sus comentarios, opiniones, votos y demás... ¡¡Nos vemos en el próximo artículo!!

Tags: literatura, argentina, acción, romance, carreras, coches

<@[email protected]> Comentarios:

S?bado, 07 de julio de 2007 | 15:51
???Que buen cap?tulo!!! ?Que merecida desiluci?n la de Victor! Fue un tonto, espero que mejore, me gusta la personalidad de Diego y hace buena pareja con Ana, muy bueno el cap?tulo
Autor: Kamus_99
Domingo, 08 de julio de 2007 | 0:38
?Ke cap.!!! y k? final, est? cada vez mejor la novela, te felicito!!!
Autor: Aldair_88
Domingo, 08 de julio de 2007 | 11:30
????AAAHHHHH!!!! Ke bueno este cap.!!! Me encanta Diego y al fin Victor recibi? una probada de su propia medicina!!!!
Autor: BlueBrain
Domingo, 08 de julio de 2007 | 11:39
Excelente cap?tulo, merecido golpe el de Victor, quedo ansioso esperando la resoluci?n del l?o en el que ?l solo se meti? jejeje
Domingo, 08 de julio de 2007 | 15:23
??Que bueno que les guste!! La verdad es que me cop? escribiendo y me qued? larguito... pero sab?a que les iba a gustar ;) ??Muchas gracias por leer la historia!!
Autor: Foxys
Domingo, 08 de julio de 2007 | 16:15
ooohooohhh que wen capp!!!! gusta gusta muxo!!!! ahhhh!!! congrats, me parece muy bien la merecida zarandeda del rubio, y que nino! digoxanna!!!! wii :P
Autor: Anonimo
Lunes, 27 de julio de 2015 | 21:26
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