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S?bado, 24 de febrero de 2007

Uooooooo!!! Gente!! No me maten, peeeeeeero... me saltó la vena de escritora (cuac) y bueno... el capítulo me quedó un tanto larguito, les pido disculpas, pero les pometo que está buenísimo!! Por otro lado, toy contenta porque lo pude publicar justo a tiempo (sin caídas de internet) y les tengo una sorpresita sobre la novela, que se publicará en el siguiente artículo... Por lo pronto, Capítulo 32!!



Habían pasado ya dos semanas y medias desde que Delfina había decidido correr, y una nueva rutina se había instalado en su vida, en la de Ana, y también -aunque ellas no lo supieran- en la de los hermanos Camperetti. La colorada se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana, para cargarle combustible al Golf, e ir a correr a la ruta junto con el Vectra de Anabella hasta que se hiciera hora de ir a cursar.
Después de eso, iba a trabajar al taller, o se juntaba con Víctor para continuar ese trabajo del que dependía la promoción de la materia más importante del primer año, y volvía a estudiar. Escasas veces comía en su casa, y sólo aparecía para dormir, asearse o estudiar. Así transcurrieron esos días en los que, inconscientemente, cambió su forma de ver a Víctor. Tantas veces juntos, le había permitido conocerlo un poco más. Pero sólo un poco.
Sin embargo, cierto lunes volvió a su casa para cenar, y saqueando algunos víveres, se encerró en su cuarto de estudio, que parecía un tugurio de mala muerte, antes que una habitación de una respetable casa. Eran ya cerca de las 12:30 de la noche cuando comenzó a sentir un gran vacío. Algo le faltaba, pero no sabía qué. Tenía una sola forma de averiguarlo: sacando su Golf y yendo hacia algún lugar donde él le indicara.
Se dirigió al garage pasando por enfrente de la oficina de su padre, que tenía la luz encendida. “Seguramente está leyendo algo, o buscando algo con que agrandar su ego” pensó. Cosa no muy alejada, ya que Ricardo Bocaccio, su padre, era un cirujano de gran renombre en la ciudad, que tenía una muy buena fama de investigador en el campo de la medicina y se encontraba leyendo en el diario la crítica a su última charla. Pero, cuando éste la vio cruzar, decidió ir a ver que hacía.
“Novedad. Está arriba de su bendito auto” masculló para sus interiores. Ella lo miró de reojo pero no dijo nada, limitándose a quitarle la alarma a su auto.
- ¿A dónde vas a estas horas de la noche? -dijo Ricardo, al fin- Me preocupa lo que estés haciendo. Te la pasás afuera.
Delfín se contuvo. En sus dieciocho años lo único que había escuchado de ese tipo era siempre sobre sus dos hermanos, nunca sobre ella. Por un lado lo agradecía ya que le daban la libertad que le gusta. Pero por el otro, sabía muy bien el motivo por el cual su padre le estaba preguntando eso.
- No te preocupés, papá. No hago nada que pueda manchar el orgullo de tu tan preciado apellido.
Justo en el blanco. Ricardo cerró los ojos, tratando de disimular un poco. Delfina le había dado en la nota con la respuesta, así que desbloqueando las puertas, abrió la del conductor, y atinando a subirse, se quedó mirando un rato. Don Bocaccio no sabía qué contestar para no demostrarle que había acertado.
- Está bien -dijo ella al fin, sabiendo las consecuencias de lo que iba a hacer- Te voy a mostrar a donde voy, y adonde paso la mayor parte del tiempo que no estoy con cosas de la facultad o el trabajo -Ricardo se acercó y se subió en el asiento generalmente ocupado por Ana- Te digo una cosa, papá. No girés la cabeza hacia los lados, si querés mirar a un costado, movete lo menos posible y girá los ojos.
El viejo hombre intentó formular un “por qué” pero ella le impidió hacerlo. Bajó el auto del garage, y se dirigió hacia las afueras de la ciudad. Él no decía nada. Sólo la miraba. Pasaron casi veinte minutos en silencio, cuando ella cerró las ventanillas, y bloqueó las puertas. El camino a los lados era cada vez más oscuro y, si bien los vidrios espejados le daban visibilidad, conducir le parecía una misión imposible.
- Bueno... acá es a donde vengo... -dijo ella al fin- Ahora te voy a mostrar lo que vengo a hacer... Agarrate fuerte...
En el medio de una desorientación total, el hombre se tomó de la agarradera de la puerta, para ver cómo las luces altas del Golf se encendían. Vio la mano derecha de su hija posarse sobre la palanca de cambios y esperar ahí.
- ¿Listo?
- Si... -alcanzó a gruñir entre dientes.
- ¡Empezamos entonces!
Inmediatamente la palanca se movió a tercera, y el motor del auto se bajó un poco, el motor comenzó a hacer un sonido tremendamente fuerte, y la velocidad comenzó a aumentar. Miró el velocímetro: 120 km/h e iba en aumento. Miró el tacómetro: 3500rpm y en aumento. Miró los árboles y no les veía. ¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso sería un suicidio doble? En eso, giró sus ojos hacia el frente. Una curva se aproximaba atrozmente.
Delfina seguía quieta, y aceleraba.
- La curva... la curva... fre... fre...
No alcanzó a terminar la frase, que el coche frenó rápidamente, y la palanca de cambios se deslizó con suavidad hasta la posición de segunda. El volante giró para un lado y para otro, y el frente la ruta comenzó a girar y a verse casi enteramente por la ventanilla del costado de Delfina. Ricardo observó a su hija, y vio una sonrisa en su rostro.
Volvió a concentrarse. El auto estaba de lado pero no doblaba. Sintió que las rodillas le temblaban a pesar de estar sentado, y saboreó el amargo sentimiento de unas gotas frías de sudor por su frente. Delfina pasó a cinco centímetros de la barra de contención y acelerando nuevamente, retomó en la recta.
Don Bocaccio permaneció despierto pero fuera de sí. Se sentía como en una montaña rusa, con el estómago revuelto, la frente llena de sudor, y un frío que recorría su espalda. Veía cómo la ruta pasaba por las ventanillas laterales para volver al parabrisas, y sentía el ruido del motor, el chirrido de las ruedas, el sonido de las frenadas. ¿Qué era eso? ¿Por qué? ¿Era eso lo que su hija hacía?
De alguna manera terminó todo, y el auto arribó al garage cerca de las 2:30 a.m. de un nuevo día. Se bajó del auto, y por primera vez en su vida se alegró de estar en tierra firme. Miró a su hija que, como si nada, revisaba los neumáticos, y abría la tapa del motor, para inspeccionar algo en el bloc.
- Esperá un momento -balbuceó recuperando sus fuerzas- ¿Qué fue eso? ¿Qué hiciste? ¿A dónde fuimos?
- ¿Eso? Eso se llama Drifting. Es un deporte de carreras de autos, donde se dobla derrapando, o sea: haciendo que las ruedas traseras patinen para enderezar la curva -le explicó- Te llevé a una parte de la ruta que le dicen “S” por las dos curvas finales que toman esa forma -el hombre la miraba sin entender- Eso es lo que hago papá: yo corro carreras callejeras, y se los riesgos, hasta ahora nunca me han derrotado... Papá: yo quiero ser profesional -al ver la cara de su padre, agregó- No te preocupés, que no voy a dejar la Universidad...

El Vectra clavó los frenos haciendo que se encendieran los intermitentes, generando -por segunda vez- una batahola de bocinazos.
- Acabo de tener un deja vú -dijo Anabella arrancando nuevamente, mientras no cerraba los ojos, que los tenía abiertos como plato.
- ¿Se puede saber por qué cada vez que te cuento algo frenás así? -replicó un tanto molesta la jovencita Bocaccio- Un día de estos nos vas a matar -agregó cambiando su tono a uno más jovial y bromista.
- ¡Porque la señorita me da cada sorpresa! ¡He ahí el por qué de mis frenadas! -contestó en el mismo tono.
- ¡Perdón! ¡Pero fue la única solución que se me ocurrió!
- Ya... Mientras que no le cuente a todo el mundo, que sino vamos muertas...
- No te preocupés, él no le va a decir a nadie.
En efecto, Don Ricardo Bocaccio, el gran cirujano al que ni la muerte le asustaba, ni la más terrible enfermedad, ni el cáncer más agresivo nada... había quedado shoqueado. Otro acierto por parte de su hija que parecía conocer a la perfección la enredada psicología de su padre.

Sin demasiados altibajos, llegó el fin de una semana donde Nadia y Roxana fueron puestas al tanto sobre el historial nocturno de sus dos amigas, y donde el Drifting recibió gran cantidad de autos.
Luego de haberse estado mandando mensaje de textos con Delfina, Anabella decidió ir a bañarse, pero ni bien abrió el agua en la ducha, y puso un pie en esta, el teléfono inundó el antebaño con su sonido estridente. Entre gruñidos, y pensando que nuevamente se trataba de su amiga, agarró el aparato para ver lo equivocada que estaba.
“Hola. Esta noche voy a jugar pool ¿Querés venir? Si querés decile a Delfina que yo voy con mi hermano. Diego” Estaba petrificada. No reaccionó hasta treinta segundos después en que la luz del móvil se apagó por no haber presionado ninguna tecla. Inmediatamente comenzó a teclear la respuesta, un tanto atónita.
“Bueno. ¿Dónde? ¿A qué hora? Yo le aviso a la Del” Se quedó mirando el humo que emanaba de la ducha, ya que el invierno se avecinaba, y el frío comenzaba a reinar. La vibración del teléfono en su mano la atrajo a la realidad.
“A las 23:00 en el pool de calle San Jerónimo. Te espero”
“OK. Nos vemos entonces”
Luego de bañarse, le avisó a su amiga, que estaba casi tan desconcertada como ella. Sin embargo, en esas semanas, se había estado llevando mejor con Víctor, así que se alegró bastante.

Como no quedaba bien llegar demasiado puntuales, las chicas llegaron sobre las 23:15, luego de dejar el Vectra en un estacionamiento cercano. Ambas estaban muy arregladas, vestidas al más puro estilo barbie, cosa que hacía impensable concebir a esos dos angelitos como las corredoras más osadas de toda la ciudad.
Mientras tanto, Víctor miraba como su hermano trataba de pegarle a la bola blanca para meter dos bochas en el agujero. Cerca de la barra, un agrupamiento de no menos de siete chicas observaba a los hermanos más guapos y codiciados de la ciudad.
- Ahí llegaron -dijo Víctor.
Por alguna razón, Diego le falló al tiro, dándole paso a su hermano. Una mirada de fuego por haberlo desconcentrado se disparó de los gélidos ojos celestes del mayor, pero Víctor le devolvió una mirada provocadora. Código de hermanos. Muy típico.
En el otro lado, Anabella y Delfina hablaban con el mozo, ya que como siempre dejaban buenas propinas, él las tenía tildadas de clientas “VIP”. Las miradas masculinas del pub siguieron a las dos jovencitas que cruzaron charlando el salón, para llegar a la mesa donde estaban jugando los hermanos. Todas las fanáticas de éstos dos las miraron con odio, pero ellas las ignoraron.
- Hola Del Ana ¿Qué tal? -Víctor las saludó de lo más tranquilo, mientras enceraba su taco.
- Hola. Que bueno que vinieron -dijo secamente Diego, lo que para su habitual tipo de comunicación telegráfica era todo un logro.
Ambas respondieron a los saludos, y se pusieron a charlar. Las chicas que estaban sobre la barra, y que observaban la situación sentían ganas de saltar sobre esas dos intrusas y atacarlas, pero una palabra más del rubio las cayó.
- Delfina, ¿Querés tomar algo?
- Bueno...
Se sentaron en la barra y pidieron un trago, para luego comenzar a charlar animadamente de los profesores de la facultad, de los autos, del lugar, y de muchos etcéteras. Por el otro lado, Ana había comenzado a jugar un partido con Diego.
- Ana, vos estás estudiando mecánica ¿no es así? -inquirió Diego mientras se tumba sobre la mesa para poder pegarle a la bocha.
- Si, sigo los pasos de mi padre. Vos también estudias mecánica ¿no?
Ella lo miró. Diego tenía pantalones de vestir negro, zapatos, y una camisa beige arremangada hasta el codo, que remarcaba ese aspecto viril que él portaba. Su cabello negro resaltaba el brillo celeste sobre sus fríos ojos, y un gesto impertérrito, de autosuficiencia, seguridad, y confianza hacía que ella sintiera cosquillas en la panza. Se fijó el la forma en que su esbelto cuerpo se inclinaba sobre la mesa. “Es perfecto”.
Justo en eso, le pegó a la bola blanca, y embocó. Una sonrisa apareció en sus labios, y comenzó a hablar con Ana, mientras Delfina y Víctor se reían en la barra, mientras miraban cómo sus amigos jugaban al pool.

Bueeeeno, acá se termina otro capítulo. Espero que les haya gustado, que me dejen comentarios, firmitas, votos y demás (que saben que a mí me encanta :P ) En fin. Nos vemos en el próximo artículo, como siempre digo...

Tags: literatura, historia, carreras, clandestinas, coches, velocidad

<@[email protected]> Comentarios:

Autor: Kamus_99
Domingo, 25 de febrero de 2007 | 8:40
Muy buen cap.!!! me encant? la descripci?n de los sentimientos de Don Bocaccio, muy bueno! Te felicito
Domingo, 25 de febrero de 2007 | 9:08
Muy buen cap?tulo!!! Que ejemplo de lo que le gusta le di? a su padre!!! Cada cap?tulo mejor que el anterior
Domingo, 25 de febrero de 2007 | 20:40
La verdad hac?a falta conocer algo de los padres... ??Se viene algo muy bueno!!
Autor: BlueBrain
Lunes, 26 de febrero de 2007 | 5:45
es cierto, no se conoc?a sobre la flia, est? muy bueno el cap. te felicito
Autor: Aldair_88
Lunes, 26 de febrero de 2007 | 5:58
Que forma de explicarse tiene Delfina!!! me gust? mucho el cap?tulo
Lunes, 26 de febrero de 2007 | 22:12
Me alegro que les guste!!! Y me pondr? a escribir el pr?ximo cap?tulo, mwahahaha... de pensar en ello me salta la vena de escritora! ;)
Autor: AngelHexe
Mi?rcoles, 07 de marzo de 2007 | 20:00
exelente :D muy bueno la verdad! me encanta como escribis

 

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